Cada año procuro realizar una peregrinación al santuario de Chalma (Estado de México, México). La ruta suele ser la misma siempre: partir del “Valle del Silencio” en “La Marquesa”, para llegar a Chalma, a través de los “caminos chalmeros”, que atraviesan bosques y pueblitos. El recorrido es de unos 48 km a pie. Este año comenzamos a las 9.20 de la noche un viernes, para llegar al santuario al 5 para las 12 del sábado siguiente, es decir, caminamos toda la noche y toda la mañana, con algunos parones para comer un poco.
El Santo Cristo de Chalma se disputa, con la Virgen de San Juan de los Lagos, el segundo lugar entre los santuarios religiosos más visitados de México. El primer lugar, obviamente, lo tiene la Virgen de Guadalupe, meta de 20 millones de peregrinos al año, superando a la Basílica de san Pedro en el Vaticano, como principal meta religiosa del mundo. Chalma recibe entre 2 y 9 millones de peregrinos al año, mientras que San Juan de los Lagos recibe entre 5 y 7 millones.

Chalma representa uno de los ejemplos más logrados de sincretismo religioso y cultural en México, entrelazando de forma original creencias prehispánicas con evangelización católica. Antes de la llegada de los españoles, Chalma era un lugar de peregrinación religiosa indígena. Los indios acudían a una caverna donde se veneraba la imagen del dios Oztoteotl (el dios de las cuevas), divinidad vinculada a Tezcatlipoca. Oztoteotl era un ídolo cilíndrico de piedra negra. Ese sitio sagrado simbolizaba el útero materno y el origen de la vida. Los indígenas danzaban al son de los tambores en presencia del ídolo y le ofrecían sacrificios humanos.
En 1537 llegaron a las inmediaciones del santuario indígena los frailes agustinos Sebastián de Tolentino y Nicolás de Perea. Ellos comenzaron a evangelizar a los indígenas, enseñándoles que no era el dios quien necesitaba la sangre humana de los sacrificios, sino justo al revés: Dios nos daba, como alimento, su Preciosa Sangre, con el sacrificio de la Cruz. En la Misa Dios nos alimentaba con su Sangre, y no somos nosotros los que le tenemos que ofrendar nuestra sangre a Él. La tradición dice que, de manera milagrosa, el ídolo de Oztoteotl apareció destruido en la cueva, y en su lugar estaba un Cristo crucificado de madera, de tez morena, que pasó a llamarse “el Señor de Chalma”.

Rápidamente el lugar se convirtió en meta de peregrinación. Los frailes agustinos tuvieron el buen tino de permitir que siguieran danzando los indígenas frente al Crucificado, como antes lo hacían delante de Oztoteotl. Para ellos la danza era su manera de orar y hacer penitencia. En ese sentido los frailes evangelizadores fueron unos genios, pues propiciaron una maravillosa forma de inculturación de la fe, que cuajó en una piedad hondamente arraigada, la cual ha perdurado a lo largo de los siglos.
De esa piedad popular y de esa tradición surgió la expresión de “ir a bailar a Chalma”. El baile se convirtió en una forma de realizar “una manda” o promesa formal hecha a Dios. Rápidamente cundió la fama de que el Santo Cristo de Chalma era muy milagroso, por lo que las peregrinaciones al santuario fueron constantes y numerosas. Con el tiempo cuajo la expresión «¡Ni yendo a bailar a Chalma!», queriendo indicar que una situación era tan difícil o desesperada que, ni aun yendo a bailar a Chalma se podría solucionar. “La expresión normalmente se utiliza de forma humorística o resignada para referirse a una situación extremadamente difícil, un problema imposible de resolver o una petición muy difícil de conceder”.
Con el tiempo, la piedad popular fue añadiendo algunas prácticas y costumbres. Por ejemplo, unos cinco kilómetros antes de llegar a Chalma, hay un ahuehuete sagrado, un árbol milenario, a cuyos pies brota un manantial de agua fresca. La tradición dice que los peregrinos deben meterse a bañar ahí o tomar agua de la fuente. Luego, quienes acuden por primera vez, deben comprar y ponerse una corona de flores en la cabeza, la cual visten para realizar el baile ritual delante de la imagen del santo Cristo.

No cabe duda, entonces, de que los frailes agustinos fueron unos genios, sabiendo inculturar el mensaje de la fe, sirviéndose de formas y tradiciones indígenas, de manera que la práctica de la fe pasó a ser natural para los evangelizados, y no una imposición extraña de una cultura ajena, extranjera. Cuando uno hace su peregrinación a Chalma, a lo largo del camino va viendo cómo se ha materializado la fe al compás de la peregrinación: por todo el camino se observan cruces, de diversos tamaños, formas y colores. Muchas de ellas tienen el nombre de peregrinos (“Chalmeros” coloquialmente) fallecidos. En algunas dejan algunas prendas de ropa usadas por el peregrino fallecido, principalmente playeras o camisas. A lo largo del “camino chalmero” se encuentran, en medio de la nada, es decir, a mitad del bosque, algunas capillas para los peregrinos.
En resumen, la “grandeza del mexicano” se palpa en la fe, encarnada en la piedad popular en forma de danzas, peregrinaciones, bailes y baños rituales, cruces y templos. ¿Y la miseria? La miseria, tristemente se manifiesta de modo evidente también a lo largo del camino: en medio de un bosque realmente hermoso, todo el camino está lleno de basura y desperdicios de los peregrinos. Se te cae el alma a los pies, viendo paisajes y bosques esplendorosos repletos de basura: platos y vasos de unicel, botellas de refrescos y cervezas, desperdicios varios. Todo ello manifiesta de modo patente la pobreza cultural de una buena parte de los peregrinos, su falta de sensibilidad para no profanar la belleza del paisaje. No sería muy difícil mantener limpio el camino; simplemente se requiere conservar consigo todo lo que se ha traído, esperando a llegar al pueblo para depositar la basura. Pero no, no lo hacen, no por maldad, supongo, sino porque no se dan cuenta. Y no sé qué es peor, pues ese “no darse cuenta” pone en clara evidencia su pobreza cultural. No es un asunto de pereza o maldad, sino una cuestión cultural de falta de sensibilidad y de no darse cuenta. Es triste ver un auténtico “Camino de Santiago” mexicano, sucio. Es la misma fe la que anima ambas peregrinaciones (Santiago y Chalma), pero no la misma cultura.
