Después de su éxito editorial, primero con Sapiens y después con Homo Deus, Yuval Noah Harari nos presenta una nueva e interesante entrega: “21 lecciones para el Siglo XXI”[1]. La obra no desmerece la saga por su extraordinaria lucidez, así como la sugestiva forma de abordar las más variadas temáticas. Ahora bien, su novedosa aproximación a la realidad de la humanidad no puede dejar indiferente a nadie –de ahí su genialidad-, pudiendo verse como la más lúcida exposición del pensamiento secularista contemporáneo o, también, como una magistral y ordenada muestra de clichés, lugares comunes y pensamiento políticamente correcto actual. Quizá sea las dos cosas al mismo tiempo, y por ello sobrecoge ya desde sus páginas iniciales, donde relucen los elogios a sus dos obras anteriores, realizados  por muchos de los más importes líderes del mundo: Barack Obama, Bill Gates, Mark Zuckerberg,entre otros.

El presente texto busca ofrecer una rápida mirada crítica a dicha obra, haciendo hincapié en sus presupuestos filosóficos inconfesados, así como en las consecuencias implícitas de lo que afirma. Para ello comenzaremos por señalar las aportaciones que nos parecen más relevantes, después la filosofía implícita de la obra; seguidamente las contradicciones e insuficiencias que nos parece encontrar, y por último el interés de estudiarla.

Aportaciones

Primero, lo positivo. Ya se ha mencionado arriba que Harari ofrece una aproximación novedosa a la realidad del mundo contemporáneo, con sus desafíos y posibilidades; presentación que integra armónicamente los diversos puntos de vista del secularismo contemporáneo, así como del political correctness. La presentación, sin lugar a dudas, es original, de ahí que haya captado, mucho más que otras obras de corte intelectual, la atención del gran público.

Ahora bien, dentro de la temática particularmente interesante que aborda, se encuentran los tres grandes problemas contemporáneos que rebasan la capacidad del estado-nación para ser resueltos. Harari denuncia agudamente la insuficiencia de las estructuras políticas actuales, fundadas sobre la idea de nación y la autoridad de un gobierno para hacerles frente. Concluye señalando la necesidad de crear una autoridad multinacional, con capacidad real y eficaz de decisión, para hacer frente a los problemas globales que superan las fronteras e intereses particulares de la nación o el estado.

¿Cuáles son esos problemas señalados en la obra? El fantasma del armamento nuclear y biológico, la amenaza del colapso ecológico del planeta y, finalmente, el peligro tecnológico de la bioingeniería y la inteligencia artificial. Probablemente este último sea, en síntesis, la principal aportación de Harari en su trilogía (lo aborda en las tres obras), y el que haya despertado la alarma en la opinión pública, señalando, además, su diferencia respecto a los inocentes relatos de ciencia ficción. El peligro de que deje de existir el homo sapiens, por lo menos así como lo conocemos, y el hecho de que puedan producirse inmensas masas de humanos obsoletos e irrelevantes, o que abdiquemos de tomar cualquier decisión prefiriendo que lo haga la IA, no deja de ser a la par sugerente e inquietante.

Además, Harari ofrece un lúcido análisis de la complejidad del fenómeno migratorio, junto con las diversas consecuencias sociales y políticas que implica. Realiza una valiente e interesante autocrítica del laicismo que enarbola, mostrando cómo tanto el laicismo como el ateísmo pueden adquirir formas religiosas: “los movimientos laicos mutan de forma repetida en credos dogmáticos”. En esa línea, como muestra de honradez intelectual, señala los peligros de tomarse demasiado en serio su propia teoría, cuando esta se convierte así en una nueva causa por la cual luchar, dando sentido a la vida de activistas ateos y laicistas: “«Ningún relato» puede convertirse demasiado fácilmente en otro relato” (donde “relato” es sinónimo de religión o ideología que dota de sentido la vida de un grupo humano).

Casi al final de su obra reconoce también los límites de la ciencia actual en un terreno particularmente importante para la solidez de su propuesta, en concreto, en la explicación de la mente, la experiencia subjetiva y, podríamos añadir, la conciencia. Acepta, lisa y llanamente, que la ciencia no ha sido capaz de dar una explicación cabal de la mente a partir del estudio del cerebro: “Muchas personas, incluidos muchos científicos tienden a confundir la mente con el cerebro, pero en realidad son cosas muy diferentes. El cerebro es una red material de neuronas, sinapsis y sustancias bioquímicas. La mente es un flujo de experiencias subjetivas como dolor, placer, ira y amor. Los biólogos suponen que el cerebro produce de alguna manera la mente, y que reacciones bioquímicas en miles de millones de neuronas generan de algún modo experiencias como dolor y amor. Sin embargo, hasta el momento no tenemos ninguna explicación en absoluto de cómo la mente surge del cerebro. ¿Cómo es que cuando miles de millones de neuronas disparan señales eléctricas en un determinado patrón, yo siento dolor, y cuando las disparan siguiendo una pauta diferente, siento amor? No tenemos ni idea”

Filosofía implícita

Harari se muestra, en general, crítico de la filosofía, la cual –según su perspectiva- ha perdido su lugar sobrepujada por la ciencia. Sin embargo, al final del texto, haciendo una remembranza biográfica, reconoce los vacíos que le dejaron sus estudios doctorales, y cómo los palió asistiendo a discusiones filosóficas. Finalmente abordará, como una respuesta vital, un camino sapiencial, a través de la meditación. Es decir, toda su obra –los tres volúmenes- es un canto a la superioridad de la ciencia, pero en las últimas páginas reconoce que eso no le había llenado personalmente; para paliar ese vacío existencial se sirvió de debates filosóficos y, sobre todo, de una técnica meditativa como camino vital.

De todas formas, como sabemos muy bien los filósofos, en realidad es muy difícil abstraerse de la filosofía, por lo menos la implícita. Así, negar la filosofía o su validez es ya una posición filosófica, pues no es resultado de ninguna investigación científica. Ni siquiera existe una observación pura, independiente de cualquier contexto racional de referencia. Harari, obviamente, no es la excepción y, le guste o no, tiene una filosofía inconfesada que se colige de las afirmaciones publicadas en sus libros.

Resumidamente, podemos decir que es epicúreo, utilitarista y nihilista, con una gran deuda a toda la tradición filosófica del proceso, cuyo origen es Heráclito y su culmen Hegel. Es marcadamente epicúreo porque para él la muerte no es problema, lo es solo la vida. Así resuelve el pensador griego el problema de la muerte, negándolo: Sólo podemos resolver problemas mientras estamos vivos, la muerte no es un problema, pues no lo estamos. Mejor no pensar en ella y concentrarse en la vida. Ya Heidegger, con particular clarividencia, evidenció como ese es el mejor camino hacia una existencia inauténtica o, mejor aún, nihilista.

Es epicúreo y utilitarista, pues para él sólo somos un conjunto inconexo de sensaciones. Debemos entonces seguir el principio de maximizar el placer y minimizar el dolor. Harari hace un particular hincapié en huir del dolor y del sufrimiento. En la línea de la iluminación budista, afirma que lo único real o por lo menos, lo más real, es el dolor. Este dolor tiene mucho que ver con la mente, y para hacerle frente recomienda la meditación Vipassana como disciplina mental. Esa será la verdad, o por lo menos su verdad, lo que a él le ha servido. 

En la línea de Heráclito y la filosofía del proceso, negará la realidad de la sustancia y de la esencia. No hay nada fijo, estable; lo único real, tanto a nivel metafísico como existencial y social es el cambio, el movimiento. El siguiente paso es negar la identidad personal, la existencia del “yo”, que sería una ficción necesaria para dar coherencia a un relato falso, la historia de nuestra vida. Para tal fin se servirá de la neurociencia: “Al final nos damos cuenta de que nuestra identidad fundamental es una ilusión compleja creada por redes neurales”. Curiosamente la neurociencia vendrá a “confirmar” –siempre según su particular interpretación- la milenaria intuición budista.

Estira lo más posible una serie de datos científicos para obtener las más radicales y crudas conclusiones filosóficas y existenciales: “una vez que nos demos cuenta de que «¡Vaya!, estos pensamientos no soy yo; solo son unas vibraciones bioquímicas», entonces también nos daremos cuenta de que no tenemos ni idea de quién (o qué) somos”. No sólo nuestro yo es ficticio, en realidad no sabemos nada sobre nosotros mismos. La conciencia de esta realidad, no se sabe muy bien por qué, resultará clave para el hombre del siglo XXI: “Escapar de la reducida definición del yo podría muy bien convertirse en una habilidad de supervivencia necesaria en el siglo XXI”.

Para Harari esta ignorancia fundamental, este desenmascaramiento de una creencia infundada, resultará medular en su pensamiento: “Un paso fundamental en este viaje es reconocer que el «yo» es un relato ficticio que los mecanismos intrincados de nuestra mente construyen”. Obviamente de ello se sigue, por ejemplo, que la dignidad humana es un mito, los derechos humanos, una simple ficción, eso sí, muy útil, pero no real, no verdadera. “Aunque no es cierto que los humanos posean un derecho natural a la vida o a la libertad, la fe en este relato refrenó el poder de regímenes autoritarios, protegió de daños a las minorías y amparó a millones de personas de las peores consecuencias de la pobreza y la violencia”. Pero, lo clave es que no es real, lo “real” es que no sabemos quiénes o qué somos, lo real es el nihilismo.

Podría entonces decirse que la suma de su pensamiento es: Heráclito más Epicuro, más Stuart Mill da como resultado una versión postmoderna de Nietzsche, edulcorada con cierta dosis de budismo. Es decir, su epicureísmo y utilitarismo deviene en nihilismo: “El universo no tiene sentido, y los sentimientos humanos tampoco tienen sentido alguno. No son parte de un gran relato cósmico: son solo vibraciones efímeras que aparecen y desaparecen sin propósito concreto. Esta es la verdad. Piénsalo, lector”.

 Harari termina por ser un acendrado nihilista de matriz budista: “Según Buda la vida no tiene sentido, y la gente no necesita crear ningún sentido. Solo tiene que darse cuenta de que no existe sentido, y así se librará del sufrimiento”. No en vano, san Juan Pablo II señaló agudamente, que el budismo es una religión atea, por ello emparenta muy bien con el ateísmo desesperado de occidente. Para la desesperación fruto del ateísmo nihilista, el occidente postcristiano ofrece el budismo como medicina. Pero no pasa de ser una terapia que pospone el problema del sentido negándolo, una terapia para poder aceptar existencialmente la ausencia del sentido. Como terapia está bien, como respuesta no, pues niega la validez de la pregunta, enseñándonos un método para no pensar en ella. Pero que no pensemos en ella no elimina su validez, no quita su realidad e importancia, y que su respuesta comprometa nuestra vida y las decisiones existenciales que tomemos. La meditación sería entonces una forma de huida o de postergar la cuestión, una terapia existencial para afrontar la crudeza de la nada. Así piensa y vive Harari: niega la problemática del sentido, asume el vacío y recurre a la meditación Vipassana para afrontar esa desesperada visión de la realidad, el vértigo de la nada. Filosofía y vida se emparejan en este autor, al mejor estilo socrático y cínico.

Contradicciones internas

Harari señala cómo las personas mantienen simultáneamente relatos incoherentes, para paliar así los límites propios de cada relato. Por ejemplo, los fundamentalistas islámicos organizan matanzas para vengar las muertes de sus correligionarios, que han sido asesinados por “occidente”. Pero simultáneamente reconocen que esos correligionarios son mártires y se han ganado el cielo. ¿No deberían entonces estar agradecidos con occidente?

Puede ser, obviamente habría que hacer muchos matices. Pero, en cualquier caso, él también lo hace. Por un lado, afirma que no hay nada como el yo, la identidad, el sujeto. No somos los verdaderos protagonistas, lo son determinados y complejísimos intercambios neuronales en el cerebro. Muy bien, pero al mismo tiempo nos preocupa el futuro, qué enseñar a nuestros hijos y cómo hacer para que la tecnología no nos desplace o destruya o agudice las brechas entre los hombres. Es decir, aborda las problemáticas alternativamente, como si fuéramos libres y como si estuviéramos determinados irremisiblemente por procesos impersonales, o simplemente, como si nuestro yo fuera una ilusión. Los problemas los plantea como si fuéramos libres, tuviéramos una identidad, un “yo” y una historia, pero teóricamente niega que ello exista.

Una consecuencia de esta contradicción, u otra forma de manifestar su incoherencia interna, es su manera de resolver el trinomio entre mente-cerebro-cientificismo. Sólo somos tormentas neuronales, intercambios electroquímicos en el cerebro, de forma que no existe el “yo”. Pero conocemos poco del cerebro, y el cerebro no es la mente, y no sabemos cómo interaccionan. Sin embargo, según Harari, de lo único que podemos estar seguros es de que no existe nada como el espíritu o el alma; postulado que no demuestra, simplemente dice que no existe evidencia científica de ello, pero también que la ciencia está perpleja respecto a cómo interactúan mente y cerebro. No se le ocurre pensar, por ejemplo, en la posibilidad de que exista otra vía legítima de acceso a la realidad del alma, diversa de la investigación científica, como puede ser la filosófica, que llevó a pensadores de la envergadura de Platón, Aristóteles o Descartes a aceptar su existencia.

Sin embargo, para comprender la mente, Harari elige la meditación “Vipassana”. Por primera vez –después de miles de páginas- abandona el dogma cientificista y explica que la ciencia no ha sido capaz de explicar la mente, pero las tradiciones sapienciales sí. Obviamente, se preocupa mucho en señalar que la meditación no es necesariamente religiosa, aunque se haya cultivado en el seno de diversas tradiciones religiosas. Explica la meditación como una práctica que no exige aceptar ninguno de los grandes relatos religiosos, se trata, simplemente, de un ejercicio útil. Pero, en cualquier caso, ayuda más que la ciencia para comprender la mente. De hecho, señala que gracias a ella puede levantarse cada día, trabajar y sonreírle a la vida. No queda claro, sin embargo, cómo ese ejercicio le da un motivo para sonreír y no sumirse en la desesperación, como cabría esperarse de los miles de páginas precedentes de su obra. Quizá, más que entenderlo, habría que experimentarlo, como sugiere insistentemente al final de su libro.

Otra contradicción interna de la obra, de particular relevancia, es su Intento de elaborar una ética con base “científica”, en este caso, de carácter biológico-evolutivo. Pero, al hacerlo, omite la perspectiva filosófica gratuita de la que parte: lo bueno es el placer, lo único malo es el dolor o, mejor aún, el sufrimiento (no hay evidencia científica de ello, pues es una aseveración filosófica). Es decir, niega teóricamente la utilidad de la filosofía, pero implícitamente se sirve de ella para delimitar el terreno de juego y señalar lo que es ético y lo que no lo es. Como ya señalaron pensadores científicos de relevancia, poco sospechosos de simpatizar con la religión o la filosofía, como son Stephen J. Gould o el primer Richard Dawkins, la ciencia no puede decirnos nada acerca del sentido de la vida, o cómo debemos comportarnos. La evolución por su parte “tiene sus garras manchadas de sangre”, es decir, es cruel; si acaso puede servir de “fundamentación científica” del racismo y la eugenesia, como efectivamente ha sucedido. Lo que no está muy claro es la moralidad de tales doctrinas.

También omite el hecho de que la evolución es cruel no sólo para el hombre, sino también para las diversas especies vivas, pues se basa en la supervivencia del más fuerte; sencillamente, el pez grande se come al chico. Ignora las frecuentes pautas de comportamiento crueles que existen en el mundo animal, no sólo entre especies diversas, sino dentro de la misma especie. Algunas de ellas constituyen una mala estrategia evolutiva para la especie, por lo que paulatinamente la orillan a la extinción, sin que intervenga el hombre en ello.

Resulta curioso observar cómo Harari parte, como si fuera evidente, de que el comportamiento ético tiene una explicación puramente biológica. Serían conductas que se han ido adaptando evolutivamente, comunes a los demás mamíferos: “La idea de que necesitamos un ser sobrenatural que nos haga actuar moralmente implica que hay algo no natural en lo moral. Pero ¿por qué? La moral de algún tipo es natural. Todos los mamíferos sociales, desde los chimpancés a las ratas, poseen códigos éticos”.

                La ética depende entonces de la evolución y la biología, no de la religión. Nuevamente simplifica y cae en los tópicos usuales para explicar la relación entre ética y religión, sirviéndose de clichés, caricaturas o simplificaciones: “La moral no significa «seguir los mandatos divinos». Significa «reducir el sufrimiento»”. La religión no nos enseñará a ser éticos, pero no debemos preocuparnos, el pensamiento secular está ahí para salvarnos y enseñarnos la verdad: “La ética laica se basa no en la obediencia de los edictos de este o aquel dios, sino en una profunda comprensión del sufrimiento”. Resulta muy audaz la afirmación de Harari, o por lo menos arriesga mucho en el sentido de que apuesta por una profunda ignorancia en el lector. ¿Qué institución ha hecho y hace actualmente más por las personas que sufren?, ¿cuál doctrina desde el principio ha manifestado preocupación por los pobres, los enfermos, los abandonados?, ¿cuál doctrina pone el acento en la misericordia y la caridad? El cristianismo. Si ha habido alguna religión que ha buscado el contacto directo con quienes sufren y darle un sentido al dolor, es el cristianismo. Pero ahora resulta que es el laicismo. No en balde la “Cruz Roja” es “Cruz”. Después, cuando Harari haga un listado de los “valores seculares”, todos ellos se predican, practican y viven en el cristianismo, muchos siglos antes de que surgiera el laicismo. Parece a todas luces una oportunista apropiación injusta de méritos ajenos.

Así, si no puede ser la religión, deberá ser la ciencia quien fundamente la ética, lo que tampoco está muy claro o no es una consecuencia necesaria. Harari lo explica así: “La gran pregunta a la que se enfrentan los seres humanos no es: «¿Cuál es el sentido de la vida?», sino: «¿Cómo podemos librarnos del sufrimiento»?” La ciencia nos ayuda a superarlo. “Esta es la razón profunda de por qué las personas laicas aprecian la verdad científica: no con el fin de satisfacer su curiosidad, sino para saber cuál es la mejor manera de reducir el sufrimiento en el mundo. Sin la guía de los estudios científicos, nuestra comprensión suele ser ciega”. Nuevamente aflora una inconsistencia en el planteamiento de Harari: producimos la ciencia, en el fondo, porque nos ayuda a eliminar el sufrimiento. Pero él, finalmente mira al budismo y a la meditación como la mejor forma de eliminarlo, es decir, la ciencia fracasa en su empeño por eliminar el sufrimiento y ser así una legítima guía moral para el hombre.

Harari supone que la base ética de la religión es que las cosas son malas porque “las prohíbe Dios” y son buenas porque “las manda Dios”. Ello muestra su escaso interés por enterarse exactamente qué afirma la religión en materia moral y sus fundamentos o, mejor aún, su esfuerzo por hacer una elección selectiva de las fuentes religiosas que le permiten caricaturizar la religión, ignorando las que no le sirven para ese fin. En la vertiente católica le bastaría mirar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Encíclica Veritatis Splendor, el entero magisterio de Benedicto XVI, así como el documento “En busca de una ética universal: una nueva mirada sobre la ley natural”, para darse cuenta de que no es así. Pero, en ese caso, su irónica crítica quedaría sin objetivo; prefiere entonces servirse de la falacia del “hombre de paja”, es decir, la de fabricarse un antagonista a la medida de sus necesidades. Aclarando un poco la postura cristiana, no sobra decir que las cosas no son malas porque las prohíba Dios, sino que las prohíbe porque son malas, lo que es muy diferente.

Insuficiencias

Una insuficiencia grave de Harari, es tomar como postulados, es decir, verdades no cuestionables, puntos de partida dudosos o controversiales, o simplemente complejos, los cuales se simplifican para que puedan embonar adecuadamente en su propio esquema racional. Ese sería el secreto de la solidez de su construcción intelectual y al mismo tiempo su punto flaco. Solidez porque, al tratarse de simplificaciones y abstracciones, es más fácil hacerlas concurrir para que embonen en un todo armónico. Flaqueza porque, finalmente, se trata de una simplificación de la realidad o una reducción de la misma, es decir, una abstracción irreal y, en definitiva, falsa.

Entre ellas se podría señalar un punto de partida gratuito, que da por verdad evidente e incuestionable, el postulado de que la ciencia es el único modo legítimo de acercarnos a la realidad (excepto al final, donde cede paso a la meditación Vipassana). Ese postulado no es resultado de ningún descubrimiento científico, de forma que se contradice en su sola enunciación, pero a lo largo de la trilogía lo da felizmente por supuesto, defendiéndolo con aguda ironía.

De ahí se desprenden otros postulados, comunes en su pensamiento. La idea de que las religiones, las naciones, los derechos humanos son ficciones útiles, es decir, no son reales, ni verdaderos, pero sirven para conseguir que los sapiens colaboren entre sí, para dominar de esa forma la naturaleza y desarrollarse mucho más que cualquier otra especie de mamíferos.

Lógicamente, si el único caño por el que puedo acceder a la realidad es la ciencia, debo dar por descontado que no existe el alma espiritual, la cual viene a ser nuevamente un mito. Cualquier realidad que no comparezca ante el microscopio no puede existir, y no es más que una historia contada para explicar, de modo alternativo e insuficiente, fenómenos que la ciencia explicará mucho mejor. No importa que, como él mismo reconoce, no se comprenda satisfactoriamente la interacción entre mente y cerebro, lo único de lo que podemos estar seguros es de que no existe nada como el alma espiritual.

Hace un uso frecuente de la falacia del hombre de paja, es decir, fabricarse un antagonista a la medida de sus necesidades: crítica a la religión simplificándola: “Cuando mil personas creen durante un mes algún cuento inventado, esto es una noticia falsa. Cuando mil millones de personas lo creen durante mil años, es una religión”. Toda una batería de lugares comunes y tópicos sobre la religión aparecen magistralmente articulados en su obra. Su crítica se caracteriza por ser ironía fina, que termina siendo demoledora refutación de todo fenómeno religioso, sirviéndose selectivamente de información sobre las religiones, convenientemente ordenada para desprestigiarlas, omitiendo sistemáticamente aquella relevante, que pudiera otorgarles carta de legitimidad. Las considera como formas primitivas de responder a las mismas preguntas que aclara la ciencia, lo que constituye un equívoco epistemológico grave. Ya Galileo señaló, por ejemplo, que “la Biblia no nos dice cómo es el cielo –lo que compete a la ciencia- sino cómo llegar al cielo” –misión de la religión-. Alternativamente maneja, a conveniencia del propio esquema, el hecho de que las religiones son muy diferentes entre sí, o que son lo mismo: relatos inventados para conseguir la cohesión social y política.

Por ejemplo, equipara, contra toda fundamentación seria, a la Inquisición con los sacrificios humanos perpetrados por los aztecas. Una y otra vez se sirve de la Inquisición y las Cruzadas, sin hacer ningún esfuerzo por contextualizarlas. Eso sí, magistralmente exime al ateísmo de toda la responsabilidad en los crímenes del genocidio estalinista. Stalin no era un auténtico ateo, por eso los cometió. La misma “estrategia” que critica en las religiones la utiliza para exonerar de toda responsabilidad al pensamiento secular, al tiempo que infla desproporcionadamente los “crímenes” cometidos en “el nombre de Dios”, silenciando las aportaciones que “en el nombre de Dios” se han hecho a la civilización.  Los números, el método y la crueldad no resisten comparación entre los crímenes de las Cruzadas o la Inquisición, con los realizados por los aztecas, Lenin o Stalin. Sobra decir que la Iglesia ya pidió perdón por esos crímenes, mientras que nadie los ha pedido por los aztecas, la revolución francesa o el comunismo, y que el último ajusticiado de la Inquisición peruana, por ejemplo, es de 1736, mientras que los sistemas marxistas cobran vidas hoy en día, a la vuelta de la esquina, en Venezuela y Nicaragua.

Olvida que fue en América, precisamente, donde nace el derecho internacional o derecho de gentes y la consideración de los indígenas como hijos de Dios. La protección especial que gozaron por parte de los reyes de España y el no estar sujetos a la Inquisición por ser neófitos. Por eso no fueron esclavizados, etcétera. Es decir, olvida aquello que no sirve para justificar su esquema prefabricado y exagera aquello que lo corrobora. Este solo hecho desmiente epistemológicamente todo su pretendido ensamblaje científico, pues no sigue las reglas propias de la investigación científica y su proceso de falsación sino, por el contrario, sigue el esquema propio de las ideologías que o maquillan la realidad, o le dan la espalda, para que siempre salgan a flote los propios postulados prefabricados, que deben imponerse, dogmáticamente, aún a costa de la realidad.

Advierte también, como postulado, mejor aún, casi como un consejo paterno, sobre los “peligros” de las categorías antropológicas que orientarían racionalmente hacia la religión. “Sea el lector especialmente prudente a propósito de las cuatro palabras siguientes: sacrificio, eternidad, pureza, redención”.  Cercena así, por considerarlas ridículas, la aspiración del hombre a la eternidad, su ideal de pureza, o la necesidad de redención que experimenta por su naturaleza caída; todas ellas categorías antropológicas reales que nos inclinan a mirar a Dios y a la religión. En este sentido, Harari es particularmente sutil, insidioso y corrosivo a la hora de afrontar el fenómeno religioso. No puede considerarse entonces la suya como una opinión imparcial, sino sumamente sesgada, radical e inteligente.

Su uso de la ignorancia selectiva es bastante generalizado, para justificar su esquema y su crítica a la religión. Explica, por ejemplo, que el ocaso de la religión fue subsanado por el humanismo, olvidando que todos los intelectuales humanistas eran profundamente cristianos. Equipara los fenómenos religiosos, como si fueran relatos igualmente falsos todos y todos hubieran hecho las mismas nulas aportaciones. Su único valor estribaría en haber hecho posible la cooperación entre multitud de sapiens. Pero no todas las tradiciones religiosas han hecho las mismas aportaciones a la humanidad. Si acaso, para él, las religiones más nocivas y violentas son las monoteístas, olvidando que ya los filósofos griegos, Sócrates, Platón y Aristóteles apuntaban en dirección al monoteísmo; es decir, se trata de una verdad de razón antes que religiosa. Omite así el hecho de que la noción de persona, la idea lineal de la historia y de la libertad, la noción de dignidad humana y los derechos humanos deben mucho a la visión cristiana de la vida. La ciencia, la sociedad liberal y la misma ilustración nacieron en una cultura cristiana. Al homologarlas con otras tradiciones religiosas, culpándolas de la violencia, no solo las descalifica por igual, sino les otorga un peor papel, y se apropia injustamente de las legítimas aportaciones de la cristiandad a la sociedad. Olvida, por ejemplo, el hecho de que prácticamente todos los grandes científicos fueron cristianos por lo menos hasta mediados del siglo XIX.

Interés

La obra de Harari se muestra en extremo útil para comprender la visión secularista laicista del mundo. Para alguien que ha sido formado en una tradición religiosa o que, sin ser religioso, la ve con ojos positivos, no deja de ser interesante contar con una exposición clara de las razones y los motivos de los laicistas. La trilogía de Harari constituye, tal vez, la expresión más completa y lúcida de esta perspectiva humana, y por ello tiene un gran valor.

A su vez, el conocer las razones y los motivos de los laicistas, nos sirve a los demás para descubrir los puntos que tenemos en común, útiles para entablar un diálogo constructivo, en beneficio de la sociedad. Es decir, nos ayuda también a despojarnos de clichés o estereotipos, y descubrir que son personas buenas, como nosotros, que en general buscan hacer de este mundo un lugar mejor, pero de un modo diferente al nuestro, o entendiendo por “mejor” cosas distintas de las que nosotros –los creyentes- consideraríamos “mejores”; personas con las que, en cualquier caso, se puede dialogar.

Alguien podría objetar que no siempre son “buenas personas”. En realidad, nadie lo somos siempre. Pero son personas normales, como nosotros, con una visión diferente del mundo y del modo de hacer frente a los problemas, o que tienen prioridades distintas a las nuestras. Pero sería una caricatura considerarlos “monstruos” y un terrible error pensar que son fanáticos irracionales. Por lo menos Harari no lo es, o no parece serlo.

Otros podrían objetar que, de hecho, se apropia de los valores cristianos, a los que rebautiza con el nombre de laicistas, o por lo menos los desvincula de cualquier fuente religiosa. Lo mismo sucede con la doctrina de los derechos humanos, cultivados en su origen exclusivamente por pensadores cristianos como Francisco de Vitoria o Hugo Grocio, e incluso, más recientemente, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que como es sabido,  debe mucho a Jacques Maritain, pensador cristiano. “De la misma manera que algunas creencias religiosas han beneficiado a la humanidad, también lo han hecho algunos dogmas laicos. Esto es sobre todo cierto en la doctrina de los derechos humanos”.

 Ello podría ser verdad, de hecho, parece un plagio histórico, pero también es un punto en común. Podemos verlo como un agravio o como una oportunidad, pues nos permite descubrir intereses comunes: como la educación, o también hacer un hondo examen de conciencia, para reconocer la parte de culpa que tenemos en que se haya usado el nombre de Dios para legitimar la violencia y poner los medios para que no vuelva a suceder. No sobra decir que Harari calla todo lo que la Iglesia Católica ha hecho en esa línea desde san Juan XXIII hasta Francisco, y que la suele meter en el mismo saco con los fundamentalistas islámicos, con la diferencia de que los “crímenes cristianos” que señala una y otra vez –Inquisición y cruzadas- se cometieron hace, por lo menos, tres siglos, si no ocho en el caso de las Cruzadas, mientras que los de los fundamentalistas islámicos son contemporáneos.

De hecho, como no podría ser de otra forma, recomienda la educación, ofreciendo interesantes claves para la correcta educación en el siglo XXI: “¿Qué tendríamos que enseñar?… en las escuelas deberían dedicarse a enseñar «las cuatro ces»: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad”. De hecho, desde una perspectiva cristiana, perfectamente podríamos aceptar esas “4 Ces”, con la diferencia, quizá, de que el “pensamiento crítico”, no lo dirigiríamos exclusivamente hacia el fenómeno religioso, como sugiere Harari, sino también hacia el fundamentalismo cientificista, como el de Harari. No quedarían impunes de un conveniente examen crítico pensamientos como el suyo; de hecho, de eso se trata el presente texto. 

21 lecciones para el siglo XXI ofrece también pistas interesantes, sobre los saberes y habilidades realmente relevantes para el aprendizaje. “¿Cómo vivir en un mundo donde la incertidumbre profunda no es un error, sino una característica?… necesitaremos muchísima flexibilidad mental y grandes reservas de equilibrio emocional”. Es decir, la enseñanza debe hacer frente al desafío tecnológico y sus vertiginosos cambios. Advierte frente a la ingenuidad de pensar que sólo es necesario adquirir determinadas técnicas: “La tecnología no es mala. Si sabes lo que quieres hacer en la vida, tal vez te ayude a obtenerlo. Pero si no lo sabes, a la tecnología le será facilísimo moldear tus objetivos por ti y tomar el control de tu vida”. El problema es que no da ninguna pista para descubrir o determinar qué sería lo que debo buscar en la vida, de hecho, si fuéramos coherentes con sus premisas, sería imposible saberlo, porque ignoramos qué o quiénes somos, pero sí sabemos que la existencia carece de sentido. En fin, su advertencia es útil, aunque en el conjunto de la obra adolezca de incoherencia.

En esa línea, nuevamente, Harari ignora todo lo que la civilización le debe a la religión judeocristiana y a la Escritura en el ámbito educativo y de difusión de la cultura: las universidades, la imprenta, la ciencia nacieron en un contexto cristiano. Las primeras obras en difundirse masivamente gracias a la imprenta fueron fundamentalmente biblias.  Fue en la tradición protestante donde el pueblo aprendió a leer gracias a su deseo de conocer la Biblia. El desvelo de la Iglesia por la educación no es solo una realidad del pasado, sino del presente, pues se encarga de hacerla llegar a los lugares más remotos y pobres, donde muchas veces la presencia del estado es nula.

Harari, sin embargo, aunque es deudor de la más genuina tradición secular-atea británica, la encarnada en autores como Bertrand Russell o Richard Dawkins, no tiene la actitud fanática y beligerante este último, por lo menos en su trilogía. Es verdad que, en los agradecimientos de Homo Deus incluye uno “a Yigal Borochovsky, quien me convenció de no pasarme con Dios”. En cualquier caso, si su crítica a la religión no tiene nada de visceral ni fanática, es ciertamente tendenciosa, pero comprensible y racional. Podemos decir que su contexto es claramente postcristiano y se regodea en este hecho, de forma que trata al cristianismo no como a un enemigo, sino como algo ya superado, propio solo de gente primitiva e ignorante, pero marginal en la sociedad. No tiene entonces el carácter proselitista ni fundamentalista característico de algunos autores ateos, como Dawkins, mencionado más arriba. Para Harari, si alguien quiere ser religioso, bien por él, con tal de que no afecte la convivencia social.

El conjunto de su obra es claramente disolvente del fenómeno religioso, ofrece una ácida y vigorosa crítica desde su esquema preconcebido de pensamiento; pero si es irónico, no es irrespetuoso, ni agresivo, ni descaradamente proselitista del ateísmo. Quizá la única referencia realmente incómoda para los católicos, aunque finalmente posible e interesante, sea la comparación del “Hocus pocus” (“abracadabra” de los anglosajones), con el “hoc es Corpus” de la fórmula latina de consagración eucarística, anterior al Vaticano II. Si bien la expresión puede venir de ahí, la forma desvergonzada con la que se refiere a una realidad sagrada para los creyentes es molesta.

Sí adolece, en cambio, de una orgullosa actitud oracular: todos habíamos estado equivocados hasta qué él vino a quitarnos la venda y mostrarnos la verdad.  “Cualquier relato es erróneo, simplemente por ser un relato”. Es decir,todos los relatos que a lo largo de la historia de la humanidad –religiosos, políticos, filosóficos- han dado sentido a la vida humana son falsos, por ser relatos, excepto, obviamente, el suyo, por ser de él. Resulta, por lo menos, sospechoso de orgullo, un pensamiento demasiado pagado de sí mismo, un pensamiento oracular.

Sin embargo, a pesar de sus frecuentes enunciados oraculares, que nos quitan la venda de los ojos mostrándonos la verdad, no se le puede negar que su trilogía en conjunto y particularmente las 21 lecciones sobre el siglo XXI, constituyen una síntesis magistral de los tópicos culturales del pensamiento políticamente correcto. Esto explica su éxito, su sesgo y su límite. Aborda desenfadadamente la sexualidad desde una filosofía que exalta a un tiempo el placer y la libertad. Otro de sus puntos de particular interés es la ecología, tema con el que sintoniza admirablemente con el espíritu del tiempo. Cae, sin embargo, en el ecologismo, en el sentido de que para exaltar a la naturaleza abaja al hombre, que no viene a ser sino un mamífero más del mundo, predador además del resto de especies.

Su postura antropológica es a la vez reductiva y consistente con sus principios ecológicos. Para él el hombre no es sino un conjunto caótico de sensaciones, luego no lo distingue de los demás animales. Lo auténticamente real, aquello de lo que no podemos dudar, es del sufrimiento, pero los animales también sufren. Extiende el término “holocausto” que se predica primordialmente de la tragedia sufrida por su pueblo judío, al sufrimiento que infringimos a los animales para satisfacer nuestras necesidades alimenticias. Extiende los derechos a los animales y propone ser veganos como la única salida ética posible. Nuevamente es un ejemplo de cómo su filosofía no es mera teoría, sino una forma de vida al mejor estilo socrático o cínico. Al ecologismo, muy de moda, podemos unir el pacifismo y el budismo, despojado de su dimensión religiosa. Es decir, es un collage bastante completo del espíritu de este tiempo, del pensamiento políticamente correcto. No extraña entonces la multitud de recomendaciones de su obra, así como el fabuloso éxito cosechado: le dice a la gente lo que quiere oír, le da una fundamentación racional y una estructura a las intuiciones y sentimientos de muchas personas, sobre todo jóvenes. Por ello resulta imprescindible conocerlo, pero es preciso mirarlo con sentido crítico, si no quiere uno abdicar de su propia reflexión para dejarse seducir por los clichés de moda.

Finalmente, la trilogía de Harari en general y su última obra en particular, constituyen una elocuente muestra concreta de lo que sucede cuando prescindo de Dios. Dice que Dios no es necesario para justificar la ética humana. Ok, pero ¿cuál es la consecuencia?: La dignidad humana no existe. Es una ficción. Tampoco los derechos humanos. Tampoco el “yo”, ni la “identidad personal”. No sabemos qué es la conciencia, ni la mente, ni cómo se relacionan con el cerebro. De lo único que estamos seguros es de que no hay alma, ni espiritualidad. También sabemos con certeza que existe el dolor. Pero no existe otra vida. De manera que cuando el dolor es inevitable, nuestra vida pierde valor. La vida no tiene sentido ni valor objetivo. No hay sentido. No hay que pensar en la muerte. No tenemos respuestas. La única motivación para evitar hacer sufrir innecesariamente al prójimo es que, por lo menos a la larga, no me conviene a mí. De hecho, no encuentra un claro motivo para empeñarse por el bien del prójimo: “Aunque tiene sus méritos, la gran cadena de la bondad es un poco como la gran cadena de las tortugas: no es en absoluto evidente de dónde proviene su sentido”. Exigencia, de otra parte, que está implícita en el cristianismo.

                Es curioso su intento de mantener una ética negando la libertad, o matizándola hasta el punto de hacerla irreconocible. “Si por «libre albedrío» entendemos la libertad para hacer lo que deseamos, entonces sí, los humanos tenemos libre albedrío. Pero si por «libre albedrio» entendemos la libertad para escoger qué desear…, entonces no, los humanos no tenemos libre albedrío”. Aquí cabría cierto margen de maniobra, pero más adelante explica: “¿Por qué unapersona aspira a ser más religiosa mientras que otra está muy feliz de seguir siendo atea? Esto puede ser el resultado de un número cualquiera de disposiciones culturales y genéticas, pero nunca del «libre albedrío»”.En el fondo, ello invalidaría toda su obra. Si pensamos cualquier cosa, es por predisposiciones genéticas, evolutivas, ambientales. ¿Qué sentido tiene entonces enseñar? ¿Qué significa un comportamiento ético donde no hay libertad y todo es fruto del condicionamiento, por lo menos todo lo relevante?

Harari, como el resto del pensamiento moderno que se emancipa de Dios, afirma primero la libertad del hombre, para luego negar que realmente exista, sobrepujada por condicionamientos familiares, sociales, culturales, psicológicos y neuronales. La libertad viene a ser así una ficción creada por el pensamiento liberal, pero nada más. Mis decisiones son fruto de condicionamientos inconscientes; desde neuronales a evolutivos, desde culturales y familiares, a comportamientos heredados de la prehistoria. ¿Qué ética cabe ahí? ¿Tiene sentido la ética si no hay libertad, identidad, ni “yo”, si no hay continuidad de nada?

Resumiendo: No hay Dios ni alma inmortal. No es necesario Dios para la ética. Pero, eso sí, el hombre es equivalente a un mamífero, no es libre ni responsable de sus actos, no existen los derechos humanos ni la libertad. Me parece la mejor muestra indirecta de que es necesaria la idea de Dios para salvaguardar la dignidad humana, la ética y la libertad del hombre. Corrobora tácitamente lo que agudamente señala el Concilio Vaticano II: “Sin el Creador, la criatura se diluye”.


[1] Las referencias al libro se toman de: HARARI, Yuval Noah, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, 2018. Uso la versión de eBook.