De su homilía en el solemne inicio del pontificado, el pasado 18 de mayo, se colige que León XIV tiene bien clara la función que desempeña el Papa en el seno de la Iglesia y en medio del mundo: ser principio de unidad. Como dice el Concilio Vaticano II: “El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los Obispos como de la multitud de los fieles” (Lumen Gentium, n. 23).

Si siempre ha sido esa la misión del papado, si cabe, en el momento presente se manifiesta con mayor actualidad y urgencia. En medio de todas las cosas maravillosas que nos dejó el pontificado de Francisco, hubo una, sin embargo, que quedó como tarea pendiente para el próximo Papa: la unidad. Se ve con claridad cómo León XIV captó esta prioridad del actual momento histórico de la Iglesia. Su homilía de inicio de pontificado es, en este sentido, un canto de unidad y de comunión, que nos invita a adentrarnos más profundamente en el misterio de la Iglesia.

En efecto, en su dimensión más profunda, la eclesiología que mana del Concilio Vaticano II -un concilio que tuvo como uno de sus objetivos primordiales reflexionar sobre el ser y la naturaleza de la Iglesia-, apunta a que, principalmente, la Iglesia es un misterio de comunión: un misterio de comunión de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. O, con palabras del Concilio Vaticano II “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, n. 1).

Por eso León XIV pudo proclamar taxativamente: “Amor y unidad: estas son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro.” El primado del Papa es un primado en el amor, que tiene por objeto conseguir la unidad de la Iglesia. En efecto, ningún “pegamento” más fuerte que el del amor. Nada une tanto como el amar y saberse amados. No es una unidad artificial, provocada por la fuerza o la coacción, sino una unidad que mana naturalmente, como si de un manantial se tratara, del amor.

Lema y escudo de León XIV

Una muestra de que no se trata de un objetivo periférico sino central, es precisamente el lema que León XIV ha elegido para su pontificado: “In Illo uno unum” (“En el único Cristo somos uno”). La unidad tiene así una razón sobrenatural: es, al mismo tiempo, querida y causada por Jesucristo. Jesús la quiere, eso está claro, pero es necesario que también nosotros la queramos: “Hermanos y hermanas, quisiera que este fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.”

El primer gran deseo del Papa es la unidad. Su tarea fundamental es conseguir, bajo la guía del Espíritu Santo, la unidad de “la católica”, es decir, la unidad en medio de la universalidad y la diferencia. Pero el Papa es consciente de que no está sólo en este cometido. Junto con él, todos los bautizados estamos llamados a ser artífices de la unidad: “nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión y de fraternidad.” 

La visión de León XIV es amplia: no se trata sólo de restaurar la unidad fragmentada en el seno de la Iglesia, sino de ser instrumentos de unidad para la humanidad entera, no sólo los católicos. Así lo expresa con claridad en su homilía: “Escuchen su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno. Y esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con aquellos que cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz.”

Es decir, la unidad se va construyendo como en círculos concéntricos: primero entre los católicos entre sí, pero a partir de ahí se trata de construir puentes con los integrantes de otras confesiones cristianas y, a partir de ahí, con personas de otras religiones -comenzando con los judíos, nuestros “hermanos mayores en la fe”-, con personas que están en búsqueda de Dios, y con los ateos y agnósticos de buena voluntad, con los que podemos trabajar juntos para construir un mundo mejor. Podemos colaborar unidos, para instaurar el Reino de Dios, reino de justicia y de paz, con todos los hombres de buen corazón. León XIV busca entonces más lo que nos une que los que nos divide, para hacer sinergia en beneficio de la Iglesia primero, pero de la humanidad también.

Panorámica de la Plaza de San Pedro en la Misa de inicio de pontificado de León XIV