El texto de León XIV es maravilloso. Se ve a todas luces que el pontífice está muy bien asesorado, de manera que no desentonan sus comentarios con las últimas novedades en lo que a IA se refiere. Pero, como toda realidad humana, no es perfecto. Hay dos temas relacionados entre sí que plantean profundas incógnitas, de forma que no está dicho todo con Magnifica Humanitas y sus predecesores: Quo vadis, humanitas y Antiqua et Nova. Sigue siendo preciso continuar planteándose preguntas y perfilando respuestas.

La cuestión es como sigue: Magnifica Humanitas desarrolla los desafíos que plantean transhumanismo y posthumanismo a la humanidad. Son dos corrientes filosóficas que respaldan o se apoyan de alguna forma en el sorprendente progreso tecnológico de los últimos años, el cual crece a ritmo vertiginoso, de forma exponencial. Dichas perspectivas alimentan el imaginario humano y promueven una visión del futuro de la humanidad, sus esperanzas y anhelos. La cuestión de fondo es que la humanidad se salva a sí misma gracias al desarrollo científico-tecnológico. Siguiendo la narrativa de la encíclica, vendrían a representar una forma de Babel contemporánea.

El problema con estas perspectivas es doble: primero que la raza humana se salva a sí misma gracias a la ciencia y la tecnología, de modo que ya no depende de Dios, quien de hecho le sobra, cuando no le estorba. Por otro lado, la propuesta que ofrece a la humanidad carece de trascendencia: no se propone una vida eterna después de esta vida terrenal limitada, sino que, por el contrario, se aspira a prolongar indefinidamente la vida humana tal y como la conocemos, intentando mantener un nivel de vida aceptable. Se aspira a borrar los límites de la existencia humana: dolor, enfermedad y muerte, y también los límites entre el hombre y la máquina.

La encíclica, por su parte, señala el valor pedagógico y de maduración espiritual del sufrimiento, del dolor, de la limitación humana. Los límites nos educan, nos ayudan a crecer, a madurar. Forman parte, indudablemente, de lo propiamente humano. El tema de fondo, sin embargo, es que precisamente el transhumanismo y el posthumanismo aspiran a eliminar esas limitaciones, esa finitud característicamente humana. Justo por eso, por “acabar con la finitud” y “eliminar los límites”, esas dos teorías buscan deshacerse de lo específicamente humano, porque es considerado imperfecto, como un pesado lastre, del cual no solo podemos, sino debemos prescindir.

Es decir, la encíclica contrapone al transhumanismo y posthumanismo la fragilidad y limitación humanas, entendidas como un valor, como una fuente experiencial de sabiduría humana. Sin embargo, estas dos posturas, que paradójicamente propugnan por desembarazarse de lo propiamente humano, muestran también ¾a pesar de ellas mismas y de la lectura pontificia¾ algo característicamente humano: la tendencia que tiene el ser humano a superarse a sí mismo. “El hombre supera infinitamente al propio hombre”, sentenciaba Blaise Pascal. Es decir, la limitación es humana, pero también lo es el deseo de superarla. El ser humano no está conforme consigo mismo, con lo que le es dado, y esto es algo característico de él, algo que manifiesta también su dignidad, grandeza y trascendencia.

Por eso resulta cuestionable responder al transhumanismo y posthumanismo apelando a valorar la fragilidad humana. Sí y no es oportuno. La fragilidad humana es un valor, pero ello no quita que podamos y debamos luchar contra el dolor, la enfermedad y la muerte. Incluso aunque pueda parecer poco realista acabar con la muerte, una auténtica utopía, el empeño de la especie humana para conseguirlo le permite dar lo mejor de sí misma, crecer al compás de este empeño magnánimo que quizá nunca se alcanzará. De hecho, conforme pasa el tiempo va aumentando la esperanza de vida, la cual suele ser mayor en los países más desarrollados.

De esta manera, la encíclica no resuelve con claridad, o no aporta límites claros a lo que se puede o no hacer técnicamente en ingeniería genética, por ejemplo, o en robótica y ciborgs. Es tan humano caer como levantarse de nuevo; ser finito como luchar contra esa finitud. La medicina y toda la tecnología, realidades profundamente humanas, son muestra de ello.

En relación con lo anterior se encuentra el contenido de la aspiración a alcanzar lo que es “más que humano”, o “más humano”: + humano. La respuesta que la encíclica ofrece sobre el sentido del contenido de lo que realmente es + humano es sugerente, pero elude el problema de fondo, mostrando que se trata de dos visiones inconmensurables de la humanidad:

Para el catolicismo lo + humano es la gracia y la vida eterna (una perspectiva profundamente sobrenatural y trascendente). Pero fuera del catolicismo, también puede considerarse lo + humano como la aspiración al ciborg (borrar la línea divisoria entre el hombre y la máquina, entre la inteligencia humana y la artificial), o encauzar la evolución acelerándola y dirigiéndola a voluntad propia, a metas planteadas por los propios hombres. La grandeza del ser humano estaría precisamente en su capacidad de reconstruirse, de modificarse, de enriquecerse y de cambiar. Lo humano + así entendido aspira a que la vida sea ilimitada o, por lo menos, aumentar cada vez más la esperanza y la calidad de la vida, y ello es también profundamente humano.

                Siendo esto así, el documento papal no deja claro el límite de hasta donde podemos llegar en el empeño ciborg, o hasta donde podemos modificar nuestro ADN, por ejemplo, para no desarrollar algunas enfermedades, tener mayor resistencia, o agudeza visual, etc. Por poner un ejemplo: a una cierta persona le amputaron brazos y piernas a causa de una enfermedad, ¿es malo ponerle prótesis que transmitan información al cerebro convirtiéndole así en un ciborg? ¿Sería malo remplazar un corazón o unos pulmones naturales por otros sintéticos? ¿Sería inconveniente intervenir sobre el ADN de algunas personas para que no puedan desarrollar algunas enfermedades, o sean más resistentes a otras? La encíclica no ofrece criterios claros para responder a estas preguntas, solo enuncia algunos principios generales, pero es amplio el margen, la zona que queda en el limbo respecto a lo que se puede o no hacer.

                Esta última constatación no tiene por qué considerarse necesariamente como algo negativo. Al contrario, se puede afirmar, sin temor a equivocarnos, que Antiqua et Nova, Quo vadis, humanitas y Magnifica Humanitas han señalado un camino, una dirección, pero sigue siendo necesario recorrerlo y complementarlo al compás de los avances tecnológicos y el desarrollo de la sabiduría humana en todos sus extremos, incluyendo las dimensiones éticas, antropológicas y teológicas. El desafío es, más bien, que la sabiduría humana, la ética humana y el derecho humano puedan seguirle el ritmo al desarrollo tecnológico, para que vayan acompasados.