Este día fue una jornada de trabajo “normal”. Digamos que lo que justificó mi viaje a Roma fue un trabajo. Este ya había comenzado el viernes pasado, en la Oficina para las Causas de los Santos del Opus Dei. Hoy comencé a trabajar en el Archivo General de la Prelatura, desarrollando mi labor en otra oficina, con el encargo de escribir la historia del Opus Dei en México.
Según me explicaron, en el Archivo General de la Prelatura (AGP) la experiencia es nueva. Digamos que trabajan ahí los historiadores, de Roma y España, que hasta el momento han redactado la historia de la Obra. Pero ahora se trata de algo nuevo, pues se está invitando a historiadores de América Latina, es decir, externos a la oficina, a trabajar en el AGP. Es una especie de prueba piloto, ya que se tiene la intención de abrir el archivo a investigadores en general para el año 2028, cuando se cumpla el centenario de la fundación del Opus Dei.

Lógicamente, mi jornada fue muy normal. Por la mañana intentando descifrar unos diarios que narran los primeros pasos de la Obra en México, de los años 1948-1949. Por la tarde cambié de estrategia, y mejor le encargué a mi IA (Gemini) que descifrara esos auténticos jeroglíficos (están realizados en letra manuscrita, que ya no me enseñaron a mí en el colegio) y, para mi sorpresa, lo hizo muy bien… aunque sólo al principio, a la hora de estar trabajando comenzó a “alucinar”, de forma que tenía que pedirle tres o cuatro veces que volviera a hacer lo mismo, hasta que lo hacía bien. En fin, la IA no es perfecta y, por ahora, requiere de revisión constante.
Para mi mala suerte el tren urbano que me conduce a la casa está interrumpido por daños en un puente sobre el Tíber, de forma que, para llegar a Roma, a mi lugar de trabajo, ya no llego directo con el tren, sino que debo tomar primero un autobús y luego el tren, lo que hace más lentos los traslados. Pero al final todo suma, es una oportunidad de rozarme con la Italia profunda y escuchar el romanaccio, el dialéctico romano típico.
Lunes, martes y miércoles el trabajo seguiría el mismo esquema. Entraba en el archivo a las 9.30, salía a la 1 pm para ir a comer a casa, regresaba a la oficina para trabajar todavía entre 3 y 6 pm. A esa hora se cerraba el archivo y yo aprovechaba para ir a hacer mi oración junto a los restos de san Josemaría Escrivá en la Iglesia Prelaticia de Santa María de la Paz. Aprovechaba para “visitar” a los difuntos que se encuentran enterrados en la cripta, debajo de la Iglesia: en primer lugar al Beato Álvaro del Portillo, pero también a Monseñor Javier Echevarría, obispo-prelado del Opus Dei, quien fue el que me ordenó sacerdote, a Carmen Escrivá de Balaguer, a quien cariñosamente llamamos “Tía Carmen” en la Obra, y a la Sierva de Dios Dora del Hoyo, primera numeraria auxiliar del Opus Dei, cuyo proceso de canonización ya ha comenzado y, pienso, es muy delicado y, por decirlo de algún modo, “contracultural”, va marcadamente contra corriente. Es un auténtico desafío hagiográfico. Ya espero escribir en otra ocasión por qué lo considero así.

Luego de vuelta a casa en “trenino” y autobús, aprovechado los trayectos a pie para rezar el rosario, y los momentos en tren y autobús para leer el libro que me traje: “La corona de los ángeles” de Gertrud von Le Fort. Me está gustando. Es una buena manera de zambullirse en el inmenso océano de la intimidad femenina. Ya en casa, por la noche -que no es tan noche, pues el sol se mete como a las 8.30 pm-, una buena cena y luego un amable rato de tertulia con los del grupo con el que me estoy quedando, el grupo 4 de Cavabianca, para comentar las incidencias de la jornada. Luego hacemos el examen de conciencia en el oratorio y yo me voy a mi habitación para escribir.
Pasados estos tres días de trabajo en el AGP, cambió el plan de la jornada. Jueves 18 y viernes 19 de junio asistí a un Congreso sobre Historia del Opus Dei en América Latina. La actividad se llevó a cabo en la sede de la Universitá della Santa Croce -donde me doctoré en Filosofía-, en el Palazzo di Sant´Apollinare, un edificio cargado de historia antigua y reciente, que merecería otra entrada en esta página. Las sesiones se tuvieron en el Aula Benedicto XVI, muy bien decorada, aunque con un aire acondicionado insuficiente, visto que llegamos estos días en Roma a los 33 y 35 grados centígrados.

Las ponencias muy interesantes. Las primeras a cargo de personas que trabajan en Istituto Storico San Josemaría Escrivá que daban un marco general de la historia y la archivología de la Obra. Luego comenzaron a exponer, muy brevemente, (15 o 20 minutos), cómo se está haciendo la historia del Opus Dei en sus respectivos países, o cómo han organizado el repositorio de documentos en cada país, o el Archivo de la Prelatura en cada nación. Otras ponencias abordaban directamente los inicios de la labor apostólica de la Obra en su país, o la historia de algunas labores apostólicas en las diferentes regiones. El jueves expusieron chilenos, argentinos, un uruguayo, un paraguayo y un boliviano. El sábado nos tocó el turno a los brasileños, mexicanos (fuimos dos: el que escribe y el doctor Juan de la Borbolla, quien fuera algún tiempo rector de la UP de Guadalajara), guatemaltecos, peruanos, una ecuatoriana y colombianos. Fue una experiencia enriquecedora, porque vimos, de alguna forma, cómo “matan las pulgas en cada región”. Así, por ejemplo, en Chile tienen un muy buen programa para gestionar el archivo histórico de la región; en Guatemala un programa para detectar los rostros de las personas que aparecen en las fotos, y una forma amable y práctica de registrarlo. La sesión de preguntas, después de cada exposición, también se mostró muy enriquecedora.
Pero lo mejor de esos días fue cuando acababan las sesiones. Tenía entonces, poco más de una hora, para callejonear por la Roma medieval y barroca, reviviendo, de algún modo, lo que hice durante los seis años que viví en Roma mientras vivía en el seminario de la Prelatura, Cavabianca, que es donde ahora me estoy alojando. Así, recorrí la Piazza Navona, el Pantheon, la Columna de Marco Aurelio, el Palazzo Chigi, el Palazzo Montecitorio (donde está el parlamento italiano), la Iglesia de San Agustín, donde se encuentran los restos de Santa Mónica en una urna, y tiene un Caravaggio, La Virgen de Loreto. Muy cerca de allí, en San Luis de los Franceses, hay 3 Caravaggios: La vocación de san Mateo, el martirio de san Mateo y San Mateo y el ángel. No todo fueron éxitos en esos paseos. Tres veces intenté entrar en la Iglesia de Santa María en el Popolo, y nunca pude, siembre había ceremonias religiosas; peccato como dicen los italianos. El segundo día el paseo fue más sencillo: tomar “Vía dei Coronari” (un encantador paseo medieval), que desemboca en el Ponte Sant´Angelo. De ahí caminar a San Pedro, para comprar objetos religiosos, y luego tomar metro, trenino y autobús para llegar a casa.
