Ayer tuve la fortuna de poder realizar una hermosa caminata de cinco horas por el bosque. Como no conseguí acompañante estuve completamente solo, pensando. Y al hacerlo “se me calentó la cabeza”, pues di lugar a “consideraciones impías”, a dudas de fe. En realidad, eran “dudas de moral”, que derivaban en dudas de fe.

Me explico. Estaba pensando en un buen amigo mío, que después de 20 años de matrimonio su mujer se separó de él. Lleva cuatro años intentando recuperar su matrimonio roto sin éxito. En eso aparece en su vida una chica joven, quince años menor que él, completamente enamorada de él. Él experimenta la dolorosa y difícil batalla de ser fiel a su matrimonio roto, al renunciar a la felicidad humana que le promete una segunda relación.

Aristóteles

Tradicionalmente se afirma que el fin de la ética es la felicidad. O que la pregunta por la ética es la pregunta por la felicidad. Es decir, quiero tener una conducta ética, una conducta moral, porque quiero ser feliz. La felicidad es el objetivo que persigo al actuar moralmente bien. Así se plantea la cuestión, por lo menos desde la Ética Nicomáquea de Aristóteles: “¿Cuál es el bien a que tiende la ciencia política, y que será, por tanto, el más excelso de todos los bienes en el orden de la acción humana?… la mayoría de los espíritus selectos llaman a ese bien la felicidad, y suponen que es lo mismo vivir bien y obrar bien que ser feliz”.

Mi duda derivó en un doble camino: ¿debe prevalecer el ideal de conducta frente a la felicidad humana? Y, derivado de ello, ¿cuál es la idea de Dios que subyace en ese supuesto? Es decir, ¿Dios quiere que sea fiel a la norma, al ideal incluso a costa de mi felicidad humana? ¿Son más importantes la heroicidad y la fidelidad que la felicidad? ¿Qué idea de Dios está implícita en estos supuestos? Es decir, por un lado, afirmo que Dios es un Padre amoroso, que quiere la felicidad de sus hijos, pero cuando la felicidad de sus hijos es diferente de la ley que Él ha establecido, entonces debe prevalecer la fidelidad a esa ley sobre la felicidad de sus hijos.

Los derroteros de esta colisión me condujeron a otros “terrenos pantanosos”: mi idea personal de Dios (un Padre que quiere ver felices a sus hijos), contrastaba con las normas de la Iglesia. Es decir, se sugería en mi interior una falsa disyuntiva: aceptar a un Padre amoroso que quiere la felicidad de sus hijos o aceptar la doctrina moral de la Iglesia Católica. Sabía, al planteármelo, que para muchos autores católicos se trataría de una “falsa disyuntiva”. El camino católico, se ha dicho con razón, no es el de “aut, aut”, sino el del “et, et”. No “esto o lo otro”, sino “esto y lo otro”. Pero ¿cómo conciliar en la historia real de las personas esta idea de que, lo que realmente los va a hacer felices es cumplir la dolorosa voluntad divina? De alguna manera comenzaba a comprender la lógica y el atractivo del relativismo moral frente a la “moral dura” de la Iglesia Católica.

Ícono Trinidad. Ruvlev, 1422-1427.

De algún modo mi idea de Dios choca con la moral de la Iglesia. Ahora bien, esa moral de la Iglesia, en este rubro preciso del matrimonio, deriva directamente de las enseñanzas de Jesucristo. Basta ver los textos de Mateo 19, 3-9 y Marcos 10, 2-12. “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre… quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El punto al que había llegado era muy delicado: mi idea de Dios (Padre amoroso, bueno, comprensivo, misericordioso) no coincidía con las enseñanzas claras de Jesucristo, siendo así que para mí Jesús es Dios. ¿Mi idea de Dios es incompatible con el Dios de Jesucristo?

De algún modo, en algunos casos, que luego en la vida práctica no son pocos sino muy frecuentes, hay una colisión, real o aparente, entre la felicidad humana y el ideal divino. Hay que elegir entre ser felices en esta tierra o ser fieles a un ideal, a unos principios. Pero, ¿la moral existe para hacernos felices o para que encarnemos un ideal heroico? El ideal es posible, valga la redundancia, en condiciones ideales, por ejemplo, que la mujer de mi amigo continuara siendo fiel a su compromiso matrimonial. Pero cuando las cosas no son como deberían de ser, ¿sigue siendo vinculante el ideal? ¿Por qué puede querer Dios nuestra infelicidad en esta vida? ¿Qué gana Él con que seamos infelices a costa de vivir a rajatabla unas normas prestablecidas por Él mismo? ¿Las normas son un fin o son solo un medio?

El caso de mi amigo, por cierto, no es un caso aislado o infrecuente. Actualmente tengo tres amigos muy cercanos en situaciones similares. A parte de ello se encuentra la experiencia, frecuentemente constatada, de segundos matrimonios que son felices y han conseguido formar una bonita familia. Casualmente, dos parejas muy amigas mías, son segundos matrimonios -obviamente civiles, no eclesiásticos-, y son personas de bien, honradas, buenos trabajadores y ciudadanos, que aportan a la sociedad y creen en Dios. No practican, de modo que no tienen la “tentación” de acercarse a comulgar. Me pregunto, ¿los rechazará Dios por no seguir “sus reglas del juego”?

El tema de fondo es muy profundo. ¿Qué idea tengo de Dios? Dios es un Padre amoroso que quiere a sus hijos, y por tanto quiere que sean felices, de alguna forma le agrada o le hace feliz el que nosotros seamos felices. O, por el contrario, Dios lo que quiere es que sigamos unas reglas determinadas -la moral- aún a costa de hacernos amargo nuestro caminar en la tierra.

Desde una perspectiva ortodoxa este planteamiento está viciado. Siempre se buscará, según esta perspectiva, defender el valor de la ley, de la norma, de la moral, argumentando, por ejemplo, que solamente así seremos realmente felices. Que el pecado no puede producir felicidad, o que es una falacia de falsa disyuntiva, de modo que Dios quiere, al mismo tiempo, que seamos felices y que vivamos la moral.

Pero la vía de la experiencia desmiente esta perspectiva: muchas personas son relativamente felices gracias, en gran medida, a que se distancian de la norma moral y viceversa: hay muchas personas -también las conozco- que son infelices y se sienten desgraciadas, pero se mantienen firmes en la norma moral, esperando, con frecuencia, la retribución definitiva en la otra vida, en la vida eterna. Para ellas es más valioso el ideal que la felicidad, la heroicidad se coloca por encima de la felicidad personal. Es como si Dios nos dijera: “sé infeliz en esta vida, si quieres entrar en la vida eterna, que es la auténtica vida”.

Virgen de Lourdes, 1858

Curiosamente, si Dios no lo ha dicho expresamente así, sí lo ha dicho así la Virgen María a Santa Bernadette Soubirous, en su tercera aparición en Lourdes, el 18 de febrero de 1858: “no prometo hacerte feliz en esta vida, sino en la otra”. Esta visión contrasta con la doctrina de San Josemaría Escrivá, quien afirma: “Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra” (Forja, 1005).

Así con estas ideas en la cabeza, que me amargaban el corazón, pues cuestionaban mi visión de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia -de la que soy ministro-, llegó el Domingo de Ramos, y con él la lectura de la Sagrada Pasión (es el único domingo en el año en que se lee la Pasión de Jesús). De alguna manera entendí que esta ceremonia litúrgica era la respuesta a mi interrogante: La Cruz, la “ciencia de la Cruz”, “la lógica de la Cruz”, el “camino real de la Cruz”. Entendí que la respuesta a la aporía que se me planteaba, es una lógica sobrenatural, diferente de la humana. Humanamente nos puede parecer ilógico, sin sentido, absurdo y hasta cruel, el hecho de que Dios prefiera que vivamos la norma moral a costa de ser infelices.  Pero, de alguna manera no es así, la “lógica divina” es una forma de racionalidad superior, diferente, un misterio. En cualquier caso, para el cristiano, el modelo es Jesús, y Jesús está en la Cruz. A quien más ama Jesús es a su madre, a la Virgen, y tampoco a ella le perdonó el trago amargo de la Cruz. Ciertamente la Cruz no es la última palabra, sino la Resurrección, pero esta se verificará para nosotros solo al haber entrado en una forma de vida diferente, la propia de la escatología.

De alguna forma son los santos -y todos estamos llamados a serlo- aquellos que integran, en una síntesis vital auténtica, la realidad simultánea del sufrimiento humano y la alegría sobrenatural. Me sirve de ejemplo san Josemaría Escrivá, quien sufrió mucho los últimos años de su vida, de forma que sus lagrimas eran frecuentes, abundantes y, sin embargo, nunca se consideró infeliz, y no se cambiaría por nadie en el mundo. La Cruz es el misterio que nos permite aunar, simultáneamente, el dolor y la felicidad. Al mismo tiempo, es la manifestación tangible de que hemos interiorizado el sentido sobrenatural de nuestra existencia humana de hijos de Dios.

San Josemaría Escrivá de Balaguer