Por fin apareció la esperada Exhortación Apostólica de León XIV, su primer documento magisterial titulado “Dilexit te” (“Te he amado”), que se encuentra en directa continuidad con la Encíclica “Dilexit nos” (“Nos amó”) de Francisco. En realidad, todo el texto puede verse como una prolongación de la herencia espiritual de Francisco y su preocupación por los pobres en particular, por los marginados y los que sufren en general.

Con marcada diferencia la fuente primordial de las referencias se encuentra en el magisterio de Francisco y León XIV reconoce con sencillez, al principio del documento, que se trataba de un texto preparado por Francisco que él hacía suyo, “añadiendo algunas reflexiones” (n. 3). Si la referencia al magisterio Francisco es primordial, no es exclusiva, pues también cuenta con frecuentes citas de san Juan Pablo II, san Pablo VI, san Juan XXIII, el Concilio Vaticano II y algunas pocas de Benedicto XVI. Es decir, se trata de un documento en plena continuidad con el magisterio precedente.

«Los comedores de patatas» Vincent van Gogh

El grueso del documento puede describirse como un esfuerzo realizado por León XIV para mostrar cómo la preocupación por los pobres es esencial e inseparable de la misión de la Iglesia. Para evidenciarlo realiza un extenso recorrido histórico y documental que corrobora este aserto. La Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento lo manifiesta de modo patente, que no debe ser reinterpretado, diluido o dulcificado con elaboradas exégesis. Es particularmente rico el recorrido que realiza por los Padres de la Iglesia, así como las muchas instituciones que a lo largo de los siglos han florecido en el seno de la Iglesia para ayudar a los pobres, enfermos, ancianos, presos, migrantes, etc.

En ese interesante recorrido me han parecido particularmente relevantes dos observaciones. La primera es que invita no simplemente a preocuparse por los pobres, sino a hacerse uno de ellos, como modo excelente de vivir la vocación cristiana: “Por esta razón, dirijo un sincero agradecimiento a todos los que han escogido vivir entre los pobres; es decir, a aquellos que no van a visitarlos de vez en cuando, sino que viven con ellos y como ellos. Esta es una opción que debe encontrar lugar entre las formas más altas de vida evangélica” (n. 101). O, dicho de otra manera, si es verdad que está bien preocuparse por los pobres, es mucho más elevado convertirse en uno de ellos por amor a Jesucristo.

Pablo Picasso – La tragedia

La segunda idea particularmente poderosa de su texto, consiste en que, en rigor, son los pobres los que nos evangelizan, los que nos humanizan, los que nos hacen mejores cristianos:

    “Si es verdad que los pobres son sostenidos por quienes tienen medios económicos, también se puede afirmar con certeza lo contrario. Esta es una sorprendente experiencia corroborada por la misma tradición cristiana y que se vuelve un verdadero punto de inflexión en nuestra vida personal, cuando caemos en la cuenta de que justamente los pobres son quienes nos evangelizan” (n. 109).

Poco más adelante el texto abunda en la misma idea: “los pobres pueden ser para nosotros como maestros silenciosos, devolviendo nuestro orgullo y arrogancia a una justa humildad” (n. 108). En cualquier caso, la aproximación a la realidad de la pobreza tiene una motivación profundamente espiritual, la contemplación del misterio de Cristo en el pobre y en el que sufre es común a Francisco y a León XIV:

“La realidad es que los pobres para los cristianos no son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo. En efecto, no es suficiente limitarse a enunciar en modo general la doctrina de la encarnación de Dios; para adentrarse en serio en este misterio, en cambio, es necesario especificar que el Señor se hace carne, carne que tiene hambre, que tiene sed, que está enferma, encarcelada” (n. 110).

Kathe Kollwitz, La madre con su hijo muerto

En fin, el documento de León XIV aporta una valiosa fundamentación de la especial relación de la Iglesia en general y de los católicos en particular con los pobres y los que sufren. No podemos mirar a otro lado si queremos ser coherentes con nuestra fe, debemos hacernos cargo de ellos, nos lo pide el mismo Jesucristo a través de la voz de su representante, el Papa.