El domingo tenía un objetivo muy claro: “patear la Vía Appia Antiqua”, una de las más importantes calzadas del Imperio Romano, que unía a Roma con Bríndisi, a 540 km de distancia, y que se conserva en buen estado en muchos trechos del camino. Particularmente bucólicos son los tramos de la ancestral avenida cercanos a la ciudad de Roma. Hay un buen número de residencias señoriales que han desarrollado un estilo arquitectónico propio, aderezando las construcciones actuales con restos de las ruinas romanas.

Debo decir que nunca he podido cumplir uno de mis sueños en Roma: estar en la Vía Apia “alla ora delle lacrime” (“a la hora de las lágrimas”, en italiano), es decir, contemplar el atardecer estando en la Vía Apia. No era posible porque estos días atardecía como a las 8.30 pm, y el horario del lugar donde me alojaba (el seminario internacional del Opus Dei) era un poco rígido, a lo que se une lo malo del transporte público en Roma, con excepción del metro. Pero, en fin, aún sabiendo que no podría hacer realidad mi acariciado sueño, sí podía darme el lujo de dedicarle un día a la Vía Apia.
El paisaje de la Vía Apia es hipnotizador: abetos, pinos mediterráneos, olivos añosos, suaves lomas pintadas de verde, las mismas piedras sobre las que marcharon legiones romanas, que llevan milenios en el mismo sitio, ruinas romanas al lado del camino, residencias señoriales… Es decir, se disfruta caminando por ahí, mientras te sumes en la dulce añoranza del pasado.

La primera estación fueron las Catacumbas de San Calixto. La forman veinte kilómetros de túneles en 4 niveles subterráneos. Tienen abundantes inscripciones cristianas de la antigüedad. Se disfrutan más si uno ha estudiado -como es mi caso- arqueología cristiana. Muchas de las imágenes y grabados que se han visto en los libros, se les descubre allí in situ: el orante, el pez, el ancla, que simbolizan respectivamente al alma, a Cristo y a la esperanza, son un buen ejemplo de ello. Hay algunas capillas dentro de las catacumbas donde se puede celebrar la Santa Misa. No lo hice en esta ocasión, pero es una de las cosas que se quedan en el tintero para el siguiente viaje a Roma. Sí he asistido a una Misa en las catacumbas, pero hace muchos años, antes de ser sacerdote. Como presbítero nunca he celebrado allí y espero remediarlo si el futuro me es benigno.

Hay un recorrido muy hermoso sobre el terreno de las catacumbas, que están a cargo de los salesianos. Es un camino, flanqueado por abetos y olivos centenarios, que une la Iglesia del Quo Vadis, con las Catacumbas de San Sebastián. Es bonito caminar por allí, encima de donde fueron enterrados los primeros cristianos de Roma, desgranando las cuentas del rosario y dejándose embelesar por el paisaje. En este paseo de embrujo se conserva un instituto de acólitos, dedicado a recordar la memoria de San Tarsicio, patrono de los acólitos y mártir de la Eucaristía. San Tarsicio fue un joven acólito (adolescente o incluso niño), martirizado en el año 257 d.C., que ofrendó su vida por proteger a la Eucaristía. Mientras llevaba el Sacramento a los cristianos encarcelados, fue atacado por una turba pagana que le exigió entregar lo que llevaba con tanta devoción y cuidado. Prefirió morir golpeado antes de profanar la Sagrada Forma. En el siglo IV, el Papa San Dámaso mandó grabar su epitafio. Ahí se encuentra una bonita estatua contemporánea que recuerda al glorioso mártir de la Eucaristía.

De San Calixto me dirigí a San Sebastián. Providencialmente pude unirme a un grupo con explicación en inglés de las catacumbas. La exposición es bastante semejante, pero San Sebastián tiene algunas ventajas: es menos turístico que San Calixto, tiene una especie de museo de sitio a la entrada de las catacumbas muy bien puesto, del que San Calixto carece, y la visita termina en el interior de la Basílica de San Sebastián, la cual goza de una profusa mezcla de estilos artísticos: paleocristiano, medieval y barroco. Tiene un maravilloso techo artesonado con bajorrelieves de san Sebastián, un altar con las reliquias del santo y la última obra escultórica de Giovan Lorenzo Bernini (1598-1680 d.C.), el Salvator Mundi (1679 d.C.), un busto en mármol de Nuestro Señor Jesucristo, soberbiamente realizado.

Las catacumbas te llevan a reflexionar y a sentir la añoranza del cristianismo heroico de los primeros siglos, cuanto te jugabas la vida y la hacienda por ser cristiano. La imagen contrasta fuertemente con algunas formas contemporáneas de vivir la fe, que buscan reducir al mínimo sus exigencias; o frente a la actitud pasiva de muchos católicos, que no están dispuestos ni siquiera a asistir a la Santa Misa los domingos, por parecerles un esfuerzo excesivo.

La siguiente estación fue el Mausoleo de Cecilia Metela. Es el tercer mausoleo en importancia de la antigua Roma, después del Mausoleo de Adriano, actual Castel Sant´Angelo, ya visitado en este viaje, y del Mausoleo de Augusto, el cual no he visitado, pero sí he visto en esta ocasión, pues he pasado varias veces a su lado. Sin embargo, el de Cecilia Metela, tiene el encanto de encontrarse en medio del campo, al lado de la Vía Apia. Cecilia Metela era una noble romana, de la importante familia de los metelos. Fue hija del cónsul Quinto Cecilio Metelo Crético y nuera del triunviro Marco Licinio Craso. El mausoleo donde fue enterrada data del siglo I a.C.

Lo tienen muy bien presentado los italianos, pues han instalado allí un sencillo museo de sitio. En él, explican con videos proyectados sobre las ruinas, la historia del lugar, incluso en su dimensión geológica, para pasar después a la descripción histórica. El mausoleo está adosado a los restos del Castrum Caetani, un palacio fortificado mandado a construir por la poderosa de los Caetani, de la cual formaba parte un importante Papa, Bonifacio VIII, que gobernó la Iglesia a caballo entre los siglos XIII y XIV. Su sobrino, elevado a la dignidad cardenalicia por él, mandó construir la fortaleza. A Bonifacio VIII le debemos la creación de los jubileos. Bajo su pontificado se celebró el primer Jubileo en el año 1300 d.C. La explicación de la fortaleza, de la que se conservan exclusivamente ruinas, es particularmente rica e interesante, pues se sirve de la “realidad aumentada”, es decir, una especie de visores con los cuales te metes enteramente en la imagen de cómo sería el conjunto original. En fin, es una muestra de cómo la tecnología puede ponerse al servicio de la historia y de la cultura.

Seguí caminando un rato por la Vía Apia, hasta un lugar llamado Capo di Bove, con un museo de sitio que custodia unas ruinas romanas y el Archivo Cerdena, quien fuera el periodista que consiguió convertir la Vía Apia en parque nacional y frenar así el frenesí por construir residencias señoriales en su entorno, utilizando restos de ruinas romanas para su decoración. Volví sobre mis pasos, caminando hasta la iglesia del Quo vadis, al inicio del camino que pasa por encima de las Catacumbas de San Calixto. Esta iglesia es famosa por ser testigo de una piadosa tradición: Se dice que al comenzar la persecución de Nerón contra los cristianos en el año 64 d.C., san Pedro intentó huir de la ciudad por la Vía Apia. En una parte del camino se encontró con Jesús. Pedro le preguntó en latín a Jesús “¿Quo vadis Domine?” (¿A dónde vas Señor?). Jesús le contestó: “a Roma para ser crucificado de nuevo”. San Pedro entendió que Jesús quería que se quedara en Roma y volvió sobre sus pasos, muriendo tiempo después como mártir, crucificado de cabeza, por no considerarse digno de morir en el mismo modo que Jesús. Su muerte se habría verificado entre los años 64 y 67 d.C. La piadosa tradición dice que las plantas de los pies de Jesús dejaron grabada su impronta en el suelo marmóreo. Uno puede ver esas huellas dentro de la iglesia.

Después del Quo Vadis, una vez más, el transporte de Roma me jugó una mala pasada, y no pude llegar a la Villa dei Quintili y Santa Maria Nova, unos kilómetros adelante, por la Vía Apia. Tuve que volver a la casa.