La esperada carta encíclica de León XIV Magnifica humanitas constituye realmente un documento profético. Sintetiza lo que hoy tiene que decirle la Iglesia al mundo en las coordenadas actuales de su desarrollo. De alguna manera representa la voz de Dios en medio del concierto tecnológico contemporáneo, de ahí que constituya en rigor un ejercicio de la función profética del Magisterio: hablar en nombre de Dios para defensa del ser humano.
Ahora bien, dicho texto ha tenido una genealogía igual de brillante. Es decir, hay una serie de documentos eclesiales que lo preceden y complementan, también ellos extraordinarios. El primero es uno de los últimos textos de la era Francisco: Antiqua et nova. Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana (28-I-2025), dedicada a profundizar en las cuestiones antropológicas y éticas planteadas por la IA. El documento está firmado por dos dicasterios del Vaticano: Dicasterio para la doctrina de la fe y Dicasterio para la cultura y la educación. Además de definir con claridad qué es la IA y señalar su diferencia de raíz respecto de la inteligencia humana -lo que constituye, a mi juicio, su aportación fundamental-, en este documento se analizan con cierto detalle las distintas formas que tiene la IA de impactar en la realidad humana: La IA y la sociedad; la IA y las relaciones humanas; IA, economía y trabajo; IA y la sanidad; IA y educación; IA, desinformación, deepfake y abusos; IA, privacidad y control; IA y la protección de la casa común; IA y la guerra; IA y la relación de la humanidad con Dios.

El siguiente documento, ya de la era León XIV, es de la Comisión Teológica Internacional y se titula ¿Quo vadis, humanitas? Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad (4-III-2026). En este caso, sus reflexiones y aclaraciones sobre el sentido y alcance de Transhumanismo y Posthumanismo serán un antecedente claro de Magnifica humanitas, que también desarrolla estos temas de acuciante actualidad. En él se explica cómo el progreso puede influenciar nuestra forma de comprender lo que es el ser humano y sus expectativas. Los avances tecnológicos influyen hondamente en la comprensión de nosotros mismos, así como en nuestros deseos, anhelos y esperanzas.
Estos documentos, que preceden y preparan Magnifica humanitas no tienen, sin embargo, el mismo peso doctrinal o autoridad cara a los fieles. Antiqua et nova está firmado por dos dicasterios, no por el Papa, aunque los dicasterios ayudan al Papa en su función de dirigir la Iglesia, no están al mismo nivel. Lo mismo sucede con ¿Quo vadis, humanitas?, que tiene como autor a la Comisión Teológica Internacional, un organismo que a su vez auxilia al Dicasterio para la doctrina de la fe, pero que propiamente no constituye un texto magisterial. Magnifica humanitas en cambio, está firmada por el Papa y es una encíclica, es decir, un texto del mayor peso doctrinal. Está en continuación con la Exhortación Dilexit te (4-X-2025), también de León XIV. Ambos textos forman parte del corpus de la Doctrina Social de la Iglesia, sin embargo, Magnifica humanitas, al ser encíclica, goza de mayor autoridad.

El marco del documento es la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho, comienza haciendo un excelente resumen de lo que es la Doctrina Social de la Iglesia, su desarrollo histórico, así como sus principios fundamentales. En este sentido, procede con un orden lógico y profundo: primero desarrolla los principios esenciales de la Doctrina Social de la Iglesia. En segundo lugar, señala cómo esos principios no existen solo como una forma que tiene la Iglesia de juzgar a la sociedad civil. Por el contrario, señala -y eso me parece claramente novedoso-, que la Iglesia debe aplicarse a sí misma esos principios para ser coherente. ¿Cuáles son esos principios?: dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social. En tercer lugar, analiza el desafío de la IA sirviéndose de ese mismo esquema, de esos mismos principios. Muestra así, de manera elocuente y contundente a la vez, cómo los principios de la Doctrina Social de la Iglesia pueden iluminar el avance tecnológico de forma que sirvan como un criterio útil para evaluarlo. Estos principios suponen la forma de sabiduría humana necesaria para saber utilizar de la IA sabiamente, respetándonos a nosotros mismos y al mundo en el que vivimos.
Una vez hecho este encuadre del documento, para entender su posición en el tiempo y el espacio del mundo y de la Iglesia, paso a comentar algunos de los puntos que me parecieron particularmente relevantes.
La cuestión de fondo del texto queda sintéticamente expresada en su número 180: “si la técnica se convierte en criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se inscribe en un horizonte de sabiduría, puede convertirse en una oportunidad de crecimiento, justicia y fraternidad”.

Curiosamente, el n. 79 del documento suena un tanto woke. Parece contener, implícitamente, dos principios característicos del wokismo contemporáneo: la discriminación positiva y la política identitaria. Veamos el texto papal:
“La idea de «justicia social» ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. San Juan Pablo II habló en este sentido de estructuras de pecado… y requieren un esfuerzo de conversión personal y social… la justicia no concierne sólo a la distribución equitativa de los bienes o a la corrección de las injusticias presentes, sino que asume también una dimensión reparadora. Ella mira a recomponer los vínculos rotos y a reintegrar al que ha sido excluido … Esto puede significar restituir dignidad y voz a quienes han sido ignorados, favorecer procesos de sanación de la memoria colectiva, combatir leyes y prácticas discriminatorias, y sostener concretamente a quienes cargan aún con las consecuencias de agravios sufridos en el pasado”.
León XIV señala en el número 56:
“La tutela de los derechos humanos hoy está expuesta a dos riesgos particularmente graves. El primero es el de una declaración puramente formal, mientras que, junto con el progreso tecnológico, avanzan de manera disimulada o evidente violaciones de la dignidad humana. El segundo, que en realidad está en la base del primero, es el de no poder reconocer el fundamento de su universalidad, porque se ha renunciado a la «búsqueda de los fundamentos más sólidos que están detrás de nuestras opciones y también de nuestras leyes»… Si este trabajo de búsqueda fuera abandonado, podría suceder que derechos hoy considerados intocables, en el futuro terminaran siendo cuestionados o negados por quienes ostentan el poder”.
A estos dos peligros me atrevería a señalar un tercer riesgo para los derechos humanos: “la inflación de derechos”; es decir, el empeño por engrosar la lista de “derechos” con posiciones moralmente controversiales, como el supuesto “derecho al aborto” -ya reconocido como tal, por ejemplo, en la constitución francesa-, o al matrimonio gay. Hay mucha presión mediática y cultural para engrosar la lista de “los derechos humanos”, privilegiando a algunas minorías.

En el número 95 León XIV afirma:
“En muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”.
Y yo me pregunto: ¿por qué deberíamos confiar más en los estados que en las compañías? ¿En los políticos más que en los empresarios? Muchas veces los segundos son más eficientes que los primeros y, también muchas veces, mienten con menos frecuencia.
En fin, muchas más cosas se podrían decir de este extraordinario documento pontificio. No queda sino recomendar al lector una paciente lectura directa del texto papal, esperando que el presente artículo sirva como una especie de aperitivo intelectual, para degustar mejor el texto de León XIV.