Para los católicos ha resultado muy triste la dolorosa noticia de la excomunión de los lefebvrianos: un nuevo cisma en la Iglesia, una nueva división en la Iglesia; justo cuando el pontificado de León XIV había comenzado bajo el signo de la unidad. La Iglesia, que León XIV visualizaba unida, ha sufrido una nueva división. Me pregunto yo, ¿no era evitable? ¿No se podía hacer algo más? ¿No podríamos haber tenido más gestos de acercamiento y de comprensión? ¿No podíamos habernos hecho un poco “de la vista gorda”, como se dice en el argot popular, frente a estas ordenaciones episcopales cismáticas?

Es verdad. En la ley de la Iglesia está codificado que consagrar obispos sin mandato pontificio es causa de excomunión latae sententiae, es decir, ipso facto, inmediatamente (Código de Derecho Canónico, canon 1387). No lo podemos negar. Pero la Santa Sede con frecuencia se salta esa norma por motivos de prudencia política: es relativamente frecuente que en China se consagren obispos sin mandato pontificio, y la Santa Sede se queja, pero le falta tiempo para reconocer o convalidar esas ordenaciones. Es decir, muy a pesar del Vaticano, esos obispos son reconocidos y no están excomulgados ni ellos, ni los obispos consagrantes, a pesar de lo que pueda decir el Código de Derecho Canónico. Y eso que se trata de obispos elegidos por el Partido Comunista Chino o, dicho de otra forma, para que se entienda: obispos elegidos por ateos. A ello se une que, en cierto modo, la Iglesia Católica institucional le da así la espalda a la heroica Iglesia china de las catacumbas, la que es fiel al Papa y no se deja controlar por el Partido Comunista Chino.

Es decir, lo que propongo no es novedoso: saltarse la regla de la excomunión ipso facto por realizar consagraciones de obispos sin tener mandato pontificio. No es algo nuevo, repito que se ha vuelto un modus operandi con China. En este caso se trata de un delicado equilibrio prudencial, que busca mantener abiertos los canales de diálogo con las autoridades chinas, que son ateas. Hacer algo equivalente con los lefebvrianos sería aplicar la misma política por motivos pastorales: la Iglesia que es madre y no quiere separarse de unos hijos suyos que actúan de buena fe.
Esto me hace pensar, ojalá me equivoque, que tristemente en la Iglesia va cristalizando un doble rasero a la hora de actuar. Me explico. El problema con los lefebvrianos, en líneas generales, es que no han sido capaces de digerir el Concilio Vaticano II en toda su integridad, y mantienen un modo de vivir la fe católica preconciliar. Y, aunque no es lo ideal, no hay nada malo en ello. Me explico: durante 4 siglos (Trento, 1563 – Vaticano II, 1965) la fe católica se ha vivido de esa forma en todo el mundo y no ha habido ningún problema. Se trata de católicos fieles que se identifican más con formas preconciliares de vivir la fe, especialmente en ámbito litúrgico. ¿No se podría regular para ellos una forma de vivir la fe acorde con su sensibilidad?

Por el contrario, la Santa Sede se ha visto, ¿tibia será la palabra adecuada?, frente al Camino Sinodal Alemán, que en varios temas es claramente heterodoxo. Y la Santa Sede no “les para el carro”, sino que intenta mantener un diálogo interminable con ellos. Si a esto le añadimos el hecho de que el Superior General de los Jesuitas, Arturo Sosa, afirme que el diablo no existe o que los evangelios no son del todo fiables, porque no son grabaciones de las palabras de Jesús, y que nadie diga nada, y no reciba ninguna reconvención por parte de la autoridad de la Iglesia, pues todo resulta muy extraño. ¿Por qué a unos les cae todo el peso de la ley y por qué a otros no? Es la pregunta que queda en el aire.
A esto se le añade, para más inri, cómo algunos de los documentos emanados recientemente por el Dicasterio para Doctrina de la Fe han causado grave incomodo en muchos fieles, siendo claramente nocivos para la causa ecuménica y para la unidad de la Iglesia. Me refiero a Fiducia supplicans, que de manera desconcertante permite bendecir a parejas homosexuales siempre que lo pidan espontáneamente y no haya peligro de que se confunda con un matrimonio. Pienso que en la historia reciente de la Iglesia no ha habido un texto más funesto para la causa ecuménica y para la unidad de la Iglesia. Luego vino, ya con León XIV, Mater populi fidelis, otro documento que ha generado malestar en el corazón del pueblo fiel, donde se despoja a la Virgen de sus títulos de corredentora y de medianera de todas las gracias, muy presentes en la espiritualidad católica tradicional y utilizados, por ejemplo, por santos de la talla de san Juan Pablo II o san Josemaría Escrivá. En su “Declaración de Fe Católica” (14-V-2026) Davide Pagliarani, Superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), toma acuse de recibo de estos dos documentos y señala que son contrarios a la fe católica auténtica. En la práctica son un obstáculo más que nos separa de los lefebvrianos.

Por eso pienso que, de facto, en la Iglesia estamos funcionando con un doble rasero. A los que son “más papistas que el Papa”, a los que “se pasan” de ortodoxos les cae todo el peso de la ley. A los heterodoxos, por el contrario, se les intenta comprender, disculpar, o simplemente mirar para otro lado e ignorar el problema. No sé si, en la práctica, estamos del lado correcto. Quizá sería bueno que, como católicos, hiciéramos un esfuerzo por comprender las razones de los lefebvrianos. Para ello puede ser de utilidad conocer su Declaración de Fe Católica, del 14-V-2026: https://fsspx.news/es/news/declaracion-fe-catolica-dirigida-papa-leon-xiv-59110; así como la Carta que Davide Pagliarani, Superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, dirige al Papa León XIV intentando evitar el cisma https://fsspx.news/es/news/carta-del-superior-general-respuesta-su-santidad-el-papa-leon-xiv-59914 . Sólo conociendo “las dos caras de la moneda” podemos formarnos un juicio correcto.
