Con base en el análisis de la obra de Philip Pullman “La brújula dorada“ y su saga de “La materia oscura”, busco sacar a la luz un género literario que invita a reinterpretar la realidad, a deconstruirla, cambiando la perspectiva de los valores, de forma que, lo que antes era bueno ahora sea malo y viceversa. Al mismo tiempo, busco señalar cómo es esa precisamente la característica particular de lo demoníaco, de lo diabólico. Para ello busco mostrar cómo esa aventura intelectual tiene unos antecedentes claros tanto en la secta “El templo satánico”, como en la obra “Paraíso perdido” de John Milton. Pienso aún mostrar cómo es una línea cultural frecuentemente recorrida, de forma que aparece también en otras obras, como “El Evangelio de Judas”, intentando mostrar las razones de los malos, o revalorizarlas, o simplemente verlas con ojos nuevos, con una mirada positiva, de aprobación.

De hecho, en época reciente, ha surgido una auténtica moda: rescatar a los personajes “malos” del pasado, redescubriendo su lado bueno y atractivo, su charme. Un ejemplo claro de este extremo es la serie Lucifer, con sus seis temporadas (de 2016 a 2021 d.C.), que muestra a un atractivo y ambiguo Lucifer Morningstar (Estrella de la Mañana), como protagonista y héroe. No es el único caso, en la misma línea se mueve la serie “El mundo oculto de Sabrina”, con cuatro temporadas, del 2018 al 2020 d.C.

Philip Pullman publica en 1995 “La brújula dorada”, primera entrega de su trilogía sobre “La materia oscura”. En 2007 se lanza una película con gran reparto, contando con la actuación de Nicole Kidman, Daniel Craig y Eva Green, entre otros. Fue dirigida por Chris Weitz y producida por Bill Carraro. La película no tuvo el éxito esperado. No se le puede llamar fracaso, pues costó 180 millones de dólares y recaudó 372. Sin embargo, los productores esperaban obtener por lo menos 500 millones, de forma que cancelaron la saga. Varios años después, en el 2019, se produjo la serie “Materia oscura”, con tres temporadas, en la que sí se consiguió plasmar la trilogía original de Pullman.

No pretendo contar la historia completa, para eso se puede recurrir al libro de 1995, la película de 2007 o la serie de 2019. Pero sí señalar algunos “tipos” o “modelos” característicos de la historia. La protagonista es Lyra Belaqua, una niña aparentemente huérfana, que vive en el Jordan College de Oxford. El mundo en el cual se desarrolla la trama es una mezcla de realidad y magia. Pareciera indicar el mundo real en el que vivimos, pues se refiere a instituciones o lugares que conocemos, como pueden ser Oxford, Londres, la Iglesia, el Magisterio, Svalbard, las auroras boreales, etc. Pero ese mundo aparece entremezclado con elementos mágicos, siendo el más característico de ellos el “daimon”, que cada ser humano posee. Una criatura que puede ir tomando diversas formas según nuestras necesidades y estados de ánimo, y que está profundamente ligado a nosotros, de forma que quitárnoslo o separarnos de él supone una especie de asesinato espiritual. Además de los “daimonios”, protagonizan la trama diversas brujas, así como un reino y un ejército de osos polares, con los que se puede hablar.

A lo largo de la trama, que está marcada por la misteriosa desaparición de algunos niños, Lyra va descubriendo que en realidad no es huérfana. Su tío, Lord Asriel, en realidad es su padre. Su madre es una mujer perversa llamada Marisa Coulter. Ambos están relacionados con la desaparición de los niños y la experimentación con ellos, la cual incluye despojarlos de sus “daimonios”, para poder controlar “el polvo”.

El polvo” va a ser una categoría material misteriosa en toda la trilogía. La conciencia, según Pullman, es un principio material. “El polvo” tiene claramente una dimensión simbólica: es el principio del conocimiento, de la ciencia, lo que nos pone en contacto con otros mundos.  La Iglesia y el Magisterio lo mantienen oculto, para no dejarse despojar del poder; el espíritu rebelde de Lord Asriel quiere descubrir todas sus virtualidades para comunicar el saber a la especie humana, como una especie de Prometeo. Por su parte, Marisa Coulter ha descubierto cómo los niños acaparan el polvo, de modo que los secuestra y los lleva muy al norte, a la isla de Svalbard, en Noruega, lugar donde va separando a algunos niños de su “daimon”, de forma que estos mueren.

De esta manera, progresivamente, Lyra va descubriendo primero, que no es huérfana, después, que su madre es cruel, más adelante, que ni siquiera su padre es bueno, sino que es un investigador sin escrúpulos, capaz de sacrificar a un niño por el avance de la ciencia. Paralelamente, con el desarrollo de la trama, se va haciendo patente cómo ni la Iglesia ni el Magisterio son buenos, pues en el fondo tienen ocultas motivaciones de control y de poder; se aprende a desconfiar de ellos. La novela induce a recelar, a sospechar de las instituciones tradicionales y socialmente aceptadas. Iglesia y Magisterio buscan cerrar el camino de la ciencia, de la sabiduría -es decir, descubrir el poder del polvo-, para mantener el statu quo. Lyra llega incluso a sospechar que, en realidad, ni siquiera Dios es bueno, de forma que ella se tiene que rebelar y buscar la sabiduría para comunicarla a los seres humanos y alcanzar la salvación.

Ella lucha por los demás niños y por sus amigos. En esa aventura descubre que ni Dios, ni la Iglesia, ni el Magisterio, ni su papá, ni su mamá son buenos. Todo en lo que ella creía y confiaba es malo. Ella estaba equivocada de raíz, en buena fe. Ahora descubre que su misión en la vida, su vocación, es abrirle los ojos a los demás, al tiempo que desvela los secretos de la sabiduría, buscando conocer y controlar al “polvo”.

Young girl in winter clothes holding a compass walking alongside a polar bear wearing armor in snowy mountains
La brújula dorada. Lyra Belaqua y el oso

La obra, en consecuencia, es una clara muestra de “la transmutación de todos los valores” preconizada por Nietzsche. Quiere, en la línea de Foucault o Derrida, mostrar cómo todo lo que estaba abajo puede estar arriba; lo que parecía bueno, en realidad es malo. Es decir, deconstruir las instituciones en la que ingenuamente se confiaba. Para eso, el ser humano debe lanzarse en búsqueda del saber, en ese empeño se emancipará de Dios primero, y de las instituciones después, la cuales están interesadas en mantener el statu quo. Es la vieja imagen del saber como enemigo de Dios. Una reformulación del “árbol de la ciencia, del bien y del mal”, según nos lo cuenta el Génesis 2, 9, 17.

Se trata de una nueva versión del humanismo, el “humanismo ateo” de Feuerbach, para quien la afirmación del hombre se sienta sobre la negación de Dios. Solo puedo afirmar al hombre si niego a Dios, la negación de Dios es la condición de posibilidad de la excelencia humana. El hombre nunca alcanzará lo que puede ser si continúa reverenciando a Dios, inclinándose frente a Él. Tiene que negar a Dios para ser así el amo y dueño del cosmos. El camino para lograrlo es el conocimiento, la ciencia. Por ello la Iglesia, y de modo particular el Magisterio, buscarán tener selladas las puertas del saber. Dios mismo quiere mantener al ser humano en la ignorancia para controlarlo. Lyra Belaqua, y a través de ella todos los espíritus libres, se enfrentarán a Dios, la Iglesia y el Magisterio, para alcanzar la sabiduría, el dominio del “polvo” y así emanciparse de Dios y de todas las instituciones que buscan mantener dominados y controlados a los seres humanos.

Dios y esas instituciones son enemigas del conocimiento y de la libertad. Dudar de ellos, cuestionarlos, nos hace plenamente humanos, solo así estaremos a la altura de nuestra misión.

El tema es que esta revolucionaria idea ya se le ha atribuido antiguamente al demonio. O a una reivindicación del demonio. Dos ejemplos claros de ello son el “Paraíso perdido” (1667 d.C.) de John Milton (1608-1674 d.C.) y la secta “Templo Satánico” (2012 d.C.). Ambas ofrecen una nueva y sugerente mirada sobre satán, una visión “más humana” del demonio, que permite comprenderlo y revalorizarlo, e incluso descubrir su atractivo.

Caída de Satán. Gustav Doré

Satán en “Paraíso perdido” adquiere tintes heroicos. Es un ángel dotado de inteligencia extraordinaria, voluntad poderosa, capacidad de liderazgo, valentía y elocuencia. Su pecado es el orgullo que le lleva a rechazar toda dependencia de Dios, para ser absolutamente autónomo. Este pecado del diablo se muestra también como una continua tentación para la especie humana, afirmar nuestra autonomía rechazando toda dependencia divina. Es el “seréis como dioses” del Génesis 3, 5. Para satanás, según Milton, «más vale reinar en el infierno que servir en el cielo». Es la orgullosa afirmación de una libertad deformada por la soberbia.

En su desesperación e incapacidad de arrepentimiento, el diablo intenta remedar a Dios, imitar todo lo que Él hace. De esta forma, el diablo tiene un reino, una asamblea, una misión y hasta una liturgia infernal. Todo ello constituye una caricatura del auténtico reino de Dios. Milton consigue expresar así la honda intuición agustiniana: el mal no tiene consistencia en sí mismo, es parasitario, es simplemente la corrupción del bien o, como dirían los escolásticos, “la privación del bien debido”.

Sin embargo, en la actualidad, la tentación intelectual que experimentamos consiste en revisar la historia de satanás. No dar por supuesto que es “el malo de la película”, e intentar redescubrir sus razones, revalorizarlo, mostrarlo incluso como ejemplo de un peculiar “humanismo”, que se atreve a rebelarse contra Dios para alcanzar el conocimiento y, con él, el autodominio. Llegados a este punto, somos capaces de negar nuestra dependencia de Dios, como en su momento lo hiciera el diablo, para construir el mundo con nuestras propias manos. La salvación ya no es obra de Dios, sino obra humana, fruto de la ciencia y la tecnología. Ya no necesitamos a Dios, nos sobra, y de esta forma somos nosotros los reyes de nuestro propio reino, y redactamos con nuestra vida nuestra propia historia, rechazando así la historia de la salvación, de la que ya no queremos formar parte.

Milton era profundamente cristiano. A pesar de las apariencias, no quería hacer del diablo un héroe. Sin embargo, según William Blake, “Milton estaba del partido del Diablo sin saberlo”. ¿Por qué? Porque nos ofreció una serie de razones que nos sirven para comprenderlo y, paradójicamente, para “humanizarlo” y, de esa forma, justificarlo. Sin embargo, para Milton satanás no es un héroe romántico, por el contrario, su historia muestra la tragedia del pecado: el drama de la libertad separada de la verdad, de la inteligencia separada del amor y del poder separado de la obediencia a Dios. Es decir, Milton, desde su mundo y con su cosmovisión, intenta advertirnos de los peligros del orgullo y de la soberbia intelectual, a los que puede conducirnos la embriaguez del poder científico-tecnológico. Olvidar el hecho sublime y sencillo de que somos creaturas y que todo lo hemos recibido de Dios, como un don y como un encargo al mismo tiempo.

Statue of Baphomet with goat head, wings, pentagrams, and flaming torch
Baphomet, demonio del Templo Satánico

De manera semejante y más reciente, presentan al demonio Lucien Greaves (1975 d.C.) y Malcolm Jarry, fundadores de la Iglesia Templo Satánico (2012 d.C.) Para Greaves, Jarry y sus seguidores satanás en realidad no existe, como tampoco existe ningún ser sobrenatural (como Dios o los ángeles). Simplemente se trataría de un símbolo literario, filosófico y cultural. Un símbolo de autonomía y rebeldía frente a la autoridad, y de libertad de conciencia (somos nosotros quienes establecemos lo que es el bien y el mal). Más que venerar a satanás, lo utilizan como un arquetipo de resistencia frente al poder religioso o político.

En su visión, satanás representa al personaje que se enfrenta a la autoridad establecida y reivindica la libertad frente al poder. Sus fundadores reconocen que utilizan al diablo como símbolo porque tiene un carácter provocador. Según ellos, de esta forma buscan cuestionar los privilegios que tienen determinadas confesiones religiosas cristianas en el espacio público, y promover la separación entre la Iglesia y el estado.

La Iglesia del Templo Satánico ofrece una peculiar visión del humanismo, caracterizada por la separación entre la religión y el Estado, la libertad de conciencia y diversas causas relacionadas con los derechos civiles, entre los que incluyen, como no podría ser de otra forma, el “derecho” al aborto, como una forma de autodeterminación y libertad. Resulta inquietante ver el fuerte nexo que existe entre satanismo y aborto.

 El diablo es un símbolo que representa al «rebelde eterno» contra la autoridad arbitraria y las normas sociales. Funciona  como metáfora para promover el escepticismo pragmático, la autonomía personal y la curiosidad. Satanás simboliza la rebelión frente a la tiranía, la autonomía de la conciencia, el libre examen y el pensamiento crítico, la defensa de la libertad religiosa, la resistencia frente a la autoridad considerada arbitraria, y el cuestionamiento de los dogmas impuestos. Por todos esos motivos, en realidad, el satanismo es un humanismo.

El Templo Satánico resume su ética en «Siete Principios», los cuales expresan una forma particular de “humanismo”:

  1. Actuar con compasión y empatía hacia todos.
  1. Buscar la justicia.
  2. Defender la autonomía corporal (eufemismo para reconocer el derecho al aborto y la eutanasia).
  3. Respetar las libertades ajenas.
  4. Valorar la ciencia y la evidencia.
  5. Reconocer la falibilidad humana y corregir los propios errores.
  6. Entender estos principios como guías éticas, no como reglas rígidas.

Llegados a este punto, podemos ver cómo diversas expresiones literarias y artísticas hoy en boga, expresan una forma particular de “humanismo”, desvinculado de Dios y de la Iglesia, que emparenta muy bien con el satanismo y su reivindicación de la autonomía humana. Este humanismo va recorriendo un camino con una dirección clara: primero se sospecha y desconfía de las formas institucionales de la religión. Se enfrenta al problema de que, históricamente, todo conocimiento de Dios es mediado, y esa mediación aparece como una velada forma de poder, de dominio y de control.

En un segundo momento, después de recelar de las instituciones, se llega incluso a sospechar de Dios. En este punto se alcanza el “pánico metafísico”: Dios puede ser malo. Por eso liberar a la sociedad de la sumisión a Dios es altruismo y humanismo. Es en este punto donde el humanismo y el satanismo se encuentran. Ambos han conseguido su objetivo: eliminar a Dios de “la jugada”, expulsar a Dios de la sociedad, como punto final del proceso de secularización.

Vitruvian Man drawing showing a male figure with arms and legs extended within a circle and square
Leonardo da Vinci’s Vitruvian Man illustrating ideal human body proportions