- Durante las vacaciones, niños y adolescentes suelen pasar más tiempo frente a las pantallas. ¿Cómo puede afectar esto su vida interior, su relación con Dios y la convivencia familiar?
- De múltiples formas, dependiendo del nivel de exposición a las pantallas.
- Pueden descubrir ahí un ámbito propio en el cual recluirse y aislarse de los demás. Un mundo inagotable de opciones, posibilidades, desafíos. Ello podría inducirlos a conceder gradualmente más importancia a la “realidad virtual” que a la, vamos a llamarla así, “realidad real”.
- De esta forma se produce el fenómeno, cada vez más frecuente, de “estar, sin estar”. Estoy físicamente aquí, al lado de ti, pero con mi pantalla en realidad estoy muy lejos. Mi interés ya no es estar contigo, sino estar con la pantalla. De forma que la convivencia familiar se vuelve algo secundario o insustancial. Tristemente, cada vez es más común, la imagen de la familia comiendo en casa, cada uno entretenido en su propio celular.
- Si además tienen la desgracia de caer en las garras de la pornografía, lo cual no es muy difícil, podrían desarrollar una adicción que es más difícil de erradicar proporcionalmente a la edad en que se adquirió el vicio. Entre más chicos lo adquieren, más difícil se torna el superarlo, habiendo, tristemente, casos en los que no se supera ya nunca, y este horrible vicio acompaña a las personas a lo largo de toda su vida. Me ha tocado conocer niños que ya en 2º de primaria tienen sus primeras exposiciones al material pornográfico, desarrollando, tristemente, una malicia precoz.
- ¿Qué pueden estar buscando en el mundo digital —compañía, reconocimiento, entretenimiento o una forma de escapar— que la familia y la vida de fe deberían ayudarlos a encontrar de una manera más plena?
- Pienso que, en el caso de los niños, fundamentalmente buscan entretenimiento. Tener experiencias nuevas y originales, divertirse. Unido a ello, el vértigo que produce el tener capacidades prácticamente ilimitadas de entrar en contacto con otras personas. Pero eso los vuelve vulnerables, porque los niños lo hacen con total sencillez e ingenuidad, sin malicia. Pero la red esta repleta de personas a las que, si algo les sobra, es malicia, lo que pone a los niños en una situación de clara desventaja. Eso debe hacer que se prenda un foco rojo, de modo que los padres estén muy atentos a las búsquedas y navegaciones de sus hijos. Deben tener un control y una forma delicada pero eficaz de observación y acompañamiento. No es bueno que se aventuren solos en ese mundo, porque es realmente peligroso.
- La familia debe ofrecer y, a veces, imponer otras formas de entretenimiento. En ese sentido soy muy útiles, por ejemplo, los cursos de verano para niños en los que se realizan muchas actividades deportivas y al aire libre. Hay que presionar para que los niños hagan deporte, jueguen entre ellos sin la mediación de las pantallas. Es muy sano cultivar aficiones en los niños años antes de facilitarles el acceso a las pantallas: me refiero, por ejemplo, a clases de natación, gimnasia, ballet, música, etc. Que tengan muchos intereses diversos, hobies en los que enfrascarse, para que no sean presa fácil de la adicción a las pantallas.
- En esta línea, podría ser una interesante actividad pastoral para las parroquias o movimientos religiosos, organizar cursos de verano o campamentos para niños en los que, además de realizar actividades al aire libre, se tengan prácticas de piedad y charlas de vida cristiana o de virtudes y, si es posible, alguna obra de misericordia, como visitar un asilo de ancianos o una casa para niños con parálisis cerebral. Es decir, contribuir, de la mano de los padres, a generar un entorno sano, cristiano, en donde las familias comparten valores en común. Ello servirá para el desarrollo armónico de los chicos y para que tengan buenas amistades, amistades que los inclinen a la práctica del bien.
- ¿Cómo pueden los padres educar a sus hijos en la libertad y el discernimiento, para que aprendan a elegir cuándo conectarse y cuándo dejar la pantalla, incluso sin vigilancia?
- Enseñándoles progresivamente a sumergirse en el mundo digital. Deben ser los padres quienes induzcan a los hijos en este mundo, de forma que lo vean como algo natural, como algo familiar, no como una huida o un escape del hogar.
- De esta forma, también será natural que los niños pregunten a los padres sobre las cuestiones referentes al mundo digital. Será normal que les planten sus primeras dudas o deseos. Los padres formarán parte del entorno digital del niño, el cual aprenderá que es bueno introducirse en ese mundo en compañía de sus padres.
- Los papás deben adelantarse. Hablar claro con sus hijos. Explicarles que, así como no es bueno hablar con extraños en la calle, tampoco es buenos hacerlo en la computadora. Decirles que en la red hay muchas cosas buenas, pero también malas y vergonzosas. Por lo que es bueno siempre “ir a tiro hecho”, es decir, buscar expresamente contenidos concretos y no navegar a la deriva, a ver qué encuentro, porque entonces, probablemente encontraré cosas buenas, pero seguro malas.
- Pienso que es bueno tener sistemas de control parental en cuanto al uso de la computadora se refiere, así como hábitos sanos en el uso de internet: el wifi se desconecta a una hora determinada o se programa el iPhone para que no funcione a partir de determinado momento. También establecer reglas de convivencia en el hogar, como, por ejemplo, prohibir el uso del smartphone durante las comidas y “penalizar” de forma simpática las “infracciones”. (El que “cae” debe comprar dulces para los demás o cosas por el estilo).
- En ese sentido, pienso que vale la pena ser firmes en la idea de retrasar lo más posible la entrada a las redes sociales. Algunos países, como Australia o Francia, incluso han legislado al respecto, de forma que se establezca, por ejemplo, en 16 años la edad necesaria para poder acceder a estas plataformas. Es verdad que, en ese ámbito, las familias pueden estar claramente contracorriente, pero pienso que vale la pena dar esa batalla y hacer sinergia entre las familias que piensan de forma semejante. Esto va más allá incluso de los límites de la propia fe: personas con credos diferentes o incluso sin religión alguna pueden darse cuenta de que las redes sociales pueden ser peligrosas para los niños y adolescentes: pornografía, bullying, manipulación, chantaje, inducir a realizar acciones vergonzosas, etc.
- Los papás deben explicarles a los niños que, lo ideal, es que ellos puedan utilizar sanamente y sin peligros la red. Pero hacerles ver que eso no es sencillo y que, por tanto, durante un tiempo prudencial, necesitan del acompañamiento paterno en este ámbito, pero la meta es que un día lo puedan usar sin necesidad del acompañamiento de sus papás. Puede servir la analogía de que ahora, de alguna forma, es como si llevaran muletas (los papás son “las muletas”), pero lo ideal es que, en un futuro, ya no necesiten “muletas” y puedan navegar por la red de forma segura ellos solos. Para eso requieren de dos cosas: criterio y carácter. Criterio para saber discernir qué es lo bueno y qué es lo malo. Carácter para no dejarse llevar por los engaños o las seducciones de la red.
- ¿Cómo pueden las familias católicas recuperar durante las vacaciones espacios de silencio, conversación, oración y encuentro verdadero sin presentar la tecnología como enemiga?
- Tener unas claras y sencillas “reglas del juego”. Es decir, usar en familia la red, verla como algo bueno, como un complemento o algo que facilita el descanso en común, por ejemplo, viendo juntos una serie o película. Pero sabiendo que ese uso y goce tiene unos límites claros y necesarios:
- Nada de pantallazos nocturnos. A veces suele ser oportuno dejar el smartphone o la tablet cargando fuera de las habitaciones. No hay wifi nocturno, o los dispositivos están programados para no poder navegar por la noche.
- Nada de smartphones o tablets mientras estamos comiendo o en la sobremesa.
- Sería genial si la familia puede realizar alguna obra de misericordia durante las vacaciones. En algunos lugares han tenido mucho éxito las misiones o labores sociales familiares. Pero a veces basta con visitar a algún enfermo o a algún anciano, a veces incluso de la familia (no dejar de frecuentar seguido a los abuelos).
- Tener claras algunas prácticas de piedad familiares: bendecir los alimentos, ofrecer el día a Dios al levantarse, darle gracias a Dios por el día al dormir y rezar 3 aves marías a la Virgen. Tener una imagen de la Virgen o un Crucifijo visibles en el lugar donde habitualmente nos conectamos a internet, o utilizarlos como salvapantallas del smartphone. Asistir a la Misa el domingo y tener la costumbre de hacer después en familia una “recapitulación de la Misa”, es decir, conversar y preguntar sobre de qué se trataron las lecturas de la Misa, qué hizo Jesús en el Evangelio y cual es la enseñanza que podemos sacar para nuestras vidas. Esa “retroalimentación” no les sirve solo a los niños, sino a todos. Pero puede ser como una especie de juego o concurso, que incluso tenga un premio. De esa forma le damos protagonismo en nuestra familia a la Misa dominical.
#Consumismo, #Educación, #Espiritualidad, #etica, #Fe, #Felicidad, #Virtud, Actualidad, adolescencia, Católicos, Coherencia, deporte, Familia, jóvenes, Medios de comunicación, niñez, Oración, vacaciones
Niños, adolescentes, pantallas y vacaciones
A happy family plays and relaxes on a sunny beach near the sea