Es la nueva frontera. El siguiente paso en orden a imponer una visión pragmática y utilitarista de la vida humana. En realidad, se trata de un “ganar, ganar”; unir dos necesidades humanas, dos deseos diferentes, contradictorios, pero convergentes en los seres humanos.

Me explico. El “mercado” está como sigue: hay un grupo de seres humanos que desean morir y, por ese motivo, solicitan la eutanasia. Frente a ese grupo hay otro de seres humanos que desean vivir, pero para ello necesitan recibir órganos por donación. El “empresario” simplemente junta las dos necesidades: la de los seres humanos que desean vivir y la de quienes quieren morir. De esa forma se le da a cada uno lo que desea.

A esta práctica se le conoce como “muerte por donación”, que equivale a una “eutanasia con sentido”. Si ya voy a morir, que por lo menos valga la pena, que pueda dar mi vida de forma altruista, por una causa noble. Al final, mi muerte producirá mucho fruto, servirá para dar vida o, por lo menos, para aumentar la esperanza de vida en las personas que reciben los órganos. Puedo convertir en un acto de caridad el procedimiento para quitarme la vida. Al final del día, siempre se ha visto al acto de dar la vida para salvar otra persona humana como algo heroico, meritorio, ejemplar. ¿Por qué tendría que ser tan malo dar la vida recibiendo la eutanasia? ¿Por qué no puede ser igual de meritorio entregar la propia vida, independientemente de si se desea vivir o no? ¿Qué diferencia a una persona que muere donando órganos de un san Maximiliano Kolbe, que ofrendó su vida para salvar a otro prisionero de Auschwitz?

San Maximiliano Kolbe

En la actualidad ya es una práctica relativamente frecuente en Holanda, Bélgica y Canadá que personas a las que se les aplica la eutanasia donen sus órganos. Estas personas manifiestan su deseo de que sus órganos puedan ser utilizados por otras personas, lo cual supone, indudablemente, un acto de generosidad. Pero “hay un pero”. La práctica habitual regulada por los códigos de ética es que la donación del órgano -la extracción del mismo- se realice una vez que la persona donante haya fallecido. Esto produce una serie de inconvenientes médicos y técnicos, pues causa isquemia en los órganos donados, al dejar de recibir el flujo sanguíneo, que los mantiene oxigenados. Eso no ocurre solamente en aquellos casos en los que se verifica una “muerte cerebral”, pero el corazón sigue bombeando sangre y se mantiene el flujo sanguíneo. La “muerte por donación” supera este inconveniente: simplemente se seda a la persona donante para que no sufra, y se le van extrayendo los diferentes órganos mientras está viva y los órganos reciben el flujo sanguíneo. La muerte no sobreviene por administrar alguna sustancia -no se le puede llamar “medicamento”-, sino por la extracción de los órganos vitales. De esta manera una vida “perdida” puede salvar varias vidas humanas.

¿No se trata de una idea genial? ¿No es un “ganar-ganar”? ¿Sería tan malo saber que la extracción del órgano que me permite vivir causó la muerte de su portador original? ¿Habría algún problema ético para el equipo de médicos que trabajaron en la extirpación los órganos? ¿Habría algún inconveniente en eliminar el principio ético de que los órganos se extraen exclusivamente de los cadáveres? De hecho, se especula que un donante puede salvar hasta 10 vidas, ¡Diez a uno! ¿No vale la pena?

Cuando caemos en la pendiente del pragmatismo y el utilitarismo resulta muy complicado salvaguardar la dignidad humana, la cual se resuelve, finalmente, en una cuestión de cálculo:  diez a uno, por lo tanto “vale la pena”. Cuando nos comportamos como dueños absolutos, sea de nuestra vida o de la de los demás, resulta muy borrosa la línea que separa la dignidad de la utilización de la vida, se borran los contornos. Al mismo tiempo, no se puede ignorar la sorda presión que se ejerce sobre el ser humano vulnerable: en realidad, ya estás de más en el mundo, lo mejor que puedes hacer por ti, por tu familia y por la sociedad es dar un paso al costado, donando tus órganos, de manera que salgas de este mundo por la puerta grande. Da vértigo la ceguera espiritual en la que podemos caer cuando jugamos a hacer de Dios.

Persona mayor hospital, sombra muerte, ambiente triste