Dr. Manolo Alcazar

Un debate abierto y en curso…

El presente texto es el comentario que mi amigo Manolo Alcazar, Doctor en Filosofía, hace de mi texto «Consideraciones impías. Dudas de fe o la lógica de la Cruz», es decir, la entrada anterior de «Teología para Millennials». Lo comparto porque me resultaron iluminadoras sus observaciones. Señalo que le respondí en privado a sus comentarios y que el debate sigue abierto.

Lleva cuatro años intentando recuperar su matrimonio sin éxito.

  • Esta frase es imprecisa. El matrimonio existe, lo que no existe es una buena relación con su esposa. El matrimonio no necesita ser recuperado pues ese matrimonio existe. Lo que requiere recuperación es la buena relación con la que es su esposa, que lo ha dejado, ya no vive con él, etc. Eso significa lograr un cambio libre de comportamiento de su esposa.

«Completamente enamorada de él».

  • Que esa chica está «completamente enamorada» de él es lo que él dice o piensa, tal vez sea verdad, o tal vez no tanto. Y qué significa esa expresión está por verse.
  • Que esté enamorada no significa que vaya a seguir estándolo, y ni ella ni él sabe cuánto tiempo va a durar ese estado, que todos sabemos que es transitorio.
  • ¿Esta chica sabe que él está casado? ¿le importa o no le importa a esta chica? ¿cómo influirá ello ambos?

Él experimenta la dolorosa y difícil batalla de ser fiel a su matrimonio roto, al renunciar a la felicidad humana que le promete una segunda relación.

  • Esta frase creo que plantea un falso dilema entre felicidad y fidelidad. Una mejor formulación de esta frase puede ayudar a clarificarla tesitura:
  • Lo que está experimentando es una tentación de tener relaciones extramatrimoniales, es decir, adulteras, con una mujer que no es su esposa, pero con la que se siente muy a gusto.
  • Visualiza esa tentación como una fuente de «felicidad humana».
  • y su matrimonio no está roto, sigue existiendo. Lo que está «rota» es la relación con la mujer con la que está casado.
  • ¿Qué se entiende por esa expresión «felicidad humana»? ¿Cuál sería una «felicidad no humana«?
  • ¿»segunda relación» es un eufemismo para «relación adúltera«? ¿desde el punto de vista a la chica 15 años menor que él, también es una «segunda relación», o es para ella una «primera» o tal vez «cuarta» o «quinta«?
  • También puede ser que nuestro amigo no vea en su relación con esta nueva mujer un aspecto tanto erótico como romántico de amistad con un alto grado de intimidad. Esto tal vez sería un ingrediente que podría modificar un tanto el análisis. Pero una relación así no tendría el ingrediente de exclusividad, de la que él parece estar dotando a la relación: la amistad no reclama exclusividad: se pueden tener muchos amigos o amigas. Sí la reclama la relación que aspira a tener las notas de la conyugalidad: por ejemplo, el noviazgo.

Tradicionalmente se afirma que el fin de la ética es la felicidad. O que la pregunta por la ética es la pregunta por la felicidad. Es decir, quiero tener una conducta ética, una conducta moral, porque quiero ser feliz. La felicidad es el objetivo que persigo al actuar moralmente bien. Así se plantea la cuestión, por lo menos desde la Ética Nicomáquea de Aristóteles: “¿Cuál es el bien a que tiende la ciencia política, y que será, por tanto, el más excelso de todos los bienes en el orden de la acción humana?… la mayoría de los espíritus selectos llaman a ese bien la felicidad, y suponen que es lo mismo vivir bien y obrar bien que ser feliz”.

  • [Abro paréntesis: a mí me resulta más luminosa la antropología de la intimidad que propone Leonardo Polo, y la mejor fundamentación que ofrece a la ética.]

quiero tener una conducta ética, una conducta moral, porque quiero ser feliz. La felicidad es el objetivo que persigo al actuar moralmente bien.

  • La felicidad suele ser el objetivo -implícito a menudo- de toda persona cuando actúa, no solo el de quien quiere actuar moralmente bien. También el que actúa moralmente mal quiere ser feliz. También ese el objetivo que persigue uno cuando actúa moralmente mal. El «fin subjetivo» no suele ser infringirse daño o insatisfacción a uno mismo. Pero ese es el «fin subjetivo», que es el fin «del que hace algo», y que es distinto del «fin objetivo», el fin de eso que el sujeto hace, sea cual sea el fin por el que hace lo que hace.
  • Tal vez Aristóteles esté de acuerdo en que vivir bien es más importante que actuar bien. La persona es superior a sus obras y a su actuación.

Mi duda derivó en un doble camino: ¿debe prevalecer el ideal de conducta frente a la felicidad humana?

  • Creo que de nuevo es un falso dilema entre felicidad humana y conducta ideal.

Y, derivado de ello, ¿cuál es la idea de Dios que subyace en ese supuesto? Es decir, ¿Dios quiere que sea fiel a la norma, al ideal, incluso a costa de mi felicidad humana? ¿Son más importantes la heroicidad y la fidelidad que la felicidad? ¿Qué idea de Dios está implícita en estos supuestos? Es decir, por un lado, afirmo que Dios es un Padre amoroso, que quiere la felicidad de sus hijos, pero cuando la felicidad de sus hijos es diferente de la ley que Él ha establecido, entonces debe prevalecer la fidelidad a esa ley sobre la felicidad de sus hijos.

  • Bueno, antes de pasar a la idea de Dios, podría plantearse una cuestión previa: ¿cuál es la idea de hombre subyacente? No hace falta ir tan lejos. Este problema de nuestro amigo es en primer lugar de naturaleza antropológica, y solo después teológica.
  • Se reitera la idea de que cumplir la norma moral –incluso en grado de una fidelidad heroica– se opone a la felicidad humana, de modo que ¿o Dios no quiere la felicidad humana? O ¿Dios se equivoca al poner una norma cuyo cumplimiento aparta al hombre de su felicidad humana?
  • [Anotación: ¿hay aquí un rezago occamista: incumplir la norma es malo porque Dios lo prohíbe? ¿Si Dios no lo prohibiera no sería malo?

Creo que Occam se equivoca. Cuando Dios prohíbe algo lo prohíbe porque es malo. Es decir, incumplir la norma moral en primer lugar es malo para quien la incumple.

Dios quiere más mi felicidad que yo mismo. Siempre juega a mi favor, incluso cuando a mí no me parece así.

  • Hay que pensar a fondo la siguiente cuestión: ¿por qué razón una relación adúltera de este hombre es mala aun cuando él no haya tenido culpa ninguna de que su esposa le haya abandonado? Y cuando digo que es mala quiero decir que afecta negativamente a la felicidad de este hombre [también puede afectar a terceros]. Este es un punto que hay que pensar a fondo: ¿qué se daña en este hombre cuando cede a esta tentación? O, dicho de otra manera, ¿por qué se establece en la exclusividad entregada en el matrimonio tiene un carácter de incondicionalidad? Incondicionalidad que incluye casos extremos como por el que atraviesa esta persona. y ¿por qué violar esa incondicionalidad daña a quien así actúa?
  • A mi modo de ver son varias las razones por las que este hombre se dañará si establece con esta mujer una relación que solo es correcta si se mantiene con la propia esposa:
  • En primer lugar, está violando la promesa que hizo: niega lo que afirmó. Mete una contradicción vital: ¿qué valor concederá a su palabra?
  • En segundo lugar, está atentando contra la justicia: entregó algo que ahora quiere reclamar pero que ya no es suyo, por lo que no debe disponer de ello. Él se arrepiente ahora de haber entregado esa exclusividad incondicionalmente a su esposa. Pero que se haya arrepentido no hace que ya no sea suyo eso que entregó.
  • En tercer lugar, ¿cuál es la «sinceridad» de la relación que parece querer establecer con la joven? Si fuera simple amistad no estaría experimentando los reparos que su conciencia parece que le está planteando. Si realmente quiere a esa joven y es católico que quiere ser buen católico, también se preguntará cómo puede él ayudar a que esa joven sea feliz también de manera integral. Si él fuera el hermano o el papa de esa joven, le aconsejaría establecer esa relación con él, o ¿más bien desearía que se busque otro hombre?
  • Además, como cualquier acción mala, tiende a engendrar un vicio (en este caso directamente contra la sinceridad, contra la caridad, y demás) y, lo que es peor, oscurece su propia conciencia. En lugar de buscar entender qué es lo conveniente, ¿no estará usando su ingenio para «justificar» lo que no es justo?

«cuando la felicidad de sus hijos es diferente de la ley que Él ha establecido, entonces debe prevalecer la fidelidad a esa ley sobre la felicidad de sus hijos».

  • Esta sentencia incluye implícitamente el planteamiento de Occam: la ley es ley porque así Dios lo ha establecido no porque la ley sea buena para quien la cumple . Es decir, «hay que cumplir la ley, aunque sea mala para ti cumplirla, y has de cumplirla porque de lo contrario te las tendrás que ver con Dios», o sea, «Dios te prohíbe arbitrariamente lo que a ti te haría feliz por puro capricho, porque realmente no quiere tu felicidad; lo único malo de incumplir esa norma es que Dios la ha prohibido caprichosamente».
  • Esto es meter la irracionalidad en Dios: poner normas morales caprichosas, arbitrarias, cuyo cumplimiento está desconectado de la persona a la que se le pide cumplirla.

«Los derroteros de esta colisión me condujeron a otros “terrenos pantanosos”: mi idea personal de Dios (un Padre que quiere ver felices a sus hijos), contrastaba con las normas de la Iglesia.»

  • ¿ahora se ha pasado de leyes naturales -relativas al matrimonio- a leyes de la Iglesia?

Es decir, se sugería en mi interior una falsa disyuntiva: aceptar a un Padre amoroso que quiere la felicidad de sus hijos o aceptar la doctrina moral de la Iglesia Católica. Sabía, al planteármelo, que para muchos autores católicos se trataría de una “falsa disyuntiva”. El camino católico, se ha dicho con razón, no es el de “aut, aut”, sino el del “et, et”. No “esto o lo otro”, sino “esto y lo otro”.

  • creo que el «et, et» no está bien tomado en este momento. Puesto que lo que este hombre está queriendo es dudoso que realmente sea bueno para él, que le haga feliz.

Pero ¿cómo conciliar en la historia real de las personas esta idea de que, lo que realmente los va a hacer felices es cumplir la dolorosa voluntad divina? De alguna manera comenzaba a comprender la lógica y el atractivo del relativismo moral frente a la “moral dura” de la Iglesia Católica.

  • Eso dependerá de qué se entienda por “relativismo moral” y “moral dura”. Son expresiones equívocas.

De algún modo mi idea de Dios choca con la moral de la Iglesia. Ahora bien, esa moral de la Iglesia, en este rubro preciso del matrimonio, deriva directamente de las enseñanzas de Jesucristo. Basta ver los textos de Mateo 19, 3-9 y Marcos 10, 2-12. “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre… quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

  • Y también de la institución natural del matrimonio, al margen del cristianismo.

El punto al que había llegado era muy delicado: mi idea de Dios (Padre amoroso, bueno, comprensivo, misericordioso) no coincidía con las enseñanzas claras de Jesucristo, siendo así que para mí Jesús es Dios. ¿Mi idea de Dios es incompatible con el Dios de Jesucristo?

  • ¿en qué? ¿no sería bueno mayor precisión en esto?

De algún modo, en algunos casos, que luego en la vida práctica no son pocos sino muy frecuentes, hay una colisión, real o aparente, entre la felicidad humana y el ideal divino.

  • ¿en qué casos? Pues aquí se ha planteado un caso de violación de la exclusividad comprometida en el matrimonio. ¿qué otros temas?
  • Colisión aparente puede que sí, y cuando así lo parezca toca ponerse a pensar.

Hay que elegir entre ser felices en esta tierra o ser fieles a un ideal, a unos principios.

  • ¿de verdad que cumplir con el compromiso matrimonial significa infelicidad?

Pero ¿la moral existe para hacernos felices o para que encarnemos un ideal heroico? El ideal es posible, valga la redundancia, en condiciones ideales, por ejemplo, que la mujer de mi amigo continuara siendo fiel a su compromiso matrimonial. Pero cuando las cosas no son como deberían de ser, ¿sigue siendo vinculante el ideal?

  • ¿Cuándo este hombre se casó era consciente de que asumía un compromiso de exclusividad e incondicional? ¿era consciente de que entregaba algo de manera irreversible? Si lo era, ¿lo entregó libremente o fue coaccionado de alguna manera?

 ¿Por qué puede querer Dios nuestra infelicidad en esta vida?

  • ¿Será “nuestra infelicidad” pero no simpliciter sino secundum quid, pues la única “infelicidad” -y aparente- es renunciar a establecer con esa joven una relación propia con una esposa?

¿Qué gana Él con que seamos infelices a costa de vivir a rajatabla unas normas prestablecidas por Él mismo? ¿Las normas son un fin o son solo un medio?

  • Las normas son un medio. Y la norma próxima de moralidad, no olvidemos que es la propia conciencia, a la que hay que formar para que no ande confusa.

El caso de mi amigo, por cierto, no es un caso aislado o infrecuente. Actualmente tengo tres amigos muy cercanos en situaciones similares. A parte de ello se encuentra la experiencia, frecuentemente constatada, de segundos matrimonios que son felices y han conseguido formar una bonita familia. Casualmente, dos parejas muy amigas mías, son segundos matrimonios -obviamente civiles, no eclesiásticos-, y son personas de bien, honradas, buenos trabajadores y ciudadanos, que aportan a la sociedad y creen en Dios. No practican, de modo que no tienen la “tentación” de acercarse a comulgar. Me pregunto, ¿los rechazará Dios por no seguir “sus reglas del juego”?

  • todos tenemos casos cercanos. En estos momentos, yo también tengo tres casos parecidos.
  • «segundos matrimonios que son felices». «bonita familia«. [son de nuevo expresiones confusas y diagnósticos desde la grada, en tercera persona.

El tema de fondo es muy profundo. ¿Qué idea tengo de Dios? Dios es un Padre amoroso que quiere a sus hijos, y por tanto quiere que sean felices, de alguna forma le agrada o le hace feliz el que nosotros seamos felices. O, por el contrario, Dios lo que quiere es que sigamos unas reglas determinadas -la moral- aún a costa de hacernos amargo nuestro caminar en la tierra.

  • de nuevo la visión de Dios que tiene Occam.
  • Dios pone unas normas precisamente porque cumplirlas, o intentar al menos cumplirlas es positivo para nuestra felicidad y nos conduce a nuestra plenitud.

Desde una perspectiva ortodoxa este planteamiento está viciado. Siempre se buscará, según esta perspectiva, defender el valor de la ley, de la norma, de la moral, argumentando, por ejemplo, que solo así seremos realmente felices. Que el pecado no puede producir felicidad, o que es una falacia de falsa disyuntiva, de modo que Dios quiere, al mismo tiempo, que seamos felices y que vivamos la moral.

  • Esa es una formulación defectuosa de la perspectiva «ortodoxa «. En esto, que es un asunto de ley natural, ni siquiera es preciso acudir al cristianismo. Basta un Sócrates.

Pero la vía de la experiencia desmiente esta perspectiva: muchas personas son relativamente felices gracias, en gran medida, a que se distancian de la norma moral y viceversa: hay muchas personas -también las conozco- que son infelices y se sienten desgraciadas, pero se mantienen firmes en la norma moral, esperando, con frecuencia, la retribución definitiva en la otra vida, en la vida eterna. Para ellas es más valioso el ideal que la felicidad, la heroicidad se coloca por encima de la felicidad personal. Es como si Dios nos dijera: “sé infeliz en esta vida, si quieres entrar en la vida eterna, que es la auténtica vida”.

  • De nuevo, me parece conveniente evitar expresiones confusas o equívocas como «relativamente felices», «se sienten desgraciadas», «firmes en la norma moral, etc.
  • siendo todo esto así, ¿cuál sería el problema? ¿por qué no dejar a los de un «segundo matrimonio» que al parecer tienen una «bonita familia»? y ¿por qué no dejar que los que viven desgraciados por obedecer las normas morales» se la salten a la bartola y se liberen de ese yugo opresor?

Curiosamente, si Dios no lo ha dicho expresamente así, sí lo ha dicho así la Virgen María a Santa Bernadette Soubirous, en su tercera aparición en Lourdes, el 18 de febrero de 1858: “no prometo hacerte feliz en esta vida, sino en la otra”. Esta visión contrasta con la doctrina de San Josemaría Escrivá, quien afirma: “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra” (Forja, 1005).

  • no creo que la Virgen María a Santa Bernadette haya querido darle una sentencia técnica de moral, ¿o sí? Ídem, la sentencia de San Josemaría. Creo que toca a los filósofos y/o a los teólogos formular con precisión una teoría, que permita comprender mejor estas sentencias que, por otro lado, entiende cualquiera sin mucha necesidad de teología ni de filosofía.
  • Uno puede ser perfectamente feliz el día de su cumpleaños sin que anule dicha felicidad el tener que ocuparse de una tarea pesada de ayuda a un amigo o familiar. Ejemplos hay miles.

Así con estas ideas en la cabeza, que me amargaban el corazón, pues cuestionaban mi visión de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia -de la que soy ministro-, llegó el Domingo de Ramos, y con él la lectura de la Sagrada Pasión (es el único domingo en el año en que se lee la Pasión de Jesús). De alguna manera entendí que esta ceremonia litúrgica era la respuesta a mi interrogante: La Cruz, la “ciencia de la Cruz”, “la lógica de la Cruz”, el “camino real de la Cruz”. Entendí que la respuesta a la aporía que se me planteaba es una lógica sobrenatural, diferente de la humana.

  • ¿Jesucristo estaba renunciando a su «felicidad humana» al aceptar la voluntad de Dios? Yo pienso que la respuesta es negativa. Lo mismo en todos aquellos que han entregado por la verdad y la justicia, incluso al precio de su vida.
  • Reitero que el reto que como pensadores tenemos es mostrar la integración o armonía entre naturaleza y libertad, entre humanidad y gracia. Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre y nosotros estamos invitados a identificaros con Cristo. Y creo que hay tarea pendiente en este ámbito.

Humanamente nos puede parecer ilógico, sin sentido, absurdo y hasta cruel, el hecho de que Dios prefiera que vivamos la norma moral a costa de ser infelices. 

  • A alguno sí que le puede parecer ilógico. Pero que a alguno le parezca así no es razón suficiente para que así sea. Es comprensible que se lo pueda parecer a alguno y también se pueden comprender las razones que pueden llevar a matizar dicha afirmación.
  • Pero sí Dios es racional ha puesto normas racionales y, por tanto, juegan a favor de la condición humana.

Pero, de alguna manera no es así, la “lógica divina” es una forma de racionalidad superior, diferente, un misterio.

  • de acuerdo, pero «superior» no significa «opuesta»

En cualquier caso, para el cristiano, el modelo es Jesús, y Jesús está en la Cruz. A quien más ama Jesús es a su madre, a la Virgen, y tampoco a ella le perdonó el trago amargo de la Cruz. Ciertamente la Cruz no es la última palabra, sino la Resurrección, pero esta se verificará para nosotros solo al haber entrado en una forma de vida diferente, la propia de la escatología.

De alguna forma son los santos -y todos estamos llamados a serlo- aquellos que integran, en una síntesis vital auténtica, la realidad simultánea del sufrimiento humano y la alegría sobrenatural. Me sirve de ejemplo san Josemaría Escrivá, quien sufrió mucho los últimos años de su vida, de forma que sus lágrimas eran frecuentes, abundantes y, sin embargo, nunca se consideró infeliz, y no se cambiaría por nadie en el mundo. La Cruz es el misterio que nos permite aunar, simultáneamente, el dolor y la felicidad. Al mismo tiempo, es la manifestación tangible de que hemos interiorizado el sentido sobrenatural de nuestra existencia humana de hijos de Dios.

  • de acuerdo con todo lo anterior.
  • Juan Antonio Pérez López expone una manera sencilla de comprender los diversos niveles de satisfacción humana. Cuando mi mamá me arrastra al dentista me está provocando una insatisfacción, compatible con la otra satisfacción de experimentar cuánto me quiere mi mamá.
  • La insatisfacción tiene lugar en un ámbito más superficial que la satisfacción afectiva -de experimentar el amor que mi mamá me tiene- Y hay otra satisfacción más importante, la de captar que uno va por el buen camino: la paz interior. A la primera Pérez López la denomina satisfacción -o insatisfacción- «percepcional», a la segunda «estructural externa» y a la tercera «estructural interna», y genera la diferente lógica de cada una y la dependencia o no de factores externos a uno mismo.
  • La verdadera «felicidad humana» tiene que ver más con la satisfacción estructural interna» que con unas ciertas relaciones con otras personas o realidades aparentemente «bonitas o felices».
  • No me da tiempo a desarrollar otro punto relevante. La conciencia que es la norma próxima de moralidad. En definitiva, desde fuera del agente no se puede tener toda la información relevante para juzgar la moralidad de una acción. Pues la acción real es la de un sujeto real, y las «circunstancias» no son meramente «circunstanciales».
  • Hay que ayudar al sujeto a que juzgue bien y al parecer este hombre sí desea poder confesarse y comulgar. Y para ello debe evitar meterse en una «situación estructural» que se lo va a impedir, al menos, mientras mantenga esa «situación estructural».
  • Al final será Dios quien nos juzgue a cada uno y Él si comprende todo lo que hay que comprender .
  • Mientras tanto, este hombre ¿está tan seguro de estar actuando tan superbién y tan honestamente? O ¿seguramente algo dentro de sí justifica su actuación, pero no hasta el punto de ir a comulgar?
  • La Eucaristía. Este buen hombre que quiere «rehacer su vida» y armar una «bonita familia» y a la vez quiere poder confesarse y poder comulgar.
  • ¿por qué está dispuesto a pagar para ello el precio de no poder recibir la absolución y renunciar por tanto al regalo de poder comulgar? De hecho, está dispuesto a renunciar a la Eucaristía  por «amor a una joven que supuestamente está locamente enamorada de él». ¿Realmente vale la pena?
  • Me viene a la memoria el ensayo de Choza de «elogio de los grandes sinvergüenzas», ¿tal vez haya alguna mujer por la que valga la pena renunciar a la Eucaristía? o ¿tal vez no tanto?

Hay que ayudar a esa personas a buscar otras alternativas para también ser feliz en esta vida. Parece una exageración pensar que solo esa chica puede colmar el ansía de felicidad ahora y después de una persona. El enamoramiento lleva a pensar eso, pero el enamoramiento pasa, como es experiencia universal.

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Por último, pienso que finalmente es Dios quien afortunadamente nos juzgará a cada uno de nosotros. Me acuerdo aquello de que «las prostitutas les precederan en el Reino de los Cielos» junto con la certeza de que existe el infierno, y no es broma.

Hay algo que creo que hace que valga mucho la pena: poder confesarse y poder acceder a la Eucaristía. Una persona puede finalmente vivir como le de la gana, y correr los riesgos que desee, y tener todas las razones del mundo, razonadas o sinrazonadas, y puede que Dios no se lo tenga en cuenta o sí, o qué sé yo… lo que se pierde esa persona son dos cosas:

– la paz que proporciona la confesión, que libra de la zozobra que puede suponer no estar del todo seguro de si lo que uno hace está o no realmente justificado… siempre hay la tentación de ir a escuchar al que creo que me va a comprender tanto que me va a decir que no pasa nada, que mi caso es especial, y que como «Dios quiere que sea feliz» entonces …

-y la otra, más importante aún, es poder comulgar en esta vida

Meterse en líos, aun cuando finalmente también se vaya al cielo y muy alto… Pero no puede ir a comulgar… está renunciando a la Eucaristía.