Roma tiene una relación muy personal con mi vida. Estuve por primera vez aquí el año 1992, para la beatificación de Josemaría Escrivá. Luego en 1993 para un congreso universitario llamado UNIV. Más tarde, de 1996 a 2002 viví aquí, y aquí me ordené de diácono en la Basílica de san Eugenio. Luego volví a asistir a un Congreso UNIV en el año 2014, acompañando al grupo de peruanos que asistían y, en el 2020, justo antes de la pandemia, participé en un Congreso para formadores de seminarios, donde disfruté de una reunión con el cardenal Robert Sarah.
Tuve la oportunidad de asistir a varios hitos importantes para la Iglesia aquí en Roma: los 50 años de sacerdocio de san Juan Pablo II, la proclamación de Santa Teresita del Niño Jesús como doctora de la Iglesia, la canonización de 25 mártires mexicanos de la Guerra Cristera. La canonización de Edith Stein y su proclamación como co-patrona de Europa, la apertura de la Puerta Santa en el Jubileo del año 2000 y la canonización de Josemaría Escrivá en octubre del 2002.
Ahora regreso para participar en un Congreso sobre Historia del Opus Dei en América Latina. Presento una ponencia y, digámoslo de esta forma, parte de mi futuro profesional parece ser que irá en esta línea: escribir la historia de la Obra en México y promover procesos de beatificación y canonización de fieles mexicanos del Opus Dei. Ahora mismo ando enfrascado en elaborar la biografía del Siervo de Dios Arturo Álvarez Ramírez, fiel agregado del Opus Dei cuyo proceso de estudio diocesano ya terminó y ahora lo está estudiando el Dicasterio para las Causas de los Santos.

En estas líneas tengo pensado compartir algunas impresiones y reflexiones a propósito de este viaje. La primera de ellas tuvo lugar en el vuelo de venida, por Aeroméxico. El vuelo muy puntual, con una excelente atención, pero con la sorpresa de que ahora las mascotas no viajan con el equipaje, sino en cabina. Tuve la “fortuna” de viajar al lado de un perro, que traían la pareja que estaba sentada a mi lado. No era un perro faldero, era un perro normal, pero excelentemente bien entrenado. Le pusieron unas orejeras, y no molestó en todo el camino: ningún ladrido, y ningún amague de señalar su territorio con la consabida micción. Lo único malo es que olía a perro.
Llegué a buena hora, por medios públicos, a Cavabianca, el Seminario Internacional de la Prelatura del Opus Dei. Una casa muy hermosa cargada de recuerdos maravillosos y entrañables para mí, y pienso que también para todos los que han tenido la fortuna de vivir aquí. Fue una de las “últimas locuras” de san Josemaría, una casa en la que él cuidó cada detalle de su diseño y donde todo, hasta lo más banal e intrascendente, rezuma el espíritu del Opus Dei.

Al día siguiente tuve mi primera jornada de trabajo. Tuve que ir a Villa Tevere, sede central del Opus Dei, donde trabajé en la Oficina para las Causas de los Santos. Estuve intercambiando ideas e información sobre mi biografiado, el Siervo de Dios Arturo Álvarez Ramírez. Pude ir a rezar un rato a donde están enterrados san Josemaría Escrivá, el beato Álvaro del Portillo y donde está sepultado don Javier Echevarría, quien fuera obispo prelado del Opus Dei y quien me ordenó sacerdote. Le tengo una deuda impagable de gratitud.
Por la tarde pude visitar san Pedro. Con pena pude comprobar -ya lo había constatado en mis viajes de 2014 y de 2020, pero ahora de un modo más vivo- cómo ya no es lo mismo visitar la Basílica de San Pedro. En mis épocas de seminarista la entrada era libre. A veces venía rápido por la mañana, antes de comenzar las clases en la universidad. Ahora uno tiene que hacer interminables colas y pasar dos retenes de seguridad. Habré empleado unos 15 o 20 minutos en ese proceso. Luego, ya no se puede visitar libremente toda la basílica. Hay muchos acotamientos y bloqueos. Por ejemplo, ya no se puede uno acercar a la antigua estatua siria de san Pedro, del siglo V, que tiene alisado el pie debido a los besos y caricias del pueblo cristiano a lo largo de los siglos. Ya no se puede uno acercar al Baldaquino de Bernini, para observar el curioso detalle de cómo grabó en mármol, de modo discreto, el nacimiento de una creatura y los dolores del parto de la madre. Tristemente, hace no mucho, una persona optó por subirse al altar mayor de san Pedro y orinar allí. Por culpa de ese demente, ya no podemos acercarnos al baldaquino y observar sus maravillosos detalles.

Me llevé una desagradable sorpresa al pasear por la Plaza de San Pedro, con su maravilloso obelisco egipcio, sus columnas y sus fuentes. La armonía y el equilibrio de la Piazza y el Colonnato está rota ahora gracias a una horrible escultura, dedicada a los migrantes, que choca con el estilo renacentista y barroco de la Plaza. Ni el material, ni el estilo justifican el hecho de que se haya puesto allí. Seguramente quedaría bien en un museo de arte moderno o en los jardines vaticanos, pero allí rompe la armonía del conjunto. Y, para arruinarla más, han colocado también en la plaza una oficina de posta vaticana que, nuevamente, desentona con el conjunto.
Después de san Pedro fui a visitar Castel Sant´Angelo, antiguo Mausoleo de Adriano y fortaleza papal, donde se refugió el Papa Clemente VII cuando fue el saqueo de Roma en el año 1527. Nunca había visitado la fortaleza en mis etapas romanas anteriores, y no defraudó. Tiene magníficas vistas de Roma y el Vaticano, así como algunas salas del renacimiento muy bien decoradas. Fue una buena opción.

El regreso a casa fue también muy agradable. A través del Ponte Sant´Angelo, decorado con esculturas de ángeles que portan instrumentos de la Pasión de Jesús, realizados por alumnos de la escuela de Gian Lorenzo Bernini, me encaminé a una pintoresca “Via del Coronari”, metiéndome de lleno en callejones de la Roma medieval. El camino me arrojó a la “Piazza Navona”, una de las más bellas de Roma, decorada también con fuentes y esculturas realizadas por Bernini. De ahí tomé “Vía de Ripetta”, donde pasé al lado del “Ara Pacis Augustae”, para desembocar en la Piazza del Popolo, con su soberbio obelisco egipcio y su majestuosa puerta en honor de la Reina Cristina de Suecia, que se convirtió al catolicismo y se vino a vivir a Roma. “Felici faustoque ingressui MDCLV» (Por una entrada feliz y auspiciosa): este es el mensaje que Bernini esculpió en la fachada interior, querida por el Papa Alejandro VII, con motivo de la llegada a Roma, en 1655. De ahí me subí al trenino que me devolvía a casa, pues está en las afueras de Roma.
