Publicado en Crónica Viva, el 4 de junio de 2018.

El Congreso de la República otorgó el pasado miércoles 30 de mayo la Medalla de honor del Congreso de la República en el grado de Gran Cruz al Cardenal Juan Luis Cipriani, Primado del Perú, en atención a su labor evangelizadora y a su empeño constante por construir paz en el país. Un reconocimiento justo, en un momento oportuno para el Cardenal, para la sociedad y para la Iglesia del Perú. También se trata de un reconocimiento valiente, después de años de dolorosos silencios, donde los empeños del arzobispo de Lima no habían sido justamente retribuidos, cuando no distorsionadas públicamente sus opiniones y dañada su imagen.

En efecto, es oportuno porque el próximo 3 de julio cumple 30 años de haber sido consagrado obispo, oportuno también porque el 28 de diciembre cumple 75 años, y según el derecho de la Iglesia deberá presentar al Papa su renuncia como arzobispo de Lima, quedando a juicio de Francisco decidir cuando sea oportuno aceptarla (sigue estando al frente de la diócesis mientras la renuncia no sea aceptada). Conveniente también porque acaba de ser nombrado el segundo cardenal peruano, monseñor Barreto arzobispo de Huancayo. Como bien ha reconocido Cipriani, se trata de un reconocimiento para la Iglesia del Perú, que duplica el número de sus cardenales, señal de un mayor peso e importancia en la Iglesia universal. Pero quien no quiere bien a la Iglesia o no la comprende, ha visto en esta designación una ocasión de dividirla, presentando como antagónicos o competidores a los cardenales, es decir, leyendo el nombramiento en clave dialéctica de equilibrio de poderes. Precisamente una función principalísima de los cardenales es custodiar la unión de la Iglesia en torno al Papa, formando un colegio, es decir, una unidad que está por encima de las individualidades.

También se trata de un reconocimiento valiente, después de años de dolorosos silencios, donde los empeños del arzobispo de Lima no habían sido justamente retribuidos.

Ahora bien, la campaña de desinformación en torno al cardenal Cipriani ha dado su fruto. Quien escribe estas líneas ha escuchado con frecuencia, de labios de gente sencilla y buena, críticas sin fundamento, fruto de esa estudiada campaña mediática que busca empañar su figura. Así, corren los mitos de que traicionó a los terroristas en la embajada del Japón, por ejemplo, cuando sucede todo lo contrario, siendo él precisamente quien fue utilizado, y en su caso, no fue informado ni consultado sobre el asalto a la embajada. El propio cardenal resultó muy afectado por ese evento, pues realmente se empeñó -porque lo consideraba posible- en alcanzar una solución pacífica, no violenta. Se daba cuenta de que entre los terroristas había personas muy jóvenes, presumiblemente manipuladas y conocía la historia de sus vidas, pues como Buen Pastor había ido en su busca, intentando tocar las puertas de su corazón a la par radical e idealista.

Pero la campaña de desinformaciósn oculta esto. Calla la epopeya de la embajada, silencia su lucha y desvelo por la diócesis de Ayacucho, su primer destino obispal, designado cuando era tierra de nadie, asediada por el terrorismo. Es decir, cuando nadie querría arriesgar su pellejo por ese trozo de tierra, fue destinado ahí, auténtica “rifa del tigre”, sin ninguna necesidad para ello, pues desempeñaba su fecundo ministerio sacerdotal sin aspiraciones obispales en la institución de la Iglesia a la que pertenece. Si uno va al famoso y tendencioso “Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social” no encontrará referencias al cardenal. Ninguna foto testimoniará, como en realidad ocurrió, que en las puertas de su casa con frecuencia aparecían perros ahorcados amenazándolo, no se menciona que estaba en los primeros lugares de la lista de Sendero con personas para eliminar. No se dice que no dormía en la misma habitación por temor a las amenazas, ni que plantó valientemente la cara al terrorismo.

Pero la campaña de desinformación oculta esto. Calla la epopeya de la embajada, silencia su lucha y desvelo por la diócesis de Ayacucho, su primer destino obispal, designado cuando era tierra de nadie, asediada por el terrorismo.

Los medios olvidarán que fue víctima de calumnias ante la Santa Sede por parte del gobierno de un expresidente actualmente buscado por la justicia. A duras penas tendrán que reconocer su desvelo por la unidad del país y el hecho de que es una autoridad moral, y como tal lo han reconocido recientemente los actores políticos del país, que lo han invocado como mediador. Por eso, y por muchas cosas más, el reconocimiento ofrendado por el Congreso es justo, merecido, viene a reparar en algún modo, un silencio tendencioso que se había cernido en torno a su figura.

Con ese reconocimiento se premia también el papel que silenciosa, pero constante y eficazmente, desempeña la Iglesia en el seno de la sociedad, y que algunos histéricos y tendenciosos defensores del supuesto “estado laico”, que en realidad es un eufemismo para promover un estado “confesionalmente ateo”, son incapaces de valorar.

El fruto de la labor de la Iglesia católica en gran parte beneficia a la sociedad civil; por eso, autoridad política y eclesiástica no tienen por qué ser antagónicas. Pueden ambas contribuir a construir un mejor país. El premio otorgado al Cardenal testimonia que así ha sido.