¿Qué relación existe entre la “religión” y la “espiritualidad”? ¿Son sinónimos o simplemente conceptos relacionados entre sí? Para aclarar el panorama primero debemos distinguir entre “religión” y “fe”.
Primeramente, dilucidemos qué se entiende por la palabra “religión”, pues tampoco tiene un sentido unívoco. En realidad, se habla de “religión” por lo menos en dos sentidos. En primer lugar, es la forma social y cultural que toma la práctica colectiva de la fe. Cuando muchas personas profesan la misma fe durante un buen periodo de tiempo, eso da lugar a una religión, como pueden ser las grandes religiones: judaísmo, cristianismo, islam, budismo o hinduismo. En segundo término, se designa a la “virtud de la religión”, que se define como «la virtud que postula y exige que se dé a Dios el culto debido». Es parte de la virtud de la justicia. Es una virtud personal.

En segundo lugar, está la fe. Designa a una virtud teologal, es decir, que tiene a Dios como objeto y como fuente al mismo tiempo. “Creer es un acto del entendimiento que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia”, dirá el Catecismo de la Iglesia Católica. La fe es subjetiva; en el caso de la fe católica y cristiana en general, puede describirse como la confianza personalísima e íntima que tengo en Jesucristo como mi Salvador y Redentor. Cada quien tiene fe, en mayor o menor grado, es algo personal e íntimo, que sólo Dios y el sujeto interesado pueden ver.
Por su parte, la palabra “espiritualidad” proviene de “espíritu”, de lo más interior y profundo que hay en el hombre. Designa a la vida interior, o vida sobrenatural, o vida de fe, o vida de la gracia. Es el eco interior que tiene la práctica de una fe religiosa. Si la práctica religiosa puede resolverse en el cumplimiento externo de una serie de normas -ir a misa, por ejemplo-, y tiene una dimensión cultual que es pública y social; la experiencia de la fe es estrictamente subjetiva, cada quien tiene su fe. La vida de fe es el cultivo interior de esa fe, el desarrollo íntimo de la fe en el interior de cada persona. Es una vida, pues nace, crece y puede morir, en el interior de la persona. A eso se le denomina espiritualidad, o vida espiritual o vida del alma.

De modo que el fruto deseado de la práctica de la religión es el fortalecimiento de la fe, lo cual implica el desarrollo de la espiritualidad personal. Ahora bien, dentro del marco de una misma fe, existen múltiples espiritualidades, o formas de vivirla y de encarnarla en el día a día. Así, por ejemplo, tenemos una espiritualidad carmelitana o franciscana o del Opus Dei. Todas son católicas y configuran modos propios de vivir la misma fe en forma diferente. Cada una tiene sus riquezas y sus fuentes, que responde a su mística particular o carisma. Carisma es toda gracia que otorga el Espíritu Santo en orden a la instauración de la Iglesia y, por tanto, a la salvación de los hombres.
De esta forma concluimos que el fruto maduro de la práctica de la religión en una persona es el desarrollo de una espiritualidad. Eso es así, porque supone que la religión -que etimológicamente viene de “re-ligare” unir con Dios- no se queda en un mero formalismo externo -lo que supone el naufragio de la auténtica religión-, sino que empapa al interior de la persona, produciendo una espiritualidad particular e íntima como fruto sabroso.

Siendo esto así, tenemos que, de hecho, fenomenológica y sociológicamente, existen dos paradigmas de la religión: La religiosidad extrínseca, meramente superficial, que se limita al cumplimiento de una serie de prácticas externas, pero sin alma, sin un impacto real en la vida personal del que la practica, ni en su forma de pensar. Y, por otro lado, tenemos la religiosidad intrínseca, la que no se limita a proporcionar una mera información, sino que es “performativa”. Es decir, influye poderosamente en el modo de pensar, en el modo de sentir, en el modo de vivir. Se encarna en la vida del sujeto que la practica. De esta forma, tenemos personas con cabeza y corazón “católicos”; o, en expresión de san Josemaría, “con nariz católica”.
Cuando una persona vive su religión según el paradigma intrínseco desarrolla una espiritualidad. El cumplimiento externo de unas prácticas religiosas es manifestación de lo que bulle por dentro del corazón, y entre ambos extremos se retroalimentan mutuamente. Así, mi interioridad me impulsa a ir a misa, y la misa alimenta mi interioridad. Hay una complementariedad y armonía entre los elementos internos y externos de esa fe.
Por eso, se puede concluir, que el fruto de la religión, sea considerada tanto institucionalmente o como virtud, es la formación de una rica y fecunda espiritualidad en las personas que la practican, pues eso quiere decir que ha llegado al fondo de su corazón y no se ha quedado en la superficie, como lamentablemente sucede con la mayoría de la gente.
