Recientemente ha sido noticia un comentario de León XIV criticando al movimiento pro-vida en Estados Unidos. Según el Pontífice, no es auténtico pro-vida quien está a favor de la pena de muerte o está de acuerdo con el trato inhumano hacia los migrantes. Obviamente la posición del Papa es catequética: busca formar la conciencia de los católicos norteamericanos, y de las personas en general. Es decir, un católico, en principio, debería secundar el “paquete completo” de la posición católica: estar a favor de la vida, no sólo de los niños por nacer, sino de todos los seres humanos. Y también oponerse al trato inhumano hacia los migrantes y hacia cualquier persona en general.
Desde agosto 2018, cuando el Papa Francisco modificó el Catecismo de la Iglesia Católica prohibiendo absolutamente la pena de muerte, es incompatible defenderla y ser un católico coherente. En línea de principio, los católicos y las personas de buena voluntad deberían oponerse a su aplicación. La Doctrina Social de la Iglesia y gran parte del magisterio del Papa Francisco han abogado por los derechos de los migrantes, invitando a acogerlos y a brindarles apoyo y trato humano. No sería coherentemente católica una postura que no los respetara y apoyara.

Es decir, oponerse a la pena de muerte y defender el derecho de los migrantes a recibir un trato humano es, por descontado, la posición acorde a la doctrina católica. No busco poner esto en cuestión. Lo que sí quisiera señalar es que se trata de tres fenómenos muy diferentes: aborto, pena de muerte y trato a migrantes, como diría el argot popular “se cuecen aparte” o, dicho de una manera más técnica, mezclarlos indistintamente puede constituir una especie de “falacia del hombre de paja”: se exagera la postura contraria para refutarla más fácilmente. Pienso que la intención del Papa es correcta: sensibilizar a la opinión pública sobre el drama de la pena de muerte y el trato inhumano hacia los migrantes, sin embargo, son realidades muy diferentes. Unos pocos datos nos pueden ayudar a comprender este aserto.
Comparar la pena de muerte con el aborto es como comparar la gripa con el cáncer. Ambas son enfermedades, es verdad, pero las proporciones y la gravedad de las mismas son muy diferentes. Tanto estar en contra del aborto como de la pena de muerte expresa una posición a favor de la vida humana y de la dignidad humana consecuente. Pero las proporciones del mal son muy distintas; los números no mienten: “Según el centro de estudios Death Penalty Information Center, en los Estados Unidos se llevaron a cabo 25 ejecuciones en el año 2024.” En el mismo periodo de tiempo según el “Guttmacher Institute se realizaron aproximadamente 1 038 000 abortos en los Estados Unidos. La Society of Family Planning (informe #WeCount), eleva el número a 1 140 000 abortos en 2024.” ¿Se ve claro? 25 vs 1,038,000 o 1,140,000. Las dimensiones del problema son muy distintas.

Es verdad que una sola vida humana posee un valor infinito, pero pienso que las proporciones también cuentan. Es decir, personalmente reafirmo mi posición en contra de la pena de muerte, pero considero inmensamente más grave la tragedia del aborto. A eso además se le añade que el condenado a muerte, salvo error humano, que lamentablemente no es imposible, es normalmente una persona adulta y un criminal. El bebé en el seno de su madre, en cambio, es la criatura más inocente y más frágil que hay, alguien que no se puede defender. Si a ello le sumas el drama de que es su misma madre quien lo asesina, y el daño que frecuentemente deja tal infame acción en las mujeres que la realizan en forma de un trauma post-aborto, todo ello nos muestra que nos estamos enfrentando a dos realidades completamente diferentes.
No estoy a favor del trato que le da la administración de Donald Trump a los inmigrantes. Las formas de implantar una política son importantes y no parece justo tratar a pobres personas que han dejado su país para buscar un futuro mejor como si fueran criminales. Pero, en sentido absoluto, un país tiene derecho a regular la inmigración, decidir quien puede entrar y quien no en su país, de modo respetuoso de la dignidad humana. Los gobiernos tienen derecho a regular, controlar y limitar la inmigración. Quien no acepte este principio, para ser consecuente, debería quitar las chapas de la puerta de su casa, para que cualquier persona pueda entrar en ella. Quien no acepte tal medida ya se pasó de mi lado y reconoce el derecho de los países de controlar quien entra y quien no a su país (su casa). En cualquier caso, el drama de la inmigración, si bien es doloroso y constituye una llaga de la sociedad, nuevamente es de proporciones muy diferentes a la tragedia del aborto. Es distinto que no te permitan la entrada en un país o que te devuelvan al tuyo a que te maten. Indudablemente es mucho peor el asesinato, porque además no se puede corregir, no hay vuelta a atrás, no hay futuro. Los inmigrantes, en cambio, pueden buscar otras opciones, la vida sigue, si no es en EU quizá puedan labrarse un futuro en otro lugar, pero, por lo menos, conservan la vida y con ella se abren muchas posibilidades.
