La forma personal que tenemos de vivir la fe incluye una determinada antropología implícita, es decir, una particular concepción de lo que es el cuerpo, el alma y la vida. Vamos a hacer un rápido repaso de algunas vivencias espirituales católicas, intentando dilucidar la concepción del ser humano que tienen de fondo.

En el Misal Romano se incluyen algunas oraciones de preparación para la santa Misa y de acción de gracias. Dentro de las oraciones previstas para dar gracias se encuentra una, de san Buenaventura (1217-1274), conocido también como el “Doctor seráfico”, contemporáneo de santo Tomás de Aquino (1224-1274). En esta oración se dice:

“… a fin de que mi alma desfallezca y se derrita siempre solo en amarte y en deseo de poseerte: que por ti suspire, y desfallezca por hallarse en los atrios de tu casa; anhele ser desligada del cuerpo para unirse contigo”.

San Buenaventura

Claramente se trata de una oración muy emotiva, que expresa auténticos efluvios místicos de amor hacia Jesús Eucaristía. Pero también expresa, sin embargo, una determinada concepción de la persona humana. Según la plegaria de san Buenaventura, lo importante del ser humano es su alma, la cual anhela desligarse del cuerpo para poder unirse a Dios. Esta perspectiva es característica del pensamiento neoplatónico, del cual Buenaventura es deudor.

Esta posición obvia el hecho de que, de alguna forma, el alma separada del cuerpo no es plenamente feliz porque le falta algo, verbigracia, su propio cuerpo. Es decir, en realidad, pese a lo que piense san Buenaventura, no somos almas encerradas en un cuerpo mortal. Somos personas, con cuerpo y alma, ambos son co-principios de una realidad sustancial: la persona humana. De alguna forma a nuestra alma, cuando esté en el Cielo, aunque esté gozando plenamente de la Gloria de Dios, le faltará algo: su propio cuerpo. Para que la felicidad del ser humano sea completa, se necesita que el premio alcance tanto al alma, como al cuerpo, y eso -con excepción de la Virgen María-, solo sucederá al final de los tiempos, con la resurrección de la carne.

Sin embargo, la perspectiva platónica, el dualismo alma y cuerpo, donde lo esencial es el alma, siendo el cuerpo una especie de peso que frena nuestro deseo de elevarnos a Dios, goza de una honda tradición eclesial. Sirva, por ejemplo, el siguiente texto de san Pablo

“Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger… Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; más, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros” (Filipenses 1, 20-24).

San Pablo en Basílica de San Pablo Extramuros

En la misma línea se posiciona santa Teresa de Jesús (1515-1582), con sus memorables coplas: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. En ellas, nuevamente, se pone el acento en que lo importante es la vida venidera y el alma.

Transverberación de santa Teresa, Bernini

Ciertamente estos planteamientos nos abocan a un problema teológico no sencillo: la escatología intermedia. ¿Qué sucede con los justos -santos- entre su muerte y el final de los tiempos? Para el pensamiento protestante, por ejemplo, los seres humanos fallecidos experimentan un profundo letargo y no despiertan sino al toque de la trompeta apocalíptica, al final de los tiempos. La perspectiva católica es diferente: los santos ya gozan de Dios en su espíritu, e incluso intervienen de alguna forma en la historia de la salvación intercediendo por sus hermanos los hombres, pero, de alguna forma, están incompletos, pues les falta su cuerpo, que forma parte de ellos y que también merece y espera un premio que sólo llegará con el Juicio Final.

Esta línea de subrayar la prioridad del alma sobre el cuerpo se agudiza, si cabe, en una estrofa de otra de las oraciones de acción de gracias para después de la Misa contenida en el Misal Romano. Se trata de la “Oración Universal”, atribuida al Papa Clemente XI (1649-1721). En ella se contiene una estrofa un tanto desconcertante:

“Concédeme, Dios de bondad, amor a ti, odio a mí, celo por el prójimo y desprecio a lo mundano”.

Clemente XI. Estatua en Urbino, Italia

Curiosamente, también este texto goza de una genealogía bíblica. En efecto, en el Evangelio de san Lucas, capítulo 14, versículo 26, encontramos la siguiente afirmación del “odio cristiano”:

“Si alguno viene a donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

Otras traducciones suavizan la expresión “odiar” traduciéndola mejor como “aborrecer”. En cualquier caso, no deja de ser una expresión fuerte, que puede servir de fundamento escriturístico de la expresión “odio a mí” de la “Oración Universal”.

Esta línea de pensamiento católico puede denominarse “espiritualista”, y hunde sus raíces en el platonismo y neoplatonismo. Otra de las corrientes en las que el catolicismo ha abrevado para expresar y desarrollar su doctrina es el estoicismo. Desde muy pronto hubo un maridaje entre el pensamiento cristiano y la filosofía de la virtud, primero en su vertiente estoica, más tarde en la aristotélica, cuando, finalmente, Aristóteles fue “bautizado” en la Edad Media por san Alberto Magno (1200-1280) y santo Tomás de Aquino.

San Ignacio de Loyola. Iglesia del Gesú, Roma

En la línea del “estoicismo cristiano” se encontraría, por ejemplo, la doctrina de la santa indiferencia de San Ignacio de Loyola (1491-1556). Esta expresión designa una disposición interior de libertad espiritual y desapego, no desinterés, que busca exclusivamente la voluntad de Dios. Consiste en no preferir salud sobre enfermedad, riqueza sobre pobreza, u honor sobre deshonor, eligiendo únicamente aquello que conduce al fin para el que uno ha sido creado: la gloria de Dios.

La santa indiferencia de san Ignacio guarda un estrecho paralelismo con la ataraxia estoica. La doctrina ignaciana produce una gran libertad interior, hecha posible gracias a la capacidad de desprenderse de las cosas creadas, para no apegarse a ellas, usándolas solo si nos acercan a Dios. Aunque, bien mirado, no solo se refiere a las cosas, también es un desprendimiento de las personas, a las que se quiere en la medida en que ese cariño nos orienta hacia Dios, es decir, como medios, no como fines.

De todas formas, la santa indiferencia ignaciana no se identifica con la impasibilidad, no es ausencia de dolor o de emociones -como podría ser otro camino espiritual semejante, el del budismo-, sino que supone confiar en Dios en el sufrimiento, sabiendo que el dolor bien llevado nos une más a Él. El objetivo de la santa indiferencia frente a los bienes creados es identificarnos plenamente con la voluntad de Dios. “Este concepto, desarrollado en la primera semana de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, ayuda a superar apegos y a encontrar paz al vivir con la convicción de que Dios es lo único necesario”. 

El paralelismo con la ataraxia estoica es muy marcado: “La ataraxia estoica es un estado de serenidad y paz mental profunda, libre de perturbaciones y emociones negativas como el miedo, la ansiedad o el enfado, alcanzado a través de la práctica de la virtud y la aceptación serena de lo que no podemos controlar. No significa apatía, sino un equilibrio interior logrado al enfocarse en las propias acciones y pensamientos, respondiendo a los eventos externos con imperturbabilidad y actuar sabiamente”.

La antropología cristiana puede ver, en algunos contextos, al cuerpo humano como un fardo, como un peso que nos dificulta elevar nuestra perspectiva, mirar a Dios y subir. El cuerpo, con sus inclinaciones y tendencias desordenadas, fruto del pecado original y de nuestras propias culpas, nos tira para abajo. Eso es expresión de que el mismo cuerpo necesita ser redimido. Lo expresa de un modo muy vivo y gráfico san Pablo:

“Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no solo ella; también nosotros que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Romanos 8, 23-24).

Quizá, el texto de san Pablo que refleja con más viveza la idea de que el cuerpo es un fardo que nos tira para abajo, se encuentra un capítulo antes, en Romanos 7:

“Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, más yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí… advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? (Romanos 7, 14-24).

Esta perspectiva cuajó en la historia de la espiritualidad católica en la práctica de la mortificación y penitencia corporal: ayunos, uso del cilicio y de las disciplinas. A lo largo de la historia muchos santos se han servido de estas prácticas, para tener dominado al cuerpo, de forma que le de gloria a Dios, como forma de expiar por nuestros pecados y los de los demás, así como un camino para identificarnos con Cristo paciente en la Cruz, uniendo nuestro sufrimiento al suyo, ofreciéndolo por la salvación de las almas, en el más propio sentido paulino: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1, 24).

Quizá el “campeón de la mortificación cristiana” sea san Pedro de Alcántara (1499-1562), de quien santa Teresa de Jesús decía que parecía “hecho de raíces de árboles”, debido a las generosas mortificaciones que realizaba. Pues bien, este santo se le apareció después de muerto a santa Teresa, y le aseguró que la penitencia extrema que había vivido a lo largo de su vida había valido la pena: “¡Dichosa penitencia, que tanto mérito me mereció!”

San Pedo de Alcántara en la Basílica de san Pedro, Roma

La mortificación y la penitencia representan una parte importante del misterio cristiano. No es sencillo racionalizarlas; digamos que reflejan una lógica sobrenatural: la “ciencia de la Cruz”, que choca frontalmente con consideraciones puramente humanas o naturalistas. Muchas veces no es fácil de entender. Por ejemplo, la Virgen, cuando se ha aparecido en Lourdes y en Fátima, pidió a los videntes que hicieran generosas penitencias pidiendo por los pobres pecadores, cosa que ellos hicieron con gran generosidad. Pero la Virgen se los pidió a pesar de que ellos eran niños inocentes, lo cual refleja una lógica diferente de nuestros razonamientos, cuando están excesivamente pegados a la tierra.

En esta línea un buen amigo sacerdote, misionero en el Perú, me comentaba que él le tenía mucha devoción a san Martín de Porres, porque era muy humilde y servicial, pero que consideraba a santa Rosa de Lima como una neurótica, debido a las excesivas penitencias que realizaba. Y, ciertamente, es desconcertante la vida de penitencia de esta santa, buena para admirar, pero imposible de imitar. Digamos que Dios, en su sabiduría, ha querido llamar a algunas almas por ese camino, de forma que su vida sirva como expiación por los pecados del mundo.

Penitencias de Santa Rosa de Lima

Por último, otro de los extremos, a veces desconcertantes, de la espiritualidad católica, es el que se expresa en algunas de las vocaciones más “extremas” en el seno de la Iglesia. Me refiero, en concreto, a dos caminos: los ermitaños y los cartujos. Conversando con el arzobispo emérito de Tarragona, me comentaba que en su diócesis había varios ermitaños. Personas que vivían en soledad en torno a ermitas perdidas en el bosque, en medio de la montaña, que evitaban sistemáticamente el trato con las personas. Sólo cuando alguien iba a rezar a la ermita, rezaban con esa persona, pero al terminar rápidamente se iban, evitando toda conversación. Su única conversación es con Dios en la oración.

Choca esta vocación cristiana con la dimensión social del ser humano, descrita con clarividencia desde la época de Aristóteles. Parece, a todas luces, algo antinatural, no humano. En realidad, no es exactamente así, cabe mejor llamarlo sobrenatural. Es la proclamación, por la vía práctica, de que Dios puede colmar plenamente el corazón humano. Además, la separación del mundo de los eremitas no es por desinterés, sino para interceder por el mundo ante Dios desde afuera de ese mundo. El mundo le importa a los eremitas, quienes rezan incansablemente por él.

Esta dimensión sobrenatural de la vida del ermitaño -que evita la sociabilidad natural del ser humano- es análoga a la dimensión sobrenatural del celibato. Desde una óptica cristiana el celibato es “por el reino de los cielos”, es decir, tiene un motivo sobrenatural: mostrar cómo Jesús puede llenar el corazón humano y encauzar su afectividad. No es una negación de la afectividad, sino una sublimación de la misma. Desde una óptica mundana, pegada al suelo, esta práctica -el celibato- es antinatural, pues en la misma Biblia dice: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne” (Génesis 2, 24). Lo natural, indudablemente, es el matrimonio entre hombre y mujer -lamentablemente ahora hay que explicarlo-, pero el celibato, más que antinatural, es sobrenatural, y solo desde esa perspectiva se puede vivir.

San Bruno en Basílica de san Pedro, Roma

Por último, en nuestro recorrido por las implicaciones antropológicas de las propuestas espirituales del catolicismo, nos encontramos con la orden religiosa más exigente dentro de la Iglesia: los cartujos, fundados por san Bruno (1030-1101). En cierta forma, cuando entras en esta orden, mueres para el mundo, y comienzas a vivir exclusivamente para la vida eterna. Es una vida de oración y de silencio. Los monjes hablan muy poco entre sí, solamente se dedican al culto divino: la práctica de la liturgia de las horas a lo largo del día y la santa Misa. El resto del tiempo guardan silencio, a excepción de algunos días de fiesta. Es una vida de penitencia, silencio, oración y frugalidad. De alguna manera, implícitamente, la cartuja niega el valor de esta vida, para valorar exclusivamente a la vida eterna. No es fácil tener la fortaleza psíquica y física para poder ser cartujo, e indudablemente solo puede perseverar en esta orden quien tenga vocación. Sin embargo, el mensaje que estas vidas transmiten a la Iglesia es muy valioso y fuerte: no poner el corazón en las realidades perecederas, sino solo en Dios y en la vida eterna.