Por fin llegamos al doloroso último día de mi estancia en Roma. La típica tristeza propia de los momentos postreros me embargaba aquella ocasión. La conciencia de que ya se terminó y el prurito de aprovechar intensamente los últimos momentos. El día fue largo, pues el avión que me devolvía a la CDMX despegaba a las 11.15 pm. ¿Qué elegir para estos momentos tan especiales? Decidí dedicarle mis últimas horas en Roma a los Foros Romanos, el Palatino y, especialmente, a la iglesia Santa María la Antiqua, que se encuentra enclavada en el corazón de los foros romanos.

En realidad, Santa María la Antiqua no es tan antigua en realidad, pues se trata de una iglesia medieval, hecha a base de restos de los foros romanos, construida en el siglo V, pero cuyo esplendor se verificó aproximadamente en el siglo VIII (una época de clara decadencia en la ciudad de Roma). Está decorada profusamente en su interior con murales realizados entre los siglos VI y VIII, siendo un eximio ejemplo de las primeras etapas del arte medieval. Tiene la más antigua representación de la Virgen como Reina del Cielo, realizada en el siglo VI. Mi interés por conocer esta iglesia se suscitó gracias a una maravillosa novela, ambientada en la Roma de principios del siglo XX, llamada “El velo de Verónica”, de Gertrud von Le Fort, una escritora alemana conversa al catolicismo. Pude disfrutar con calma de la Iglesia, apreciar sus frescos, sus sarcófagos, así como la reconstrucción de cómo sería originalmente, a través de videos proyectados sobre sus muros y columnas.

Después, todo fue pasear por los foros romanos, aprovecharme de las diversas explicaciones que en carteles y videos, te permitían ilustrar la visita. Por ejemplo, estuve en la “Curia Julia”, obra de Julio César, sede del Senado Romano. No confundir con la Curia de Pompeyo, donde Julio César fue asesinado. En los foros romanos hay pocas sombras y estábamos bajo un sol de justicia, en una Roma que lindaba los 37º centígrados. En esos momentos se agradecen especialmente las fuentes de Roma, con agua potable, de las que se puede beber con paz.

Subí al Palatino, monte con una maravillosa vista de los foros por un lado y del Circo Máximo por el otro. En ellos se mezclan las ruinas romanas con palacios renacentistas y barrocos, como los “Jardines Farnesianos” de la noble familia Farnese (Orti Farnesiani), o el “Viñedo Barberini”, de la poderosa familia Barberini, la del Papa Urbano VIII del siglo XVII, familia que fue propietaria del terreno palatino hasta inicios del siglo XX.

Dentro de los Foros y el Palatino hay varios museos pequeños que se pueden visitar, los cuales son muy variados. Desde algunos que te permiten ver mosaicos romanos originales, sea en los pisos que en los techos, hasta otros que documentan las primeras poblaciones humanas asentadas ahí desde la Edad del Hierro. Otros más contienen cerámica o artesanía de las diferentes épocas romanas: Rey, Republica, Imperio, pagano primero, cristiano después.

El tiempo, como no podía ser de otra forma, se terminó rápido. Todavía pude comer una buena pasta amatriciana fuera de los foros (un poquito cara, la verdad, por ser una zona muy turística) y visitar después la Iglesia del Gesú, corazón de los jesuitas. La decoración profusamente barroca de los techos es impresionante. De hecho, parece ser que esta iglesia fue la primera de estilo barroco construida en Roma. Lamentablemente no pude contemplar la majestuosa estatua de San Ignacio, recubierta de plata, que sustituye a la original -que era toda de plata- fundida durante la ocupación francesa en 1798 d.C. Parece ser que suele estar cubierta por un cuadro y sólo a las 17.30 de la tarde se levanta el cuadro, como si fuera un telón de teatro, para contemplar la estatua del santo.
Allí, en el Gesú, delante del Santísimo, hice mi último rato de oración romano. Salí para tomar el autobús que me llevaba a la estación de Termini. En Termini compré algunos regalos y el billete de tren para Fiumicino. Y de ahí el avión que me llevaba a la CDMX, que salió con media hora de retraso.
Muchas cosas me quedaron por visitar. Por ejemplo, no fui a los Museos Vaticanos ni a la Galleria Borghese, que son quizá los dos mejores museos de Roma. El motivo es que ya los había visitado varias veces y ahora quería ver cosas nuevas, siendo más selectivo en las visitas. Dejo para una siguiente ocasión, si Dios en su Providencia lo permite, una lista de monumentos y museos por ver: Santa Agnese fuori le mura, Santa Práxedes (que conserva como reliquia la columna donde fue flagelado nuestro Señor Jesucristo), La Scala Santa y Santa Croce a Gerusalemme (que guardan las mayores reliquias de la Pasión de Jesús), la Domus Aurea (Casa de Oro) de Nerón, la Galleria Doria Pamphilj, la Villa Medici y, por supuesto, la Via Appia Antiqua en la ora delle lacrime… Espero que Dios, en su providencia, me de la oportunidad de hacerlo.