Pregunta Mario (doctor en Psicología)
Me gustó mucho [tu artículo] y te agradezco que lo compartieras (ver la entrada anterior: “El plan de Dios y la libertad humana” https://teologiaparamillennials.com/2026/02/07/el-plan-de-dios-y-la-libertad-humana/ ). El ejemplo de Waze me pareció ingenioso y certero. También me pareció muy importante el mensaje de que Dios da o quita no en la medida de lo que queremos, sino de lo que necesitamos, incluyendo las oportunidades y la cruz. Pero tengo una pregunta sobre el tema de las cosas de Dios y la paz. Me parece que en ocasiones experimentamos ansiedad por nuestros pensamientos de anticipación o de incompetencia, o por la incertidumbre o una predisposición ansiosa, incluso nuestro Señor experimentó mucha angustia en el Getsemaní a pesar de que lo que venía para él era el plan de Dios. ¿Consideras que siempre viene con paz el plan de Dios o puede venir con angustia o ansiedad en algunas ocasiones?
Responde Mario (doctor en Filosofía)
Muy interesante tu observación Tocayo. De hecho, al redactar el artículo, caí en la cuenta de que, extraordinariamente, también Dios puede quitarnos la paz. Por ejemplo, cuando hacemos algo mal y la conciencia nos lo reclama, no dejándonos tranquilos, la conciencia en esos casos es la voz de Dios en nuestro interior. Otro caso frecuente es cuando una persona se encuentra de frente al dilema de su vocación. Cuando es una vocación a una entrega especial, que exige realizar unas renuncias personales, se puede perder la paz, la cual no se recupera y con creces, hasta que le decimos a Dios que sí, entonces el identificarnos con su voluntad nos trae una inmensa paz. Pienso que los ejemplos que mencionas constituyen, de alguna manera, patologías psicológicas. Es decir, Dios no quiere que perdamos la paz por un trastorno de ansiedad, o por pensar excesivamente las cosas, o por tener una visión negativa o pesimista de la vida. En todo caso, Dios puede permitirlo y ello, de alguna forma, pasa a ser «la cruz de nuestros defectos». Es decir, puedo encontrar a Dios incluso cuando estoy padeciendo ansiedad, la congoja o la inquietud internas. Digamos que, si eso es lo que experimento, pues eso se lo tengo que ofrecer a Dios. Pero Dios también quiere que ponga los medios para superarlo o por lo menos controlarlo, con una buena terapia psicológica, por ejemplo.

Este último extremo me parece interesante: a veces queremos dar soluciones ascéticas o espirituales a problemas clínicos o psicológicos. Dios cuenta con las causas segundas: a veces necesitamos tomar una pastilla para quitar la ansiedad o dormir bien, y eso forma parte de la providencia ordinaria de Dios. Es decir, Dios nos cuida también a través de los médicos, los psiquiatras o los psicólogos. En ocasiones la respuesta no está tanto en rezar o en la oración, sino en una buena terapia, un buen diagnóstico, un tratamiento oportuno. Digamos que Dios escucha nuestras oraciones en esos casos a través de esos medios ordinarios. Cuando un tema escapa del ámbito del acompañamiento espiritual, debe derivarse con el profesional competente.

Un tema diferente, en cambio, es el que mencionas de la oración del Huerto de Jesús. Digamos que este evento de la vida de Jesús deja muy clara su naturaleza humana y, de alguna forma misteriosa, como el amable forcejeo entre la voluntad humana y la voluntad divina de Jesús. Cuando Jesús está pasando por ese proceso doloroso toma la actitud correcta: orar. Y en la oración encuentra la determinación de enfrentar libremente el plan de Dios, eso es claro en el Evangelio, cuando afirma: «Levantaos, vamos, ya viene el que me va a entregar» (Mateo 26, 46). Digamos que Jesús perdió por unos momentos la paz interior y para recuperarla hizo oración. Es decir, Dios Padre le ayudó a recuperar la paz interior. Eso quiere decir, entre otras cosas, que Jesús es hombre, y puede experimentar, como experimentó de hecho, miedo, angustia y tristeza. El camino que siguió para superarlos fue el de la oración. Digamos que Dios le dio la paz que necesitaba para hacer frente al desafío de su misión. También nosotros, en los momentos difíciles de nuestra vida, podemos seguir su ejemplo y, poniéndonos en la presencia de Dios, hacer oración.
