El esperado mundial de fútbol de Estados Unidos, México y Canadá comienza el jueves 11 de junio en la Ciudad de México, con el partido México vs Sudáfrica. Paralelamente están anunciadas 7 marchas y bloqueos simultáneos en la ciudad, de forma que va suponer una auténtica hazaña poder llegar al estadio para jugar o ver el partido.

Una mirada superficial podría considerar: ¡qué pesados aguafiestas! ¡Hace 40 años que no tenemos un Mundial en la Ciudad de México y justo ahora se ponen de acuerdo todos para protestar! Es decir, unos oportunistas organizan desmanes aprovechándose de la vulnerabilidad del gobierno en estas circunstancias, ya que pueden exhibir su ineficacia e ineptitud ante los ojos del mundo. ¡Es el momento estratégicamente más oportuno para vociferar en las calles! ¡El gobierno no puede no oírnos, porque los ojos de todo el mundo están puestos en México!

Es comprensible esta actitud, compartida por la gran mayoría de la población. Si hasta hace algunos años era la Virgen de Guadalupe el único signo que unía a los mexicanos, lamentablemente hoy, debido al avance de las confesiones evangélicas y del ateísmo y el agnosticismo en la sociedad, parece ser que lo único que nos une a todos los mexicanos, sin importar si son ricos o pobres, de cual partido político sean o qué religión practiquen, es el fútbol. Cuando juega la selección -más en un mundial- todo otra actividad o compromiso pasan a segundo término. El fútbol es quizá el único pegamento que aglutine a todos los mexicanos.

Sin embargo, el hecho festivo y feliz de un Mundial de Fútbol no puede, como por arte de magia, ignorar el contexto y el entorno de donde se celebra. ¡Qué maravilloso sería que nuestra única preocupación fuera el poder ver los partidos de fútbol, esperando que nuestro equipo gane! Pero, tristemente, no es así. No podemos hacer abstracción de la realidad con el pretexto de que “estamos en el Mundial”. Por el contrario, las heridas de México, tristemente lacerado por la violencia, la impunidad y la muerte, hacen que sea obsceno mirar hacia otro lado y hacer como si no pasara nada.

¡Qué bonito sería vibrar al ritmo del mundial!, ¡qué bonito sería que los corazones de todos los mexicanos estuvieran unidos, pendientes exclusivamente del desempeño de su selección de fútbol! Pero, nuevamente, ese no es el México real. Resulta frívolo y superficial celebrar un Mundial de fútbol en nuestro país cuando se está desangrando por la violencia, cuando está asfixiado por los “derechos de piso”, verdaderos impuestos abusivos de los criminales, que cargan su peso sobre una importante parte de la población económicamente activa. No podemos concentrarnos en mirar los partidos e ignorar el dolor de nuestra patria. Sí, porque “la patria” no es una abstracción; son todos los mexicanos. Y muchos de ellos sufren de modo indecible, de manera que resulta cruel ignorar su dolor para mirar partidos de fútbol.

Madres buscadoras

Ciertamente, algunos de los colectivos que están presionando al gobierno con las marchas y bloqueos están actuando de forma abusiva, evidenciando la crisis de gobernabilidad que aflige al país (pienso, fundamentalmente, en los sindicatos de profesores). Pero hay otros colectivos que enarbolan dolorosas causas justas y que han sido sistemáticamente ignorados por el poder establecido. Pienso, principalmente, en las “Madres Buscadoras”, que resignándose con la muerte de sus hijos quieren, por lo menos, recuperar sus cuerpos. Pienso en los transportistas que se quejan de la inseguridad en las carreteras, de forma que sufren frecuentes atracos y robos, cuando no incluso asesinatos.

¿Cómo podemos simplemente sentarnos y disfrutar del partido cuando un importante grupo de madres claman por recuperar los cuerpos de sus hijos? Podemos privilegiar la banalidad del Mundial sobre el clamor de justicia de estas madres mexicanas. Clamor doloroso, cuando con frecuencia aparecen fosas comunes y auténticos campos de concentración operados por el narco. Cuando, dolorosísimamente, algunos narcos se encargan de desaparecer los cuerpos de sus víctimas diluyéndolos en piscinas de ácido. ¡Es grotesco!, ¡es brutal!, ¡es real! Ése es el México que, de pronto, se convierte en anfitrión mundial e intenta guardar las apariencias, como si no pasara nada.

No podemos dejar de reconocer que el Mundial, si sirve para algo, es para darle visibilidad a esas madres buscadores, a esos trabajadores que desempeñan su oficio con miedo, a todos los que sufren los estragos de la violencia y del crimen organizado. Es una forma de decir: mi gobierno me ignora, no me hace caso, espero que el mundo pueda hacer reaccionar a nuestros gobernantes.

No podemos disfrutar pacíficamente de la superficialidad del fútbol, de la banalidad de unos partidos, cuando el crimen organizado campea inmune de un extremo al otro del país, cobrando víctimas cada día. Se comprende que madres y transportistas nos incomoden un momento, para que seamos capaces de darnos cuenta del dolor y el sufrimiento que padecen quizá los de la puerta de al lado…

Sobra decir que tampoco sale mejor parado Estados Unidos. También resulta obsceno celebrar un mundial en esa nación, cuando está bombardeando a Irán, para más inri competidor y participante del mismo Mundial. No cabe duda que estamos a las puertas de un Mundial surrealista. Quizá lo mejor hubiera sido no celebrarlo, para dedicarnos primero a resolver nuestros graves problemas internos. No ha podido ser así, pues esperemos, por lo menos que, en lugar de indignarnos por los bloqueos, tengamos el mínimo de empatía para hacernos cargo de la desesperación de esas personas y de sus legítimos reclamos de justicia, que a nadie parece importarles, cuando pareciera que lo único importante en nuestra vida es el fútbol.