¿Jesús resucitó?: pregunta Alexandra Granda, alumna de Derecho

Me extraña la pregunta. Obvio que sí. San Pablo es muy claro: “si Jesús no hubiera resucitado, vana es nuestra fe, seguimos en nuestros pecados” (Cfr. 1 Corintios 15, 14). Esta idea de la resurrección, primero de Jesús, pero prometida para todos los hombres al final de los tiempos, desconcertaba desde el inicio de la predicación cristiana. No puede suponerse que es fruto de creencias primitivas, pues ya les repugnaba a los hombres de hace dos mil años. Una prueba de ello nos la transmiten los “Hechos de los Apóstoles”, libro de la Biblia colocado justo después de los evangelios, donde se nos narra como San Pablo fue escuchado con agrado en Atenas hasta que mencionó lo de la resurrección; a partir de ese momento se burlaron de él y dejaron de escucharle (Cfr. Hechos 17, 3).

A lo largo de la historia se ha repetido con frecuencia la tentación racionalista de explicar el hecho de la resurrección en clave “espiritual”, “metafórica”, o “mítica”.

A lo largo de la historia se ha repetido con frecuencia la tentación racionalista de explicar el hecho de la resurrección en clave “espiritual”, “metafórica”, o “mítica”. En resumen, existe una dificultad para aceptar esta realidad, porque de eso se trata, hasta el punto de que algunos han llegado negarla. Lo triste es que con frecuencia la niegan desde la fe, es decir, exponen la fe sin aceptar la resurrección en sentido real, fuerte, lo que supone cercenar el punto de apoyo de la fe misma, lo que implica de hecho una profesión de falta de fe. Pero el testimonio unánime de los Padres de la Iglesia (los santos de los primeros siglos, más cercanos al evento de Cristo), es coherente: la tumba vacía y el hecho de que los apóstoles hayan dado su vida por confesar esta verdad.

Hay pruebas indirectas de la verdad de la resurrección. Es un hecho histórico que Jesús murió en la Cruz. La reacción inmediata de los apóstoles y que los evangelios no se preocupan en ocultar o disimular pudorosamente, es consistente con el abatimiento producido por un suceso así. La extracción cultural de los apóstoles les hacía sencillamente incapaces de inventar un mito tal como la resurrección para seguir en la boca de todos y continuar la aventura. Los evangelios nos transmiten entonces un relato fidedigno de su falta de fe inicial en la resurrección. Lo que ocurre después, sin embargo, solo es coherente con el hecho real de la resurrección: que personas sencillas del campo se hayan lanzado audazmente a predicar por todo el mundo, que hayan dado su vida por confesar esa verdad padeciendo horrendas muertes, y que al final del siglo I hubiera cristianos en todo el mundo conocido, a pesar de ser una doctrina disonante con la opinión generalizada y a pesar de las persecuciones, primero de los judíos y más tarde y más cruentas de los romanos, sólo se explica si Jesucristo verdaderamente es Dios, siendo la resurrección la única prueba definitiva de ello. Si Jesús no resucita, sería simplemente otro condenado a crucifixión, de los miles que había por entonces, y por supuesto nadie le hubiera seguido ni propagado su doctrina, ni muerto por confesar que en verdad resucitó.

¿De dónde proviene la dificultad de aceptar el hecho de la resurrección? De la postura racionalista, que parte de negar la realidad sobrenatural

¿De dónde proviene la dificultad de aceptar el hecho de la resurrección? De la comprensible tentación racionalista, que por principio niega que pueda existir nada sobrenatural, y cuando se lo encuentra, busca algún sucedáneo como explicación. Simplemente no puede aceptar nada que no sea natural.

¿La resurrección es un hecho histórico como los demás? La dificultad de la resurrección estriba allí precisamente, pues es un hecho que trasciende la historia. Es “metahistórico”, inaugura, por así decir, la “escatología” o estado que tendremos al final de los tiempos. En efecto, Cristo resucitado, “primicia de los muertos”, nos muestra cómo será nuestra humanidad resucitada al final de los tiempos. Pero abundar en este tema nos introduce en honduras teológicas que escapan la finalidad del escrito.