Pregunta Joaquín: ¿Cómo podemos conocer el plan de Dios? ¿Cómo diferenciar cuando es Dios quien está detrás de las cosas? y ¿cómo entra en juego la libertad que tenemos nosotros de elegir? ¿Plan de Dios y libre albedrío no chocan entre sí? ¿No hay conflicto entre nuestro libre albedrío y el plan de Dios? Nosotros tenemos libre albedrío y Dios lo respeta mucho, pero afirmar que las cosas pasan porque Dios las quiere… suena un poco “destinista” o determinista, es decir, contrario a la libertad.

Respuesta:

Hay que partir del hecho de que nuestra libertad es real, nos la dio Dios y sería absurdo que Dios nos diera un don y luego nos lo quitara. Efectivamente, no somos marionetas, no somos títeres en las manos de Dios.

La cuestión se maneja en dos tableros, en dos planos diferentes. Uno es el plano histórico, humano, terrenal, donde contamos con nuestra libertad. En ese sentido, tenemos que ejercerla cada día, tomando decisiones que orientan nuestra vida, no hay otro camino. En otro nivel se mueve el plan de Dios, por el cual Él va dirigiendo toda la realidad, nuestras vidas incluidas, hacia su plenitud. Pero Dios dirige las cosas respetando la naturaleza que Él les dio. Dios nos dirige hacia nuestro fin, nuestra plenitud, nuestra salvación, sin quitarnos la libertad y por tanto la necesidad de elegir. El horizonte de Dios es el plano de la eternidad, diferente, pero complementario, de la dimensión temporal en la que ejercemos nuestra libertad.

La dificultad estriba en que nosotros somos seres temporales, históricos, con mucha dificultad nos movemos en el plano de Dios. Me sirve un ejemplo para plantear este problema: Dios nos destina a la vida eterna, a la santidad, y para ese destino nos va marcando la ruta más directa. Es como el Waze; pero nosotros, a veces, haciendo un uso equivocado o imperfecto de nuestra libertad, no tomamos el camino que Dios nos indica. Pero cualquiera que sea la dirección que tomemos, Dios siempre vuelve a redirigir el plan hacia la plenitud, hacia la santidad, hacia la meta original. Siempre, mientras hay vida, hay posibilidad de arrepentirse y tomar la dirección correcta.

Dios a lo largo de nuestra vida nos va presentando diversas oportunidades que, si las aprovechamos, nos abren un camino nuevo, una oportunidad nueva, un filón nuevo, un lugar donde sentimos que damos más fruto y nuestra vida es más plena, más fecunda. Con frecuencia Dios nos va dando oportunidades, que son como las jugadas de fútbol, es como un pase que o rematas o lo dejas pasar; así sucede con los caminos que Dios nos ofrece en la vida: se toman o se dejan pasar, no hay “repetición instantánea”, nuestra libertad va en serio, no podemos renunciar a ella.

A veces Dios nos va dando como pistas, como regalos: “mira esta cosa buena la he preparado para ti”. El tema es ¿cómo se discierne esto?, ¿cómo nos damos cuenta de que Dios está detrás de lo que nos sucede? Esto se suele discernir sobre todo a través de la oración, de la meditación sobre las cosas que nos pasan en la vida, las oportunidades o los proyectos a los que nos invitan. Normalmente, cuando algo es de Dios eso nos da paz. Lo que nos quita la paz no viene de Dios. Lo que viene de Dios nos ayuda a mejorar, a crecer, a dar la mejor versión de nosotros mismos.

Pero el plan de Dios no es una imposición. Por el contrario, es como un pase a gol y uno lo puede aprovechar o desaprovecharlo; son oportunidades que Dios nos presenta en la vida y puedes tomarlas o dejarlas pasar. Si las dejas pasar “no pasa nada” en un doble sentido: por un lado, sigue intacta y abierta la ruta original hacia la santidad. Por otro lado, “no pasan las cosas que Dios quería que sucediesen”; en ese aspecto, también “no pasa nada de lo bueno que Dios había querido”. No pasa nada, en el sentido de que nuestra llamada a la santidad permanece intacta; pero no pasan tampoco aquellas cosas buenas que Dios quería que sucedieran otorgándonos ese don, dándonos esa oportunidad. Quizá un lugar o una oportunidad o una situación en la que podías hacer mucho bien la dejaste ir. Por eso es importante hacer oración e intentar ser dóciles a lo que Dios nos pide; si le vamos diciendo a Dios que sí en lo que nos pide cada día, normalmente cosas pequeñas y sencillas, es más fácil que le digamos que sí en lo que nos pide para toda la vida.

Boy Praying in Church

Pregunta:

Es difícil no pensar en la fe en algo así como: “pídeme y se te dará”. ¿Cuáles son las cosas por las cuales puede uno pedirle a Dios con fe? Por ejemplo, ¿yo le puedo pedir a Dios que me vaya bien en mi trabajo? Eso es algo humano. Lo que yo le puedo pedir a Dios es que me de las virtudes que me hacen bueno en mi trabajo y me convierten en mejor persona. Es decir, Dios te dará disciplina, virtudes, etc. De la misma forma con las cosas del día a día. La fe pareciera que es como la receta donde “pide y se te dará”, pero ¿qué cosas son las que se le pueden pedir a Dios? Pienso que son las cosas que finalmente te conducen a Dios. Por ejemplo, ganarse la lotería es algo que todo mundo quiere, pero no por pedirlo con fe Dios te lo va a dar.

Respuesta:

En primer lugar, siempre se puede pedir a Dios «auméntame la fe»; de hecho, eso hacen algunos personajes del Evangelio, cuya fe es débil: “auméntanos la fe” (Lucas 17, 5-6), “creo Señor, pero ayuda mi incredulidad” (Marcos 9, 24). Quizá ese sea el primer paso: pedir la fe sobrenatural. Pero podemos pedirle a Dios cualquier cosa buena, es decir, únicamente no podemos pedirle pecados. Aunque sean cosas humanas, pues finalmente no somos sino humildes seres humanos, podemos pedirle un mejor empleo, un aumento de sueldo, conseguir el dinero necesario para pagar la educación de los hijos, por supuesto la salud. Dios nos concede estas cosas en la medida en que sean convenientes para nuestra salvación, o lo mejor para nuestra santidad, que es la meta última de nuestra vida, el sentido de nuestra existencia.

Cristo cargando la Cruz. El Greco

Pero hacer oración y pedir no es garantía de que todo nos va a salir bien. En el plan de Dios también está la cruz, la experiencia del dolor, del sufrimiento, y eso, si lo llevamos bien, nos purifica, nos hace más sobrenaturales y nos ayuda a poner nuestro corazón fundamentalmente en Dios, que es el verdadero fin de nuestra vida. Seguir a Jesús de cerca implica participar de su cruz. Luchar por llevarla como Él la llevó nos asemeja interiormente a Él. Con la oración podemos pedirle ayuda a Dios para que nos fortalezca en esos periodos de prueba. Nuestra fe sale robustecida de esos momentos difíciles, donde a pesar de las dificultades y contradicciones, mantenemos firme nuestra confianza en Dios. En la oración podemos pedirle que nos ayude a comprender mejor cómo Él puede sacar de realidades, que a primera vista son malas para nosotros, un bien mayor. Es decir, que nos brinde el convencimiento íntimo y profundo de que valió la pena compartir sobre nuestros hombros el peso de la cruz de Jesús.