La Conferencia del Episcopado Mexicano ha presentado un valioso documento para conmemorar el centenario de la Guerra Cristera en México, titulado: “Mensaje a cien años de aquel 1926/El conflicto religioso en México”. “Callaron las campanas de los templos, habló su sangre”.
Realmente el documento preparado por la CEM, si bien es breve, lo que se agradece, no tiene desperdicio, es decir, se trata de un texto muy rico, sobre el cual vale la pena reflexionar y confrontar nuestra fe con la de nuestros bisabuelos, que vivieron el conflicto.
La Guerra Cristera es un doloroso periodo de la historia mexicana cínicamente ignorado por la historia oficial del país. Eso quiere decir que no se les enseña a los niños y adolescentes en el colegio. Se callan deliberadamente los hechos de un Estado que persiguió a su propio pueblo y no respetó la libertad religiosa, sino que la conculcó. Por eso los obispos recuerdan lo esencial de los hechos, para que se sepa qué es lo que conmemoramos: “El 31 de julio de 1926 entró en vigor la ley reglamentaria en materia de culto —conocida como «Ley Calles»— que penalizaba la vida ordinaria de la Iglesia y sometía el ministerio de los sacerdotes al control del Estado. Días antes, el 25 de julio, los obispos de México publicaron una carta pastoral colectiva por la que, ante la imposibilidad de ejercer libremente el ministerio, se suspendía el culto público en todos los templos del país a partir de aquella fecha. Al amanecer del 1.º de agosto de 1926 México despertó sin Misas públicas: los templos quedaron abiertos y silenciosos, custodiados por los propios fieles” (n. 1).

La intención de los obispos no es, sin embargo, reabrir heridas ya sanadas, simplemente recordar lo que sucedió, para que no se vuelva a repetir: “No conmemoramos una guerra ni celebramos una victoria; no exaltamos las armas ni idealizamos la violencia, de dondequiera que haya venido. No convocamos a la revancha, no alimentamos el resentimiento y no ponemos esta memoria al servicio de ningún proyecto político ni partidista. Tampoco reducimos aquellos años a un pleito de sacristía: fue un drama nacional que atravesó familias, pueblos, escuelas y campos enteros donde el gobierno Federal atacó a sus propios ciudadanos” (n. 4).
Por el contrario, las intenciones de los obispos y su comunicado son, a la vez, muy claras, valiosas y, me atrevería a decir, incluso necesarias: “Conmemoramos tres cosas. Primero, la fidelidad de un pueblo creyente que, en medio del miedo, siguió rezando en las casas, bautizando a sus hijos a escondidas, protegiendo a sus sacerdotes y mantuvo viva la fe cuando no había templos abiertos: la fe de nuestras abuelas es el primer patrimonio de esta memoria. Segundo, el testimonio de los mártires, que no mataron por Cristo, sino que murieron por Él perdonando a sus verdugos. Y tercero, la lección aprendida a un precio altísimo: que la libertad religiosa no es un privilegio del clero, sino un derecho de toda persona humana, y que su negación siempre termina costando sangre” (n. 5).
Ahora bien, con la perspectiva que nos otorga un siglo de distancia, se despierta en nuestro anhelo la inquietante pregunta: ¿nuestra fe está a la altura de quienes nos precedieron? ¿Cómo era la fe de nuestros abuelos, dispuestos a derramar su sangre para defenderla, comparada con la nuestra, que muchas veces no está dispuesta, ni siquiera, a realizar el esfuerzo de ir a Misa los domingos? La fe de nuestros bisabuelos era tangible, algo vivo, una realidad de inmenso valor para ellos y sus vidas. ¿Sigue teniendo valor para nosotros, o es simplemente una costumbre y una tradición que lenta, pero progresivamente se va apagando?
Los obispos recuerdan entonces los hechos, la realidad acallada por la historia oficial del país: “Y por eso lo decimos con firmeza profética: la persecución contra la Iglesia fue real. Hubo templos cerrados y profanados, sacerdotes fusilados sin proceso, religiosas expulsadas, laicos ahorcados en los postes de los caminos, miles de asesinados, deportaciones, delaciones y niños convertidos en víctimas. Nombrar estas injusticias no es agraviar a nadie: es cumplir el deber de la verdad, sin la cual no hay reconciliación posible, sólo silencio impuesto…Callaron entonces las campanas de los templos; habló su sangre, y su voz ha llegado hasta nosotros”.

Digamos que el recuerdo no es solo para llamar la atención de las autoridades políticas del país, denunciar a un poder político que persiguió sin cuartel al pueblo llano y sencillo. El recuerdo de los cristeros es también importante para los católicos practicantes y no practicantes. Para sacudir nuestra modorra, indiferencia y frialdad frente al tesoro de la fe, al tesoro de la Eucaristía. Insisto, nuestros antepasados estuvieron dispuestos a batirse en armas -en una clara inferioridad militar: con pocas armas, poco parque y poco entrenamiento- para recuperar la posibilidad de practicar pacíficamente su fe, para devolver los templos al culto. Nuestros antepasados estuvieron dispuestos a batirse en armas por la fe -los cristeros-, o a derramar su sangre por la fe -los mártires-. ¿Nosotros a qué estamos dispuestos por la fe? ¿Cuántas personas no le dan prioridad a ver un partido de fútbol sobre la asistencia dominical a Misa? ¿Qué ha pasado con la fe en México, que dio lugar tanto a mártires como a cristeros?
Los obispos, además, reconociendo los valiosos progresos que nuestra nación ha dado en orden a que la libertad religiosa de los ciudadanos no sea una teoría plasmada en el papel, sino una realidad vivida en cada familia y en cada ciudadano, tienen el valor profético de afirmar que todavía queda mucho camino por recorrer en cuanto a libertad religiosa se refiere: “Y sin embargo, decimos con serenidad y sin agravio que la libertad religiosa en México aún no es plena. Persisten restricciones que no corresponden a una democracia madura: límites al ejercicio ordinario del culto fuera de los templos, la imposibilidad de que las asociaciones religiosas accedan a concesiones de radio y televisión, restricciones a la libertad de los padres para elegir la educación religiosa de sus hijos ante la imposición de modelos educativos sin consenso, y una actitud de la clase política que no ha asimilado la nueva cultura constitucional de la libertad religiosa permaneciendo en un clima de desconfianza e impidiendo que los creyentes defiendan y vivan en el ámbito público sus convicciones. Más grave aún es cuando el Estado permite que el crimen organizado se convierta en un gobierno paralelo que controla territorios, donde se anulan todos los derechos humanos: secuestra, extorsiona, asesina, deforma la conciencia de los jóvenes” (n. 16). Los obispos denuncian entonces, no solo la falta de libertad religiosa, sino también la falta de gobernabilidad que tristemente afecta al país, sin la cual tampoco es posible practicar pacíficamente la propia religión.
Los obispos, además, ponen este centenario en relación con otros importantes hitos religiosos de nuestro país y del mundo: El quinto centenario del Acontecimiento Guadalupano que se celebrará, Dios mediante, en el año 2031 y el segundo milenio de la redención, que se conmemorará en el año 2033. Con ese horizonte, los obispos sueñan con “que este tiempo nos encuentre siendo una Iglesia que escucha antes de hablar y que camina unida, sin que nadie sobre ni nadie quede fuera; una Iglesia que despierte en cada bautizado, y de manera muy especial en los laicos, la conciencia de que su fe se vive en la familia, en el trabajo y en la vida pública; una Iglesia capaz de leer con lucidez evangélica este cambio de época, donde las amenazas a la conciencia ya no llegan con soldados sino con pantallas; y una Iglesia que ponga todas sus fuerzas en la justicia, la reconciliación y la paz. No les proponemos una agenda de actividades: les proponemos un tiempo de gracia” (n. 26).

Pienso que, con ese horizonte y con nuestra realidad, no nos queda sino pedir a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe, que nuestra fe del siglo XXI, del tercer milenio, esté a la altura de la fe de nuestros bisabuelos, que fueron mártires y cristeros. Nos damos cuenta de que, a un siglo de distancia, hemos perdido mucho en el camino. No se han hecho realidad las famosas palabras de Tertuliano: “la sangre de los mártires es semilla de los cristianos”. Por el contrario, la paz y la comodidad en nuestra vivencia de la fe le han causada más daño que la persecución violenta. El aburguesamiento, la tibieza, la comodidad, la indolencia han causado más daño a la fe que la Ley Calles. No queda sino reflexionar y trabajar en la conversión personal, pidiendo incesantemente a Cristo Rey, por intercesión de la Virgen de Guadalupe, que vuelva a florecer la fe de nuestro pueblo.